Opinión

ANDAN DICIENDO

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Morirse es toda una experiencia. Una experiencia que no se puede contar. No por quien se muere, pues. ¿Pero se imaginan lo grandioso que eso sería?

Todavía alcancé a vivir los velorios de antes. Los de «rápido, tú vete a limpiar la casa, háblale a los de la carpa, que cierren la calle y dile a doña, quien fuera que cocinara rico por la región, que se prepare unas ollas de menudo», o pozole, o carnita con chile o lo que hubiera. Y para lo que alcanzara. Antes, obviamente, había que encontrar al matancero del lugar y deshacerte del puerquito, chivito o gallinas más gorditas para satisfacer el hambre de los acompañantes.

La logística tenía que ser perfecta, lo de la comida estaba resuelto. ¿Pero y el café?

Agarra todas las bolsas de café Legal que puedas y a correr por un montón de vasos térmicos, de esos blancos que hoy están prohibidísimos y hasta te hacen ver como el causante de todos los males ecológicos del planeta cada que levantas uno para beber, unos cuantos kilos de azúcar con el de la tiendita y espérate, la canela, a la gente de más edad, contempóranea del difunto, le gusta el café con canela, así que por ningún motivo se te vaya a olvidar.

Recuerdo que mis primas pasaban a ciertas horas por las bancas con unas charolas llenas de cigarros Delicados, así, sueltitos, como se supone que ya no se venden en las tienditas, los asistentes tomaban los suyos y después exigían su cuota de auténtico licor de caña Viva La Villa, del que habías comprado por litros, ahí con la señora de la esquina, la que te lo ponía en botellas vacías de Coca Cola.

Los familiares lloraban, se avalanzaban sobre la caja, unas tías se desmayaban, «¡Traigan el alcohol!», gritaban, y el borrachito del pueblo, presente siempre en todos los velorios, también se aventaba su discurso frente al muerto para expresarle sus respetos.

Dos días de capilla ardiente, había que cambiar sirios, decenas y decenas de rosarios, porque cada señora del pueblo quiere rezar el suyo, y ni hablar, a darle, había que estar al pendiente de la afluencia de visitantes porque imagínate la tragedia que significaría que al día siguiente en el mercado se dijera: «En la madrugada se quedó bien solo el difunto, es que nadie lo quería.» Llegaban los arreglos de pétalos multicolores y montones de coronas, de las que para cuidar las flores de papel crepé hechas a mano, eran cubiertas con plástico.

Y entonces se hacía presente la banda, previamente habías sacado de alguna cantina al enterrador del panteón, porque ya casi era hora de la misa de réquiem y la familia no veía claro lo del hoyo en la tumba familiar. De la casa al templo, de ahí al panteón. ¿Cómo que en carroza? Decían los tíos que envalentonados con seisito en mano se echaban el féretro al hombro y a darle hasta el camposanto, a paso lento, pero firme, acompañado de Te vas ángel mio, Cruz de olvido y alguna que otra que le gustaba al muerto. «¡Afiánzate ahí!» se escuchaba decir a los encargados de bajar el cajón al pozo, hubo ocasiones en que el agujero fue demasiado pequeño, pero nada que un marro no pudiera solucionar. Ya de camino a su descanso final, el momento era interrumpido por un «¡Espérense! Viene en camino Fulanito, el sobrino que vive en el norte.» Y pues ni hablar, va para atrás la caja. Total, qué más dan unos minutos. De mano en mano iba pasando una botella de Fanta con agua bendita en el interior, y junto con el puño de tierra se daba por terminada la última gran ceremonia presencial a nuestro familiar.

Hoy, andan diciendo que todo eso se ha perdido. Y sí. Las exequias y todo a su alrededor ya no tienen ese doloroso colorido. Ya casi no hay chistes a las afueras del lugar, los novenarios se han convertido en un triduo de misas, y los rosarios ya hasta tienen horario, si es que hay. Pero ni el café chirris, ni el té de sobrecito, ni los paquetes de galletas Surtido Rico que hoy dan, serán nunca poca cosa para agradecer y honrar a nuestros muertos y a nuestra siempre valiosa forma de decirles adiós.

 

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