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Opinión

La pluralidad estafada: Más “representantes”, y menos representatividad

“… en el momento en que el gobierno usurpa la soberanía, el pacto social se rompe, y todos los ciudadanos, al recobrar de derecho su Libertad natural, se ven forzados, pero no obligados, a obedecer” J.J. Rousseau
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Por ERNESTO ACERO C.

Septiembre 08, 2021 | 08:42 am

Lloran como pequeños cachorros, cuando se propone reducir el número de diputados, de Senadores, etcétera. Se propone cambiar el actual statu quo. Algunos se mesan los cabellos y se desgarran las vestiduras, hipócritas plañideros.

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Parafraseando irreverentemente los registros de Mateo, semejan “demócratas” tumbas blanqueadas, que por fuera lucen liberales e ilustrados, pero por dentro, todos sabemos, están llenos de soberbia, de huesos de muertos, de inmoderación y vulgar ignorancia que los lleva a suponer que engañan al mundo.

El sistema político mexicano lleva en su génesis el pecado original. El pecado original nos remonta al Constituyente de Querétaro. Luego, ese pecado original repite la historia en 1977.

En su ‘18 Brumario’, Marx dice que Hegel sostiene que “…los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. La tragedia aquí corresponde a 1916-1917. La farsa irrumpe como germen pernicioso en 1977. En 2014, la tragedia y la farsa se convirtieron en tragicomedia. La escena tragicómica vio su némesis en 2018 y es fecha que las élites no han sabido leer el mandato popular. Vale regresar al manido dicho (o “narrativa”): no saben que no saben.

Hablemos de la RP. En el principio se crearon los diputados de partido. Y la calma y la paz reinaban por fuerza en el régimen político mexicano. Y el sistema vio que los diputados de partido eran buenos y se crearon los diputados de representación proporcional.

El país necesita más que una reforma electoral. Se requiere una profunda transformación del poder. No basta que a las personas se les reconozca el derecho de votar; puede haber elecciones, pero no así, democracia. México necesita regresar el poder a las personas, necesita recuperar ese derecho que hoy han secuestrado algunas élites. De Bovero es la frase siguiente: “Se puede votar, se puede escoger, pero ya no vivimos en un régimen de democracia, sino de autocracia electiva”.

En México, la reforma reyesheroliana de 1977 fue punto de inflexión en materia política (y ya cargaba con el pecado original). Esa reforma se procesó en las condiciones de abundancia petrolera y de la deuda externa creciente. La impulsó la presencia de movimientos armados, de un sindicalismo rebelde y de movimientos estudiantiles que solamente pudieron ser controlados por la fuerza pública. Hoy las cosas deben cambiar y cambiarse de manera radical.

De la «XXVII» Legislatura a la «L» Legislatura la Cámara de Diputados se integró con un promedio simple de 200 legisladores. El periodo comprende de 1917 a 1979. La cifra se integraba, desde 1964, con diputados elegidos por mayoría relativa y otros asignados a la representación de los partidos.

La reforma reyesheroliana prácticamente significó duplicar el número de diputados federales; 300 elegidos por el principio de mayoría relativa (MR) y cien más por el de representación proporcional (RP). De 1988 a la fecha, la Cámara se integra con 500 diputados: 300 de MR y 200 de RP. Entonces había dinero “de sobra” y en política, lo que se resolvía con dinero, era barato.

Esa reforma desató una oleada de reformas en las entidades federativas y los ayuntamientos de todo el país. Esas reformas multiplicaron como maná el número de diputados locales en los Congresos locales y el de regidores en los ayuntamientos.

Luego vino una oleada de creación de organismos denominados autónomos, que finalmente quedaron bajo la férula de los intereses de personas privilegiadas por la cobertura de acrónimos “partidistas”. Todos esos actos “fundacionales” se convirtieron en pesadas cargas financieras que debía llevar a cuestas el Estado mexicano. Esas cargas financieras solamente benefician a la esfera endogámica y no a la democracia.

Ahora, ya entrado el siglo XXI, en México se eligen y designan a más de 20 mil personas para que ocupen cargos de elección popular. Todos ellos con un costo. Me refiero a diputados federales, locales, regidores, síndicos, Senadores, Presidentes Municipales, Gobernadores y naturalmente, al Presidente de la República.

Son decenas de miles de cargos de elección popular los que se disputan en cada proceso electoral. Esos cargos son ganados por muchos que, una y otra y otra vez, se alejan del mundo, de las personas. No es casual ni es un asunto nuevo comprobar que los estudios de opinión nos revelan que los ciudadanos no se sienten representados por esos legisladores, regidores, alcaldes, etcétera. Se multiplicaron los cargos públicos pero no los niveles de bienestar.

En defensa de la “explosión demográfica” en la esfera de los cargos de elección popular, se esgrime el vocablo “pluralidad”. El concepto no se esgrime con respeto ni con seriedad, y menos con rigor intelectual. El número de “representantes populares” (otra vez, el mundo entre comillas de Naipaul) no han mejorado la calidad de la representación de la vasta pluralidad de la sociedad mexicana.

No eso solamente, sino que la sociedad mexicana ha desarrollado un método científico para criar camarillas de cuervos que luego le sacan los ojos. Esas élites cada día son más ricas y la gente cada día más pobre. ¿Acaso la gente no ha visto como salen de pobres aquellos que se decían de “izquierda”, o “liberales”, o cualquier otra cosa?

La pluralidad no depende pues, del número de representantes. La pluralidad no depende de que el 50 por ciento de las mujeres tenga el 50 por ciento de los cargos públicos. La pluralidad no depende de que cada segmento político, cada sector social, cada forma de pensar, cada sexo, o de que cada género o estrato social, tenga a un grupo de “representantes” o a un “representante”.

La pluralidad no puede ser cabalmente expresada en un cuerpo colegiado desde una perspectiva cuantitativa. Concebir la representación de la pluralidad desde una perspectiva cuantitativa, nos orillaría a suponer que la Cámara de Diputados debería integrarse por decenas de miles de “representantes”. Eso nos lleva a un escenario reducido al absurdo, kafkiano, surrealista, grotesco, delirante.

La pluralidad queda representada cuando existe el reconocimiento institucional, cultural, de la diversidad que enriquece. Para eso se necesitan perfiles de “representantes” y no de cargos públicos. Realmente carece de una defensa razonable el número de legisladores que actualmente existe. Al Congreso Constituyente instalado en 1916 en el estado de Querétaro, asistieron entre 124 y 190 diputados.

Con menos de 200 diputados se reformó la Constitución de 1857. La pluralidad quedó cabalmente representada. Ahora tenemos en México un Congreso General integrado por 500 legisladores y por 128 Senadores, aunque con una representatividad “naupailiana” (o sea, entre comillas). Cualquier sondeo de la opinión pública revela que los legisladores no solamente no representan la pluralidad de la sociedad mexicana, sino que para colmo están en la parte más baja de los niveles de confianza ciudadana.

Frente a eso, procede recortar el número de legisladores. Aquí no se propone destruir la representación proporcional. Por el contrario, entre otras cosas aquí se propone reforzarla.

La cantidad de diputados federales que podrían integrar la Cámara de Diputados puede ir desde 180 (120 de MR y 60 de RP o con una relación MR-RP de 50-50). También podrían ser 240 diputados: 160 de MR y 80 de RP o integrarse en una relación alícuota MR-RP de 50-50.

El Senado es la expresión de la paridad entre integrantes del Pacto Federal. Ahora, ocurre que los partidos también son parte del Pacto de la Unión, con un peso mayor que el de las entidades federativas. La RP no tiene sentido y es hasta un contrasentido que los partidos tengan representación en el Senado de la República. Ahí se van los primeros 32 Senadores de esa Cámara. Luego viene la “comalada” de Senadores de “Primera Minoría”.

La figura de “primera minoría” no rompe con el Pacto Federal, pero también es innecesaria. La elección de dos Senadores por entidad federativa puede desdoblarse en la elección de un Senador y del otro. No existe razón alguna para que los Senadores sean elegidos en par de fórmulas.

La figura de primera minoría es una tesis que no beneficia a la representación. Beneficia a quienes detentan la influencia de las siglas “partidistas”. La primera minoría es una concesión del que gana, para el que pierde: claro, obsequian lo ajeno. No debe ser así: las personas son las que deben decidir. Si los electores deciden dar todo el poder a un acrónimo, pueden votar en un mismo sentido. Si las personas deciden dividir su voto en dos, pues que lo hagan.

El ciudadano debe decidir. Si la gente decide, con voto activo (vía anulación) o pasivo (vía abstencionismo), mandar al diablo a todos los candidatos porque ninguno lo convence, una elección debería reponerse obligando a las siglas, a postular a otros candidatos (sujetando la regla a principios contra el “nepotismo político”).

Es más, si en una elección no se registra un mínimo de participación ciudadana (verbigracia, el 50%), debería declararse la elección sin ganador y debería reponerse el proceso.

En realidad debería cambiarse todo el sistema porque hay demasiadas fugas en el estilo personal de democracia mexicana. Los procedimientos que deberían garantizar la presencia de personas idóneas en los cargos públicos, ahora son absolutamente antidemocráticos y sujetos a la lógica endogámica, o de plano, nepotistas. El despotismo ilustrado no existe en la escena descrita: lo que se observa y revela, es un despotismo absolutamente vulgar.

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