Opinión

No sé, bebé, no sé bebé

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Siempre me he considerado una morra openmind. En ocasiones la reina de la fiesta, en ocasiones la que se duerme antes de las dos de la mañana, pero siempre con una cosa muy clara: me encanta jotear y cotorrear bien bonito con mis amigues de la diversidad.

La verdad, no recuerdo el momento exacto en que agarré el gusto por los modales refinados y la vulgaridad en la lengua, pero sí recuerdo todas las buenas amistades que he hecho perreando hasta el suelo y recibiendo cerveza de amistades ocasionales, en el lugar más legendario de Tepic: Arnolds.

Este mes de junio, que además de las elecciones viene caracterizado por un tremendo calor, está marcado con los colores del arcoíris y la celebración del Pride, o las jornadas de la diversidad sexual que, en la antigua normalidad también venía en conjunto con marchas y banderas multicolor, que piden entre otras cosas, el respeto a los derechos de las personas que pertenecen al sector y su empoderamiento.

No me ajustan las manos para hablar de mis amigos que integran la comunidad LGBTI+, tampoco tendría porqué nombrarlos con esa etiqueta, pero luego pienso en todas las cosas que me han enseñado y las veces que me han hecho reír, y pienso que es un agradecimiento profundo el que les debo. Las mejores fiestas, las mejores risas, los momentos de tristeza, las veces que hay que levantar la cara luego de caerse, ahí han estado.

A propósito de lo anterior, en los últimos días encontré una canción en Spotify que no se me ha salido de la cabeza. El coro, que consiste en una pregunta aludiendo a la belleza de una persona que es el interlocutor, con voz gruesa pero evidente chica trans.

Bebé ¿pero por qué lo tienes todo, bebé? Y la respuesta: No sé, bebé, no sé, bebé, no sé, no sé, no sé, bebé.

Las frases anteriores me sirvieron para solicitarle a mi bocina Alexa que tocara el nuevo éxito del verano. Aquí tienes “Podrás jamás, de Trixy Star”, responde mi bola de inteligencia artificial que enciende sus luces azules cada que digo su nombre. Inmediatamente en mi cabeza suenan otra vez las frases del coro.

Aunque vulgar, la métrica exquisita de la canción no sale de cada neurona. Hace días en una fiesta familiar, le enseñé el éxito a mi suegra y quedó sorprendida. Lo enseñé también a un maestro de filosofía. Lo enseñé a mi vecino de edificio, que inmediatamente respondió con la satisfacción que esperaba en mis anteriores intentos.

Lo brillante, lo más trascendente de esa melodía sería tener la osadía de mostrarse como una persona transgénero sin pudor ni tapujo. Hablando de las partes anatómicas y de otras más que fueron incluidas con la decisión de ser una nueva persona, la que siempre habíamos querido.

Hace meses, en una reunión afterparty de encuentro de escritores en Colima, conocí a una pareja de chavos. Lo primero que me vieron en el outfit fueron unas botas Zara, con estoperoles e incrustaciones de Swarosky, atinaron a decir que les gustaban mucho y que evidentemente yo me veía reinísima. Unos tragos después y luego de bailar canciones que salían de una bocina mal hecha, me nombraron la reina gay de la noche. No los volví a ver.

Muchos meses han avanzado desde que la pandemia nos dejó en la nada. Lo que conocíamos como beso de tres, o festejos sin sana distancia, quedaron anulados ante la moral cubierta de sana distancia. Lo que ha quedado desde entonces es un temor horrible al contagio, a la muerte y a no poder celebrar.

Sigo frecuentando a mis amigos, recibo su abrazo con toda la ilusión del mundo. Nos decimos vulgaridades y avanzamos, pero hay algo quebrado. Una vez salimos del Arnolds sin pensar que sería la última, dice uno de ellos con tristeza.

 

 

 

 

 

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