A FONDO LA POLÍTICA EN LA ERA DEL 2.0 Por Ricardo Téllez

2017-08-12 09:10 pm






¿Las nuevas tecnologías han cambiado la manera de hacer política? Sin duda que sí, Estados Unidos ya tuvo un candidato que ganó con una campaña basada en las redes sociales y en YouTube, como Obama; y, hoy tiene a un presidente que gobierna por Twitter, con Trump; México ya tuvo la experiencia de un candidato independiente para diputado en Jalisco, Pedro Kumamoto, quien ganó de manera abrumadora con un presupuesto oficial raquítico de tan solo 18 mil pesos, pero con una inteligentísima estrategia basada en las comunidades virtuales y el uso de las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación). Y si antes un periódico, hoy llamado medio de comunicación “tradicional”, como “The Washington Post” propició la caída de un presidente como Nixon en Estados Unidos, ahora los medios digitales lograron la caída de varios mandatarios con la “Primavera Árabe”, y en nuestro país de gobernadores y funcionarios públicos. Curiosamente, hoy Jeff Bezos, el actual dueño de “The Washington Post”, un medio tradicional, es el hombre más rico del mundo con una fortuna lograda gracias a la tecnología 2.0 que sustenta a su empresa bandera, Amazon.

Hoy, nadie, ningún político, sea cual sea su nivel, escapa del escrutinio de las redes sociales. La era 2.0, ha venido a cambiar drásticamente la forma de hacer política pero, sobre todo, la forma de ser ciudadano; ya no se es tan desinformado ni tan pasivo. En tiempos de la digitalización, el ciudadano común se ha vuelto fiscalizador, ombudsman defensor de los derechos humanos, juez y verdugo de la clase política. Nada se le escapa. El “gran hermano” orwelliano no solo es el ojo del gobernante asechando al pueblo, sino los millones de ojos vigilando al gobierno.

No creo que sea casualidad que se precisamente en esta era del 2.0, cuando las instituciones y la clase política tengan menos credibilidad que nunca; autoridades electorales, policiacas, partidos políticos, gobernantes, líderes sindicales, líderes morales y religiosos, todos, absolutamente todos, tienen en sus filas a personajes en crisis de credibilidad, cuando no en medio de algún escándalo público. ¿Será que la corrupción los alcanzó a todos?, ¿será que hay más corrupción ahora que nunca?, ¿será que siempre ha sido igual y solo ahora nos enteramos más y/o toleramos menos?

No estoy seguro si quienes pensaron en desarrollar la tecnología 2.0, tenían idea del empoderamiento que harían de la gente. Empresas como Facebook y Twitter, que generaron herramientas para que fuéramos sus usuarios los mismos productores y proveedores de los contenidos que nosotros mismos consumimos y por los que ellos se han hecho millonarios sin tener que producirlos, nos dieron a la vez las herramientas con las que ahora se tiene en jaque a varios personajes de la clase política o al menos les han provocado un severo dolor de cabeza, imposible permanecer indiferente con los 82 millones de críticas, memes, sátiras, parodias, etc., generados de enero a septiembre de 2016 en Facebook y Twitter en contra del Presidente de México; o como los 12 millones de mensajes en contra de la visita que hizo Donald Trump a nuestro país cuando era candidato. Sea como mero catarsis social o como parte de una estrategia de desestabilización, tantos y tantos posteos adversos no deja de ser significativo.

Pero, además del ejercicio social de liberalización y desahogo social, las redes sociales han servido en verdad para repensar la manera de conducirse y hacer política. Sobre todo por las consecuencias que han tenido algunos de esos mensajes, filtraciones, denuncias, etc., pues ya son varios los políticos que han caído. La crítica y la denuncia en las redes no puede ser desoída; hoy, los políticos ya no pueden darse el lujo de decirle en su cara a sus críticos “ni los veo, ni los oigo”, como lo hiciera en 1994, Carlos Salinas de Gortari en su último informe de gobierno ante las protestas de la bancada perredista en la Cámara de Diputados. Hoy, decir a la comunidad virtual “ni los veo, ni los oigo” sería un suicidio político, no puedes decirle eso a una comunidad internauta de 68 millones de mexicanos, que son los usuarios de internet en nuestro país (57% de la población), de los cuales el 92% usa Facebook, 45% YouTube y 19% Twitter y otro tanto igual Instagram, según datos del IAB México (Interactive Advertising Bureau).

Cada día, más y más políticos quedan expuestos ante la crítica social gracias al actuar diligente e inquisidor de esa comunidad virtual, esa masa etérea, heterogénea, dispersa, omnipresente. Fue un internauta y no el Órgano de Fiscalización o la Secretaría de la Función Pública, por ejemplo, la que expuso el uso indebido que hacía David Korenfeld Federman al helicóptero de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), el cual lo utilizaba como taxi de la familia, razón por la cual fue separado de su cargo; fue la comunidad virtual la que expuso a la “Lady Profeco”, Andrea Benítez, hija del entonces titular de la Procuraduría Federal del Consumidor, Humberto Benítez Treviño, cuando haciendo uso de su prepotencia y utilizando su influencia ordenó a personal de la dependencia cerrar un restaurante solo porque no le asignaron la mesa que quería, lo que derivó en la renuncia de su padre; han sido los miembros de la “cibersociedad”, los que han dado cuenta de los excesos de los políticos y de sus parientes, quienes se dan la gran vida como si fueran hijos de jeque petrolero, cuando solo son, por ejemplo, hijos del líder del sindicato petrolero, como es el caso de la familia de Carlos Romero Deschamps; entre otros tantos y tantos ejemplos que podría apuntar.

Es claro que han sido, pues, las redes sociales y no las autoridades fiscalizadoras oficiales, las principales denunciantes de los casos de corrupción que hoy tienen entre la espada y la pared a la clase política tradicional, totalmente expuesta su “calidad ética y moral”, teniendo que decidir entre cambiar o seguir haciendo uso de su política patrimonialista, la misma que los ha hecho enriquecerse hasta la ignominia; es la comunidad 2.0, la principal artífice de los cambios sustanciales, de los procesos de reflexión y discusión al seno de sus partidos; hoy los tenemos gritando al interior de sus institutos políticos la necesidad de acabar con la corrupción, de incluir en sus asambleas nacionales temas de ética y acordando establecer un código para amarrarse las manos entre ellos, señalándose los unos a los otros, acusándose de propiciar la debacle de su partido y de la creciente mala reputación, y reconociendo una crisis de confianza ciudadana tal que el PRI, por ejemplo, el partido con más militantes en el país, está pensando en mejor postular a la presidencia de la República a un candidato externo, porque ya su militancia no tiene credibilidad, ¿será que entre sus más de 5 millones de miembros afiliados no haya ni uno bueno? Imposible seguir siendo el mismo cuando todo el mundo cambió; algo así como -parafraseando a Monterroso-, “cuando el dinosaurio despertó, ya estaba en la era 2.0”.




















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