Opinión

Repensar la Revolución Mexicana

Por Abraham O. Valencia Flores

Noviembre 19, 2021 | 11-19 am

La historiografía tiene por objeto de estudio, la transformación y las reinterpretaciones del pasado a través del tiempo, lo cual nos posibilita repensar cada momento de la historia. Los cambios teóricos en las ciencias, el descubrimiento de archivos, la profesionalización de los historiadores, el posicionamiento político del historiador, el contexto nacional e internacional, el impacto e influencia de nuevas vertientes historiográficas han sido factores de reinterpretación del pasado, siendo la Revolución Mexicana, uno de los acontecimientos de mayor riqueza historiográfica en nuestro país. Sobre ella, ha corrido mucha tinta, debates y reflexiones, similar a los abordajes historiográficos de otras revoluciones en el mundo: francesa, rusa, cubana, iraní.

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A grosso modo, historiadores como Álvaro Matute en Teoría de la historia en México, Luis Barrón en Historias de la Revolución Mexicana y Enrique Florescano en Nuevo pasado mexicano confluyen en delimitar diferentes etapas en las reinterpretaciones históricas de la Revolución Mexicana. La primera fue hecha por los participantes del proceso: Manuel Calero, Jorge Vera Estañol o Manuel Bonilla Gaxiola. Contemporáneos a ellos, los observadores -tanto mexicanos como extranjeros- fueron determinantes en la idea de la Revolución Mexicana que se debatirá en años posteriores: Ernest Gruening, Francisco Bulnes, Alfonso Tarecena y por supuesto Frank Tannenbaum, que en obras como La Revolución Agraria Mexicana (1930) o Lugar de Revolución: Una interpretación de México (1933), catalogó a la Revolución como nacionalista, agrarista, un auténtico  levantamiento  popular de la gente del campo y de la ciudad que no tenía ni un plan, ni un programa revolucionario originalmente. Una segunda generación de analistas de la Revolución como Jesús Silva Herzog, Manuel González Ramírez, Eric Wolf, Howard Cline, Charles Cumberland o Robert Quirk se basaron en una documentación extraída de fuentes secundarias y de archivos hasta entonces inexplorados. Vendrán posteriormente, obras clásicas como Zapata y la Revolución mexicana (1969) de Jonh Womack.

Si bien ensayos como La Revolución mexicana en crisis (1943) de Silva Herzog, iniciaron una visión pesimista sobre la Revolución, los movimientos de ferrocarrileros, magisterio, médicos o bien, la Revolución Cubana colocaron en una perspectiva diferente a la Revolución Mexicana.  Estos acontecimientos, junto a la represión de 1968, el autoritarismo de la “Monarquía absoluta sexenal” magister dixit Daniel Cosío Villegas, aceleraron las posiciones más críticas sobre los resultados de la lucha armada. Vendrán nuevas corrientes revisionistas a la luz del marxismo: Adolfo Gilly en su libro La Revolución interrumpida 1972, escrito en Lecumberri, verá una interrupción de los movimientos zapatistas y villistas por los liberales obregonistas. Árnaldo Córdova, en La ideología de la Revolución Mexicana (1973) hará, según Carlos Roberto Martínez Assad, uno de los análisis más lúcidos y avanzados de la historia de las ideas que se aglutinaron en la construcción del discurso revolucionario. La anterior obra, será antecesora de otras de historia de las ideas, verbigracia: los Precursores intelectuales de la Revolución Mexicana 1978 de James Cockcroft.

La historia regional fue otra ola revisionista a partir de los setenta, Luis Barrón en Historias de la Revolución Mexicana rescata a: Mark Wasserman (Chihuahua), Romana Falcón y Soledad García (San Luis Potosí y Veracruz), Thomas Benjamin (Chiapas), Gilbert Joseph (Yucatán), Héctor Aguilar Carmín, Barry Car (Sonora), Paul Garner (Oaxaca). En esta historia regional, jugó un papel fundamental el acceso a archivos regionales, se habló de varias revoluciones y no, de una sola Revolución. Posteriormente, vendrán Ramón Eduardo Ruiz, François Xavier Guerra e historiadores como Friedrich Katz La guerra secreta en México 1982 y Alan Knight, que con su libro La Revolución mexicana. Del Porfiriato al nuevo régimen constitucional 1986 tuvo como fin explícito demostrar, cómo, cuándo y dónde la Revolución había sido un auténtico levantamiento popular, agrarista o nacionalista. La Revolución Mexicana, también ha sido reinterpretada a partir de la historia cultural, y por supuesto de la historia de las mujeres, en donde se encuentran trabajos de Gabriela Cano, Adriana Monroy y Martha Rocha quien publicó en el 2016, Los rostros de la rebeldía Veteranas de la Revolución Mexicana, 1910-1939. Habrá muchos otros estudiosos como Javier Garcíadiego Dantán historiador con prestigio en diferentes espacios académicos o bien historiadores muy dinámicos en la actividad política del nuevo gobierno como Felipe Ávila o Pedro Salmerón, estudiosos del carrancismo y del villismo.

Árnaldo Córdova, militante de izquierda, fundador de Morena y uno de los mayores estudiosos de la Revolución Mexicana, en alguna ocasión contó que José de la Colina le llevó a Octavio Paz su libro La ideología de la Revolución Mexicana, al ver el título el Premio Nobel soltó una carcajada y dijo "Pero qué idea tan peregrina: 'ideología', ja-ja-ja, de la Revolución Mexicana”. Ante esa ligereza del Premio Nobel, Córdova le escribiría después: “la Revolución Mexicana es el fenómeno transformador que acabó modelando, en todo lo bueno y lo malo, al México del siglo XX”. Habrá que añadir, que su ideología impactó a América Latina, como lo estableció Pablo Yankelevich en su libro La revolución mexicana en América Latina (2003) y a todo el Tercer Mundo, tal y como lo expresó Erick Hobsbawn, el mayor historiador del siglo XX, en su libro Historia del siglo XX (2000), al hablar del ejemplo que marcó la Expropiación Petrolera para otras naciones.

El llamado patrimonio moral, económico y social construido por la Revolución Mexicana deberá seguir presente en los mayores debates nacionales. Queda la demanda, parafraseando a Alan Knight de Repensar la Revolución Mexicana, pero no sólo como simple historiografía descriptiva, seguramente la academia los seguirá haciendo, sino como valoración para la construcción de nuestra actualidad, especialmente, para una izquierda mexicana que ha abrevado de visiones internacionales del anarquismo, marxismo, socialdemocracia, pero particularmente del nacionalismo revolucionario. Dos temas actuales, como la reforma eléctrica o la revocación del mandato, remiten al sustrato nacionalista una y a la maderista otra. A 111 años de su inicio y a días del cumplimiento de la mitad del sexenio, queda también repensar a la Revolución Mexicana, bajo otros elementos de la izquierda progresista, por ejemplo: el ambiental y de género, los cuales aún no logran integrarse a la agenda gobernante.

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