Por Daniel Aceves Rodríguez

En este año que se conmemora el centenario del Muralismo mexicano, no podemos dejar de seguir asombrándonos al admirar absortos la cúpula de la capilla mayor del Hospicio Cabañas, bello edificio nombrado patrimonio de la Humanidad en 1997, que alberga  en sus colosales muros el resultado plástico y artístico de uno de los pintores más excelsos que ha dado el estado de Jalisco para México y el mundo, me refiero a José Clemente Orozco.

Hoy tendremos como centro a esa monumental obra que campea en las alturas de aquél histórico edificio tapatío que hace dirigir nuestra mirada hacia  un etéreo y fastuoso escenario en que se conjugan la magnificencia de lo mitológico y lo prehispánico, de la cosmovisión y la prosapia del devenir de los tiempos, enmarcada en un estilo artístico que legó para el mundo un concepto único y majestuoso que legó  paredes, edificios y murales nacidos del genio de los grandes muralistas que imbuidos por un sentimiento e idiosincrasia nacionalista llevaron el sentir del México postrevolucionario que estaba por conformarse para pulsar el tono en el concierto de las naciones.

Ahí en la cúspide del Hospicio se encuentra Prometeo, cual analogía del monte Cáucaso donde por indicaciones de Zeus fue encadenado como castigo por robar el fuego del Monte Olimpo para regresárselos a los humanos; destinado por ello a recibir el castigo eterno  que consistía en que su hígado fuese consumido por un águila que lentamente devoraba a picotazos su vientre, y posteriormente para alargar su agonía, en la noche ineluctablemente se le regeneraba para que así sucesivamente  volviese a sufrir  el ataque de esa ave de rapiña.

En esa altura a 27 metros del suelo, se observa a Prometeo; envuelto en esas lenguas de fuego que tal vez lo consumen o tal vez lo liberan, libertad de nuestro pueblo que también queda plasmada en el sentir del mestizaje al señalar en el enlace de ambos brazos el significado del encuentro de dos mundos en un sincretismo fraguado con fuego y sangre, en una dialéctica donde se conjugan los cuatro elementos que Empédocles en su concepción naturalista hacía del aire, tierra, agua y sobre todo fuego, ese mismo fuego de Heráclito que generaba el devenir histórico que se consumía en un correr del caudal de las aguas de un río donde nunca aquel fluir tocaría nuestro cuerpo más de dos veces, todo cambia decía.

Así cambiante nuestro Prometeo mestizo que tanto mencionó Vasconcelos en su obra Prometeo Victorioso, logra salir avante de aquel castigo gracias a que un semidiós llamado Heracles (Hércules) al seguir el camino para lograr uno de sus doce trabajos asignados que era obtener las manzanas doradas de las Hespérides, pasa por el lugar de cautiverio de nuestro Titán y con una flecha da muerte a aquella contumaz ave, permitiendo que Prometeo en agradecimiento a esta acción pueda asesorar a Hércules para lograr la temeraria tarea que tenía entre manos; se sabe que a pesar de quedar libre de aquél castigo infinito, Prometeo tuvo que llevar durante el resto de su vida un grillete con una roca que hacia lento su andar, pero que no impedía que su espíritu libertario trascendiera por el mundo generando la conciencia de justicia y derecho.

Clemente Orozco supo captar en esta obra magistral ese mito ancestral y mitológico de Prometeo y arroparlo con el espíritu nacionalista que privaba en el México de los años treinta donde la geopolítica mundial se acomodaba entre regímenes totalitarios y nacionalistas que posteriormente detonaron en la Segunda Guerra Mundial; profundamente Prometeo encarnaba aquella figura  bienhechora que osando robar el fuego, hace posible el desarrollo y progreso de la humanidad, tratando de acercar al hombre con sus dioses; igualmente es por antonomasia el prototipo señero del rebelde que se enfrenta con la autoridad imperante y desafía con argucias a los dioses y a la naturaleza misma, recordemos que Zeus también intento castigarlo enviándole a una mujer de arcilla que había pedido construir a Hefesto para malograr su vida, pero que al ser rechazada por Prometeo fue aceptada por su hermano Epimeteo quien tomó a Pandora  como esposa con la consabida curiosidad de abrir aquella ánfora de donde se espararían todas las desgracias del mundo, por ello también se dice de este personaje que fue el factor para arrancar la inocencia del hombre y develar todos los desastres y sufrimientos del orbe.

Lo concreto es que la figura de Prometeo es inspiradora desde la antigüedad para artistas y escritores ejemplificando al gran filósofo Platón con su diálogo “Prometeo Encadenado”, Goethe con su poema del mismo nombre, Beethoven que le dedicó su impactante y triunfal Opus 43, Franz List con el no menos solemne poema sinfónico número 5, la icónica estatua en el Rockefeller Center de Nueva York por mencionar solo algunas, y rematando con esta obra central conocida mundialmente hecha por el genio y los pinceles de uno de los más preclaros exponentes del arte en México y que hoy en el año del centenario de los muralistas, deseamos hacer patente su notable aportación de las ciencias poiéticas como lo decían los antiguos griegos, baste solo estar en el Hospicio para disfrutar espiritualmente no sólo esa obra sino otros 53 murales que legó a su tierra para dejar a la posteridad el producto de su genio.

Es pues, ese Prometeo envuelto en el fuego liberador que purifica el alma de México y la hace volar más allá de las alturas emergiendo en el vuelo sostenida por la amalgama de lo indígena y europeo que formaron nuestra nacionalidad, ese Titán mestizo que al verlo nos renueva en el halo de esperanza por una civilización más justa y noble, más preclara, de esa Suave Patria, “donde su superficie es el maíz, sus minas el palacio del Rey de Oros, sus cielos las aves en desliz y el relámpago verde de los loros”.

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