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jueves, febrero 27, 2025
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Cambiando de partido en una sociedad sin partidos

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“Creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad, si así se puede llamar”

André Breton

Es gracioso escuchar que se acuse a unos de saltar de un partido a otro. Todo mundo tiene el derecho de abandonar unas siglas para abrazar otras, lo mismo que en la religión o así en diferentes ámbitos de la vida pública y privada. Así, está de moda cambiar de “partido”. Lo gracioso es que los que cambian de partido, lo hacen en una realidad en la que no existen los partidos. En México (al menos), cambiar de partido, es como saltar de un barco que no existe, a otro barco que tampoco existe. En México, cambiar de “partido” es lo mismo que dejar de ser ateo, para ser ateo. Lo que existe es la realidad y en esa realidad es como actúan los personajes de la vida pública.

Traen de la ceca a la meca a varios personajes en el plano local y en el nacional. Llama la atención el caso de los Yunes, así como los de Alejandro Murat y otros, que por los cargos que han ocupado anteriormente, parecerían muy comprometidos con las siglas que los llevaron a esos espacios de poder. Han dejado unas siglas para ir a recalar a otras como quien deja unos calzones por otros. Las críticas más acerbas, más rabiosas, se las dirigen los protagonistas centrales del “Caso Coahuila”, en la que los jefes de siglas PRI y PAN, se repartieron hasta el perico, las engrapadoras, las escobas y los trapeadores.

Todo mundo está en su derecho y los pretextos, las razones y los argumentos hay de sobra. Unos alegan que se van porque las siglas de las que provienen se han corrompido o en razón de que han dejado de representar los “ideales” por los que se acercaron a las mismas. La verdad es que hasta ahora no se han esgrimido razones de peso, creíbles y robustas, que sirvan para explicar y justificar sus decisiones.

Los conversos hay de todos los colores y sin color. Unos se van del PRI para entrar al PAN. Ahora, otros salen del PAN para entrar a Morena. Otros salen de Morena para entrar al PAN. Esa es una historia del presente y no es novedad porque el fenómeno lo hemos visto desde hace décadas. Algunos cambian de piel y otros ni siquiera la han tenido jamás.

No hay nada de que espantarse. Nadie escapa de esos comportamientos. Nadie está libre de culpas como para tirar la primera piedra. Los que ahora dan la bienvenida a un converso, luego saltan y brincan furiosos porque de sus filas, otros les abandonan.

Estamos ante algo así como lo que podría denominarse “Síndrome de Santa Anna”. Recordemos que Antonio López de Santa Anna, entre el año 1833 y 1855, varias veces fue presidente de México, unas veces como liberal y otras como conservador. No se le podía acusar de carecer de principios, pues adoptaba todos aquellos de los que sabía de su existencia. Como Groucho Marx, Santa Anna era un hombre de principios, y si unos no le gustaban a la gente, siempre tenía otros.

Son días de fiesta para las bocas aguadas. Son días de fiesta para quienes ejercen la libertad de expresión de manera desparpajada, sin ninguna responsabilidad y sin necesidad de presentar elementos de convicción para lo que se dice. Se acusa y se dirigen dedos flamígeros a lo tonto. irresponsablemente. Sobran las lenguas flamígeras.

Es cierto que numerosos personajes de la vida pública caen gordos, se muestran odiosos. No obstante, una buena dotación de mentadas de madre sería suficiente y preferible. Una buena embarrada de mentadas de madre, no le hacen daño a nadie, pero las mentiras sí dañan la confianza social. Hacen demasiado daño los que mienten con la intención de desprestigiar a los “enemigos”.

Ya de por si la gente observa que personajes de la vida púbica, han ejercido cargos públicos de la mayor importancia, y que resultaron muy ratas, y no pasa nada. A eso se debe agregar que la gente escucha acusaciones sin ton ni son, de unos contra otros, y no pasa nada. Acusar sin pruebas y sin que nada ocurra, eso mina la poca confianza que queda en la gente.

Podríamos estar en la antesala de la desaparición de otras siglas. Me refiero a las siglas del PRI. No sería extraño, por tanto, que en los años que siguen, algunos personajes que se asocian con el acrónimo PRI, pasen a engrosar las “filas” del acrónimo PAN.

En ese escenario, en el que los partidos son inexistentes, podemos encontrar a personas que actúan de buena fe, con sincera vocación de servicio. Los partidos políticos no existen, pero las personas con fuerte naturaleza política, esas personas sí existen. Dado que no existen los partidos, tampoco existe una clase política que requiere de ese caldo de cultivo, el que representa la vida orgánica de un partido.

No hay partidos, no hay clase política. Así de sencillo. Lo que vemos, es una hoguera representada por un acrónimo u otro, como en los rituales indios que nos describen las películas del oeste. En torno a esa hoguera danzan los actores de la vida pública.

En ese escenario, no hay traidores. ¿Qué es lo que traicionan los que abandonan unas siglas para rendir protesta ante otras? ¿Qué religión inexistente se traiciona para jurar otra fe que tampoco existe? Lo que cuenta, al final de esta historia, es que los personajes sirvan de algo.

No hay sistema de partidos porque no hay partidos. Lo que hay, es ejercicio real del poder. En esa dura realidad, el papel de las personas se torna de lo más decisivo. En esa dura realidad, las decisiones que se toman revelan la calidad de madera de la que están hechos los actores. En esa dura realidad, se muestra la estatura de los que quieren servir. Esa dura realidad muestra la pequeñez de los oportunistas, cínicos.

Los ñoños, los bisoños, los que no son de izquierda ni de derecha, porque no saben que es una cosa y cual la otra, esos hacen su agosto todo el año. Para lograrlo se sirven de su retráctil lengua.

La gente no tiene ningún interés en unas siglas u otras. Lo que la gente quiere es que todo lo que se diga en la escena pública, suene en el bolsillo. Por tanto, es irrelevante que los protagonistas de la escena pública, abracen unas siglas u otras. Los buenos para nada no sirven ni con unas siglas ni con otras. Los que sirven, lo hacen con unas siglas o con otras. El bolsillo lo sabe.

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