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Opinión

DUELOS NEOYORKINOS

Septiembre 14, 202108:40 am
José Luis Olimón Nolasco
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En el contexto del 20° aniversario del ataque y el derrumbe de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York —centro neurálgico y simbólico del comercio globalizado—, el pasado fin de semana, llegó a su fin el último Gran Slam del año 2021: el US Open y, si bien, el duelo maior tiene que ver sin duda con las personas que murieron en ese acontecimiento único en la historia del vecino país del norte, los duelos a los que me referiré en estas palabras, son insignificantes en comparación con aquel y con muchos otros derivados de las numerosas muertes injustas que día tras día se dan en el mundo y que, sin embargo, no dejan de ser significativos, en cuanto me han hecho recordar que entre el deseo de que algo sucede y su satisfacción no hay una relación casual y, mucho menos, necesaria…

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Comienzo con el torneo de damas [uso esta expresión para evidenciar el origen inglés del hasta hace algunos años denominado “deporte blanco”, un nombre que dejó de corresponder a la realidad con la irrupción del color a las pantallas televisoras y que, en los días que corren solo es aplicable al que se pudiera considerar el número uno de los grandes torneos: Wimbledon, el cual sigue conservando no solo la tradición del blanco en los uniformes, sino también el césped —típicamente británico— como superficie de las canchas].

El primer juego cuya transmisión seguí fue la semifinal que disputaron Leila Fernández —una joven nacida en Montreal, que durante el torneo cumplió 19 años, hija de padre ecuatoriano y madre de ascendencia filipina, clasificada al inicio en el lugar 73—, quien había llegado a esas alturas derrotando a Noami Osaka, la campeona defensora y tercera en la clasificación de la WTA; a Angelique Kerber, clasificada en el lugar 17 y a Elina Svitolina, 5ª en la clasificación y sembrada como número 2 para este certamen.

Había visto algunas escenas de sus partidos previos y algunas de sus declaraciones y me había parecido increíble su alegría, su aplomo y destreza en la cancha y la seguridad y asertividad de sus declaraciones a la prensa. Viendo la madurez de su contrincante y el nivel de su juego, pensé que la joven canadiense no sería capaz de vencer a la ucraniana… Y, sin embargo, lo pudo hacer, no sin perder, por segunda vez en el torneo, un set.

De ahí surgió mi deseo que pudiera alzarse con la copa que se otorga al primer lugar [y, de paso, obtuviera los 2,500.000 USD que otorga a los campeones del torneo de damas y de caballeros]…

Pero no fue así, desde que vi el otro encuentro de la ronda de semifinales, en la que Emma Raducanu —nacida también en Canadá el año 2002, de padre rumano y madre china y emigrada al Reino Unido desde que tenía 2 años— venció a la griega María Sakkari, 18° en la clasificación de la WTA. Al ver en ella una solidez y madurez en su juego, mayor que la de Leila, presentí que mi deseo no se cumpliría… Y no se cumplió…

Sin mayores dificultades, Raducanu venció a Fernández en dos sets, se alzó con la copa, se llevó a casa su cheque por dos millones y medio de dólares e impuso un récord difícil de alcanzar: ganar los siete juegos de un torneo de Gran Slam —y los tres previos requeridos para clasificar al torneo debido a que estaba clasificada en el lugar 150 del ranking— sin perder un solo set.

Mi otro duelo insignificante y, sin embargo significativo, de este fin de semana, derivó del torneo de caballeros [no uso varones, ni hombres, para alinear los términos dama-caballero] y, concretamente, de la derrota —¡en tres sets consecutivos!— de Novak Djokovic ante Daniil Medvédev, frustrando así su deseo —y mi deseo— de convertirse en el segundo tenista varón en ganar los cuatro grandes torneos del tenis mundial [Australia, Francia, Inglaterra y Estados Unidos] en un año calendario, lo que ya de por sí, sería un premio de consolación ante la imposibilidad de alcanzar ya el Golden Grand Slam, el cual consiste en ganar la medalla de oro olímpica además de los cuatro grandes torneos, ya sea en un mismo año —el auténtico Golden Gran Slam solo alcanzado por Steffi Graf en 1988—, ya sea a lo largo de su carrera, algo conseguido por André Agassi y Rafael Nadal entre los caballeros y por Serena Williams entre las damas…

Eso sí, a Rod Laver —quien ganó los cuatro grandes torneos en un mismo año calendario dos veces: en 1962 como tenista “aficionado” y en 1969 como profesional— se le pudo ver sonreír en las tribunas porque seguirá siendo el único que ha conseguido esa hazaña dos veces y porque no tendría que entregar la copa a Djokovic.

Lo dicho: la satisfacción de los deseos, por nobles y sublimes que puedan ser, no está garantizada…

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