Hoy se cumple una semana del fallecimiento de Rafael Ortega, uno de los mejores profesionales que ha dado el toreo en México.

Nació en Apizaco, Tlaxcala, el 10 de marzo de 1970. Recibió la alternativa el 23 de diciembre de 1990 en Puebla. Su padrino fue Manolo Arruza y el testigo David Silveti, con toros de Reyes Huerta.

Ortega contaba con unos números formidables en la Plaza México, que hablan de una regularidad poco común entre los toreros nacionales: en once corridas consecutivas cortó por lo menos una oreja.

Se presentó en ella el 4 de octubre de 1987 en la novillada inaugural de la temporada 1987-88, alternando con José Luis Herros y Edgar Bejarano, ante un lote de Piedras Negras.

Tres años después alcanzó la alternativa y empezó su ascendente carrera hacia la consolidación como figura del toreo.

Confirmó su doctorado en la Plaza México el 23 de septiembre de 1993, de manos de Alberto Galindo “El Geno” y llevando como testigo a José Luis Herros, con el toro Azucarero del ingeniero Mariano Ramírez, al que le cortó un apéndice.

Confirmó en Las Ventas de Madrid casi ocho años después, el 24 de junio de 2001. Su padrino fue el venezolano Leonardo Benítez ante el testimonio de Ruiz Manuel, con el toro Escandaloso de Los Derramaderos.

Ortega ejecutaba la verónica con buen juego de brazos, el compás abierto y cargando la suerte.

Se distinguió por ser un banderillero ágil y espectacular que encontraba toro en distintos terrenos. Su desempeño con los palos fue una de sus virtudes cardinales. Se movía con ligereza por el ruedo y dejaba los dardos igualados al sesgo, al quiebro o al cuarteo. Y disfrutaba pasarse intencionalmente de la suerte, antes de clavar electrizantes pares al relance.

Con la pañosa, Rafael mantenía un alto nivel, no dejaba que decreciera el ambiente generado en el segundo tercio y con su asentado toreo, a veces encajado de riñones, conseguía alborotar los tendidos.

Como sabía ligar las tandas de muletazos, transmitía la idea de unidad. Sus faenas se componían de países relacionados entre sí.

Ligero como el algodón, su menudo físico no oponía resistencia a los derrotes y sus volteretas eran espectaculares. Con el paso del tiempo se fue refinando hasta convertirse en un diestro pulido con una marcada tendencia a hacer el toreo de calidad. Se tiraba a matar muy por derecho para rubricar sus faenas, virtud que le aseguró muchas orejas y por consiguiente una impresionante constancia triunfadora.

Era un excelente ser humano, reservado, prudente, respetuoso. Excelente hijo, hermano, esposo, padre y amigo. Lo recordaremos siempre con enorme cariño.

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