Odio, alimento de la violencia

¿Voto de miedo o voto de furia?

Autor: Ernesto Acero C.

2018-06-27 00:55:39

OPINION

”La blanda respuesta quita la ira;/ Mas la palabra áspera hace subir el furor”, Pr. 15:1


En el principio fue el miedo. Ahora, las elecciones de este año 2018, no escapan a la lógica de las elecciones pasadas. Anteriormente se ha jugado con fuego, como lo es el caso del miedo. Ahora, no obstante, se agregan variables que pueden llevar a peores resultados. Esta es la elección del odio.

¿Quién alimenta el odio?, ¿quién atiza la violencia? Las respuestas, todos las tenemos, las sabemos. En ocasiones, nosotros mismos alimentamos el furor. A veces por vanidad y en otras por mero ejercicio lúdico. El problema es que a final de cuentas, todos pagamos los costos. Los costos son las manifestaciones de violencia, la batalla campal, el ánimo de venganza. ¡Venganza!: nadie acepta coleccionar cuchillos sembrados en el lomo. Es parte de la naturaleza humana.

Activar los mecanismos de huida o lucha, lleva a escenarios poco razonables. La huida y la lucha están gobernados por el sistema nervioso autónomo. Decidir por la ofensiva o por la evasión, solamente salvan en la coyuntura, aseguran la sobrevivencia, pero tras eso debe sobrevenir el análisis profundo y la reflexión serena. La relajación es fundamental para hacer política; la política como arte y ciencia para construir acuerdos entre los diferentes, no como arte para vilmente enriquecerse.

Hoy es la furia la que mueve zonas altamente amenazantes de la sociedad. El furor se ha alimentado con desigualdades, con promoción del consumismo sin sustento en el nivel de ingreso familiar, entre otros componentes.

Esa ira se manifiesta en diferentes espacios. Se manifiesta en los asesinatos de personajes ligados a los procesos electorales. También se manifiesta en las redes sociales, en los espacios públicos y con diferentes matices, en los medios de comunicación “tradicionales” (prensa escrita, radio y televisión).

La espiral de la violencia es la misma que alimenta la espiral de la venganza; así, la lógica de la violencia es la lógica de la venganza. Esa lógica se explica a partir de la expansión de la naturaleza humana: muy pocos estarían dispuestos a cargar con el puñal en la espalda que les ha sido sembrado por sus “enemigos”.

La violencia puede ser causa y la venganza, efecto. Parece ley física: “Siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre otro objeto, el segundo objeto ejerce sobre el primero una fuerza igual y en sentido opuesto”. Dicho de manera coloquial: a toda acción corresponde una reacción, con la misma intensidad pero en sentido contrario.

En la esfera de lo humano, las cosas varían hasta niveles inimaginables. La cantidad de variables que se introducen en la ecuación, son múltiples y complejas, y en repetidas ocasiones subjetivas y por tanto inconmensurables. Empero, todas esas variables se pueden sujetar a una esfera: la naturaleza humana. Del tema nos habla Bertrand Russell: “No creo que los seres humanos corrientes puedan ser felices sin pugna, porque la pugnacidad ha sido, desde el origen del hombre, el estímulo para las actividades más serias”. Una de esas actividades más serias, es la guerra.

En efecto, la guerra es la forma quizá más depurada y a la vez salvaje, de ese espíritu pugnaz del hombre. Cierto, tan cierto que la guerra es una extensión de la política por otros medios (Clausewitz, 1832). Quizá en una lógica complementaria, convenga agregar que la política resulta ser la continuación de la guerra por otros medios (Foucault, 1976). En la coyuntura actual, la lid comicial parece manifestarse como un espacio de choque, de encuentro de pugnacidades.

Odio, ira, furia, furor, cólera, rabia, irritación, todos esos conceptos no son sinónimos (estos ni siquiera existen: Henestrosa dixit), aunque sí parecen haber sido incorporados al plano electoral. Quienes han promovido el miedo o el odio, no saben que será imposible frenar las consecuencias. Más todavía: el odio alimenta la espiral de la violencia. La violencia lleva inexorablemente a la espiral de la venganza. Espiral de la venganza que es descendente, además. Va de menos a más, en cuanto violencia; va de más a menos, en cuanto al sentido ético y humano.

Verbigracia en perspectiva kafkiana.

  • “A” y “B” entran en pugna: hay ofensas verbales mutuas.
  • “B” se siente agraviado por “A” y lo abofetea. Se pasa de las palabras a las manos.
  • “A”, saca un cuchillo y amenaza a “B”.
  • “B” logra salir del lugar y regresa con un arma de fuego en las manos.
  • “A” ataca a “B” con su arma blanca. “B” dispara y acaba con la vida de “A”.
  • Naturalmente, “B” huye. Familiares de “A” lo persiguen por mar y tierra. Mientras, entre sí, las familias de “A” y “B”, se cobran con sangre las afrentas.
  • Las familias de “A” y “B” acaban matándose mutuamente. Tras eso, se suma y se sigue.

Esta no es una historia reciente. Data de la época de las cavernas. En algunos, esa parte cavernícola se impone en repetidas ocasiones. La política no debería ser la guerra realizada por otros medios. Creo que la violencia siempre será anti política. Cualquier forma de violencia es antítesis de la política: verbal, moral, laboral, social, psicológica, etcétera.

Política es dialogo, ánimo incluyente, talante contemporizador, construcción de acuerdos. La exclusión, la cerrazón, la persecución, la negación de acuerdos, todo eso es anti política.

La política es paz. La anti política es violencia. La política es inteligencia, la anti política es estupidez; la política es sumar, no sumir; la política es incluir, no excluir; la política es futuro, no renunciar al futuro en aras de unas cuantas monedas.

El problema para la naturaleza política radica en definir su relación con la anti política. Es algo parecido a lo que ocurre en casos como la relación democracia-autoritarismo, o libertad de expresión y manifestación contra la libertad de expresión.

¿La democracia debe permitir que se actúe contra la democracia? ¿La libertad de expresión puede ser usada contra la misma libertad de expresión? Creo que la respuesta debe ser contundente: la democracia no debe abrir las puertas a la antidemocracia. La libertad de expresión no debe usarse para combatir la libertad de expresión.

Algo parecido ocurre con quienes optan por la exclusión. Los excluyentes deben ser excluidos, pues de lo contrario, los excluyentes llevan a la tiranía, llevan al autoritarismo. Los que hoy excluyen deben tener las puertas cerradas en el futuro. De lo contrario, el futuro democrático se cancela. Dejar que los excluyentes sigan haciendo de las suyas, simplemente lleva al autoritarismo y a la anti democracia. Los que hoy excluyen, mañana serán los excluidos.

Este país no logrará superar sus problemas fundamentales en tanto no se privilegien los acuerdos, mientras no se procesen los desacuerdos con inteligencia, con rigor intelectual, no con furor visceral.

Un problema grave es que quienes acompañan a un gobernante lo hacen desde la perspectiva de la frivolidad, excluyendo a nombre del líder o del caudillo. Frente a eso, el gobernante no debe sino asumir su responsabilidad e imponer su liderazgo. Un buen liderazgo solamente puede fortalecerse con ánimo incluyente, sin la estupidez de la exclusión simplona.

Con talante contemporizador, privilegiando la unidad en la diversidad, de esa manera se hace política de alto nivel. La unidad fundamental no se da por decreto ni por llamado mesiánico: la unidad fundamental se construye incluyendo, sumando, dialogando. Con seriedad y con sinceridad se puede hacer un gobierno que una y multiplique los resultados. La unidad en la diversidad es fundamental para detonar el desarrollo que a todos nos conviene. Dividir, excluir, es una simple y llana estupidez.

NAYARIT

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