Mejor que el Silencio | Injusta justicia

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En el complejo entramado de la sociedad actual, la palabra “justicia” se alza como una columna vertebral, sosteniendo las esperanzas y las expectativas de todos aquellos que anhelan un equilibrio en el mundo. Sin embargo, como un reflejo distorsionado en un espejo empañado, su significado a menudo se desdibuja, dejando a su paso un rastro de incertidumbre y desilusión lleno de sinsabores.

Diversos casos judiciales, en diferentes entidades, han arrojado luz sobre esta compleja danza entre la ley y la moralidad, entre la verdad y la percepción. En uno, la condena de 110 años de prisión resonó como un eco de alivio para una joven afligida por la pérdida de su madre y el trauma de su rapto. Aquí, la justicia parecía erguirse como un faro de esperanza en la oscuridad, pues todo se le facilitó para que la menor pudiera escuchar en su propia lengua, que los culpables de su tragedia, pagarían, esto prometía un cierre a una herida abierta en el corazón de una familia devastada.

Sin embargo, en el otro extremo del espectro judicial, la misma palabra parecía desvanecerse en el aire, como una sombra efímera que palidece con la luz del día. Un hombre acusado de un delito tan atroz como el abuso sexual de una niña de cuatro años, fue absuelto por un juez cuyas palabras resonaron como un golpe en la confianza del sistema judicial.

“Le creí en el tema del tocamiento, pero su hija jamás mencionó el lugar o el día”, pronunció el juez, su veredicto resonó como un trueno en el cielo sereno de la justicia, perturbando el corazón de las víctimas. Aquí, la ley parecía perder su brújula moral, olvidando la fragilidad de la infancia y la complejidad del trauma en su búsqueda de una verdad concreta y tangible.

“¿De qué sirvió entonces que mi niña haya sido valiente, que haya confiado en mí porque vivió un abuso sexual, que yo haya confiado en las autoridades pensando en que a esto se le va a hacer justicia?”, sentenciaba la madre con lágrimas en los ojos ante diversos medios de comunicación.

En el corazón de esta controversia yace una pregunta fundamental: ¿dónde reside la verdadera justicia? ¿En la rigidez de la ley o en la compasión y la empatía hacia aquellos que han sufrido el peso abrumador del dolor y la injusticia? Con casos tan controversiales como este, es entendible porque el 92.4 por ciento por ciento de los delitos no se denuncia, es la cifra negra que el INEGI muestra en la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2023 (ENVIPE).

Tomemos, por ejemplo, el ciberacoso, una llaga creciente en la era digital. El INEGI proporciona un panorama desolador, dedicándole un módulo informativo completo, mientras que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) ni menciona el número de casos denunciados en sus boletines, pese a las constantes campañas incentivando a denunciar.

Muchas víctimas ni siquiera son conscientes de que están siendo objeto de un delito, y quienes se dan cuenta y denuncian, a menudo salen desilusionadas, pues no todas las pruebas que presentan son consideradas. De veinte mensajes ofensivos y obscenos, quizás sólo tomen en cuenta tres, y quienes los analizan muchas veces no comprenden el contexto de estos.

La campaña “Yo si te creo”, que se alzó como un estandarte de solidaridad y apoyo para las víctimas de abuso sexual principalmente, pero, parece haber perdido su brillo en el torbellino de la realidad, realmente las únicas que, si creen, son las colectivas que acompañan a las víctimas.

Y es que, la ley obliga a las víctimas a revivir sus traumas, a desenterrar cada detalle doloroso en un intento desesperado por ganar credibilidad, esto sólo sirve para perpetuar el ciclo de la violencia y la revictimización.

En un mundo donde la verdad es a menudo un terreno resbaladizo y esquivo, la búsqueda de la justicia se convierte en un acto de equilibrio precario, donde la ley y la moralidad se entrelazan en una danza eterna. En última instancia, la verdadera justicia no reside en las frías páginas de un código legal, sino en el corazón compasivo y la mente abierta de aquellos que tienen el poder de pronunciarla. En la luz de esta verdad, quizás podamos encontrar un camino hacia un mundo donde la justicia sea verdaderamente ciega, pero su corazón late con compasión y empatía por todos aquellos que buscan su redención.

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