Opinión

Cambiando de siglas y cambiarse de calzones

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Nos movemos en dos planos existenciales: un mundo sin comillas (mundo) y otro entre comillas (“mundo”). No es lo mismo partidos, que “partidos”. Los partidos nos remiten a la institucionalidad y los “partidos” a los intereses personales. La institucionalidad es ciega, como la justicia. Los intereses personales pudren todo intento de institucionalidad. Los partidos son el deber ser. Los “partidos”, son el ser.

Los partidos son democracia, legalidad, instituciones. Los “partidos” son la autocracia electiva, la anomia y la simulación de instituciones. Los partidos son política; los “partidos”, son realpolitik. Los partidos son ideología; la realpolitik es utilitarismo, es no-ideas.

Es evidente la ausencia de instituciones que puedan ser denominadas partidos. Durante los procesos electorales, los electores solamente pueden orientar su intención de voto, analizando perfiles personales. En ese mismo orden de ideas, en ausencia de institucionalidad partidista (sistema de partidos), quienes aspiran a competir por cargos de elección popular, una y otra vez deben cambiar de siglas.

Los intereses que se aglutinan en torno a bloques de siglas, una y otra vez desechan las aspiraciones de quienes se acercan a ellas. Las siglas desechan a las personas, y en justa reciprocidad las personas desechan a las siglas.

¿Cómo puede razonar su voto una persona si los candidatos con afiliación efectiva a unos partidos son postulados por otros? Parece que los electores, para orientar en sentido de su voto, solamente tienen a la mano su conocimiento de los candidatos. Las siglas que suelen describir a los “partidos”, no son marcas que puedan pesar en la intención del voto de las personas, o al menos no necesariamente.

Los protagonistas da la escena electoral saltan de unas siglas a otras. Ese es ya un lugar común. Esos cambios se registran de un día para otro. En algunas ocasiones esos cambios no se traducen en candidaturas y en otras el salto se da para lograr que una persona pueda ver su nombre impreso en la boleta electoral.

Es necesario poner de relieve que en repetidas ocasiones, las personas que cambian de partido lo hacen movidos por ideas, por convicciones. Esto lo podemos corroborar en la realidad actual y a lo largo de la historia reciente. Vimos que, por lo menos aparentemente, Porfirio Muñoz Ledo, salió del PRI con la intención de promover cambios en el régimen político.

Sale de un PRI en el que llegó a ser dirigente nacional y en 1988 conforma un abigarrado conglomerado en un frente de corte electoral para oponerse al PRI. Poco después, se convierte en fundador del PRD. Sale del PRD y es postulado como candidato a la Presidencia en el 2000, por el PARM. Abandona al PARM y se une a la campaña de Vicente Fox y se integra al gobierno del panista. Más adelante regresa al PRD y luego se suma al PT. Sale del PT y se convierte en promotor para la fundación de otro partido, MORENA.

¿A qué se debe tanto ir y venir? En el caso de Porfirio, es preferible suponer que ha cambiado de partido como cambiar de calzoncillos, movido por ideas democratizadoras. Eso mismo podemos suponerlo en el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, el de Pablo Gómez o en el de Ifigenia Martínez, entre tantos otros.

No dudaría en coincidir con quien se atreviese a aseverar que quienes abandonan unas siglas para ir en pos de otras, lo hacen movidos por sus ideas. Esas ideas se convierten en intereses legítimos y en aspiraciones justas.

Un caso local es el de Polo Domínguez, que actualmente hace campaña en el segundo distrito electoral federal (Tepic). Sale del PAN y se enfila rumbo al Panal, un partido local. Sale del Panal y es postulado a la diputación federal por el PRD. El PRD va en alianza con el PRI y con el PAN, partido que abandonó recientemente y en el que mantiene su afiliación efectiva (en el número 636 de la lista y con fecha de afiliación 09/12/2000).

Cabe señalar que los padrones de afiliados que los partidos reportan al Instituto Nacional Electoral, no reflejan la realidad necesariamente. Con un par de ejemplos podemos dejar esto en claro, absolutamente. El candidato de la alianza integrada por bloque MORENA-PT-PVEM-Panal, Miguel Ángel Navarro Quintero resultó postulado por MORENA; aunque no aparece en el padrón de militantes de ese partido, sí pertenece a la fracción morenista en el Senado de la República. Por el contrario, el candidato del partido Redes Sociales Progresistas, Nayar Mayorquín Carrillo, aparece en el padrón de MORENA, en el número 2598 (fecha de afiliación 08/01/2013).

El mismo doctor Miguel Ángel Navarro Quintero tiene su propia historia política. Su trayectoria es consistente, en contraste con lo que podemos decir de las siglas que cambian de rumbo de un día para otro. Puede no aparecer en el padrón de ninguno de los acrónimos registrados como “partidos políticos”, pero ha mantenido una ruta de servicio incuestionable. Este es otro de esos casos en los que las figuras públicas se localizan por encima de las siglas y cargan con un capital político que se traduce en alta rentabilidad electoral.

Otro caso es el de Ivideliza Reyes Hernández. Una mujer extraordinaria, talentosa, hiperactiva, madura y festiva a la vez, respetuosa y de ánimo incluyente. Fue alcaldesa de La Yesca con el acrónimo del PAN y luego diputada federal por las mismas siglas. Más adelante se aleja del color albiceleste y se postula como candidata independiente por Tepic. No logró acceder al cargo, pero obtuvo más votos que cada uno de los partidos per se. Ahora, de nuevo es candidata a la Presidencia Municipal de Tepic por Movimiento Ciudadano, recurriendo a un discurso furioso.

En esa misma línea se encuentra uno de los fundadores del PRD: Rodrigo González Barrios, ex diputado local y federal. Habiéndose separado del PRD, una de las más emblemáticas figuras de la lucha social en Nayarit, ahora busca una diputación por Movimiento Ciudadano.

Las siglas que en México se suelen denominar “partidos políticos”, se encuentran muy abajo en los niveles de confianza de las personas. Creo que todas las encuestas coinciden en esa descripción. De ahí la relevancia de las figuras públicas que deben ser valoradas por las personas que decidan votar el seis de junio.

Es evidente que los procesos de selección de candidatos, a manos de las diferentes siglas, dejan mucho que desear en términos democráticos. Esa es una de las enormes razones por la que las personas suelen abandonar esas naves domeñadas por la lógica de los intereses personales. No hay democracia hecha: hay una ruta que se construye, en el mejor de los casos.

Las personas tienen razón al abandonar las siglas a las que les han sido fieles durante años. Si las siglas son infieles, las personas no les deben lealtad absoluta. La lealtad absoluta es vocación de imbéciles o de perros. Amor con amor se paga.

Las personas tienen derecho de buscar espacios para la realización de sus convicciones. A las personas también les asiste la razón al buscar en distintas esferas la realización de sus intereses. Las personas que son desdeñadas por unos, pueden buscar su valorización en otros espacios. La realidad surrealista todo lo justifica.

Si el sistema de partidos es una entelequia surrealista, los electores solamente pueden seguir personas. Esa es la razón por la que las siglas se disputan la presencia de figuras públicas que pueden representarles votos. En eso también se cometen errores, pues en repetidas ocasiones se cuelan personajes impopulares que representan altos niveles de rechazo.

En una surrealista democracia sin partidos y sin procedimientos democráticos, nada puede argumentarse contra quienes transitan de unas siglas a otras. Nada se les puede reprochar a las personas por definir su voto en un sentido u otro. Si las élites pueden darse el lujo de ser ladinas, los electores también pueden serlo.

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