Me respondí: “No preguntes. Están doblando por ti”.

Este mediodía hice una visita a la legendaria Ferretería Pantoja, que remata sus saldos para pasar a mejor vida.

Niño, me llevaba mi tío-abuelo-padre Pancho González a aquella imponente tienda en la avenida principal atendida por el señor Pantoja.

Un día, de repente, dejamos de ir por la mermada salud de mi amado tío, que vendía mercería, ferretería y estampas de santos por las localidades lozadistas del pie de la sierra.

No pude contener las lágrima enmedio de llaves, tuercas y tornillos que buscaban su último destino a los ojos de algunos clientes.

Adiós, Ferretería Pantoja.

Adiós a los últimos recuerdos de la infancia.

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