Por Dalinda Sandoval Acosta*

Si cuando la niña Dalinda se hubiera estrenado Barbie estaría igual o más emocionada que mi hija por ver la película. La mercadotecnia cumplió su función, expectantes (más mi hija Valeria que yo) fuimos vestidas de rosa a ver Barbie. Un poco confundida de mi parte ya que Valeria nunca fue una ferviente admiradora de Barbie, los años, la tecnología y los centennials habían desplazado a la muñeca de juegos de mi infancia.

Mi primera Barbie no fue un regalo de 5 o 6 años, entre 7 y 8 debió ser. Una vez que los trastecitos y bebés cumplieron su función. Y es que Barbie despertaba la imaginación, la libertad, las primeras relaciones amorosas, el deseo de tener casa, ropa y autos que podíamos manejar. Una sola Barbie podía crear mil historias, hasta que llegó Ken y complicó las cosas. Una Barbie necesitaba un Ken y la otra también. No recuerdo haber tenido un Ken. Pedía prestados a mi hermano José Manuel los Max Steel, ésos que eran hombres de acción, más musculosos que Ken y más aventureros. Me gustaba visitar la casa de mi tía que tenía una colección de Barbies del mundo; nunca pude tocarlas, sólo las admiraba, me gustaba la española con su traje color granada, sólo con verlas tan inalcanzables  me hicieron soñar con viajar.

Barbie siempre fue perfecta. Mi mamá no me dejaba peinarla, decía que se echaría a perder su cabello, que al peinarla jamás quedaría igual. Aun así, cuando ya había recorrido bastantes aventuras y llegaba una nueva, a escondidas de mi mamá las despeinaba.

Barbie fue y será lo que nunca seré físicamente: ni esa nariz, color de ojos, talla o color de piel, lo que sí será es la imaginación que en mí despertó, las aventuras que compartí, la compañera o mejor amiga del momento, el juego compartido con mi madre, primas y amigas.

Por eso Barbie, la perfecta de la película, la que está en la imaginación de todas las que jugamos con ella me buscaba a mí, no buscaba a mi hija.

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*Maestra e investigadora en la UAN

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