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¿Pudo una corona de espinas cambiar la historia de Tepic?

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En Tepic la historia del Indio Mariano, que sería coronado como Rey de Indias con una corona de espinas, empleó rituales y estandartes similares a los que en 1810 dieron inicio a la independencia de México

Histórico Meridiano | Jorge Enrique González

Al amanecer del 6 de enero de 1801, la neblina sobre el valle de Matatipac traía consigo un presagio triste. En las cercanías de Tepic, específicamente en los parajes de Las Higueras de Lo de Lamedo y Los Aguacates, cientos de indígenas aguardaban un milagro político. Esperaban la llegada de un hombre al que llamaban Rey de Indias, un mesías que prometía la restitución de la tierra y la abolición de los tributos. Han pasado exactamente 225 años desde aquella mañana en que la Nueva Galicia estuvo a punto de cambiar la historia de la Nueva España, una década antes de que el cura Hidalgo hiciera tañer las campanas en Dolores.

La historiografía oficial ha relegado este episodio a un pie de página, eclipsado por la Guerra de Independencia posterior. Sin embargo, los legajos del Archivo General de Indias, conservados bajo el título de La Rebelión del Indio Mariano, revelan una trama compleja y fascinante donde se mezclan el misticismo, la estrategia militar fallida y la brutalidad del sistema judicial virreinal.

El movimiento comenzó a gestarse apenas unos días antes, en la penumbra de un jacal situado en las orillas de Tepic, propiedad de la viuda María Paula de los Santos. Fue el 27 de diciembre de 1800 cuando tres forasteros cruzaron el umbral de su puerta: un anciano, un niño de aproximadamente nueve años y un hombre de unos treinta, descrito en los autos procesales como de “estatura muy pequeña, barbicerrado, cortado el pelo con balcarrota”, vestido con calzones de chivo viejo y un sarape listado . Este último era Mariano.

En la imaginación popular y en los rumores que corrían por la sierra, a veces se le confundía o asociaba con la mítica figura del Indio Máscara de Oro, pero ante los ojos de sus conspiradores en Tepic, era un hombre de carne y hueso con un relato de fuerza trágica. Decía ser hijo del gobernador de Tlaxcala y legítimo dueño de las tierras americanas. Aseguraba haber viajado a España para postrarse ante el rey Carlos IV y exigir sus derechos, recibiendo por respuesta únicamente la espalda del monarca, un gesto de desprecio que detonó la decisión de la insurgencia.

La conspiración encontró su operador político en Juan Hilario Rubio, un indio de 60 años, labrador y donado a la comunidad de Tepic. Rubio, lejos de actuar como un simple seguidor, se convirtió en el arquitecto de la movilización. Las reuniones en casa de María Paula de los Santos, celebradas bajo el sigilo de la noche, dieron forma a un plan que buscaba la legitimidad a través de lo sagrado: Mariano sería coronado en el Convento de la Santa Cruz de Zacate. Rechazaría el oro y la plata; su corona sería de espinas, a imagen de Jesús Nazareno, simbolizando que su reinado venía a redimir mediante el sufrimiento .

La maquinaria rebelde se puso en marcha mediante un sistema de comunicación tradicional y efectivo: las cartas cordilleras. Estos documentos, redactados por el escribano indígena Juan Francisco Medina a la luz de las velas, recorrieron los caminos de herradura convocando a los pueblos de Xalisco, Guaynamota, Santa María del Oro, San Pedro Ixcatán e Ixcuintla. El texto era urgente y místico, citando a “todos los indios viejos y mozos” para la campaña de entrada a Tepic, exigiendo banderas blancas y armamento diverso: lanzas, flechas, hondas, palos y piedras .

A pesar de la exigencia de silencio, la conspiración se desmoronó desde dentro. El miedo y la lealtad al orden establecido jugaron en contra de los rebeldes. El 2 de enero, las autoridades virreinales recibieron las primeras delaciones. El subdelegado de Aguacatlán, Tomás de Escobedo, y el de Santa María del Oro, interceptaron las misivas gracias a la denuncia de alcaldes indígenas que temieron las represalias de una insurrección .

La reacción del aparato virreinal fue inmediata y aplastante. El comandante de Marina de San Blas, Francisco Eliza, y el subdelegado de Tepic, Juan José de Zea, movilizaron tropas y milicias. La noche del 3 de enero comenzaron las detenciones selectivas. Juan Hilario Rubio, el escribano Medina y el alcalde indígena José Desiderio Maldonado fueron extraídos de sus casas y arrojados a los calabozos, dejando al movimiento acéfalo horas antes de su estallido.

Aun sin sus líderes logísticos, la eficaz convocatoria llevó a cientos de naturales a los puntos de reunión el 5 de enero. Lo que allí ocurrió prefiguró las imágenes y símbolos de la futura independencia mexicana. Los insurgentes de Tepic se adelantaron a Hidalgo al elegir su símbolo de batalla: una bandera roja con la imagen de la Virgen de Guadalupe .

El desenlace en el paraje de Lo de Lamedo fue trágico. Las tropas realistas, comandadas por el capitán de fragata Salvador Fidalgo, encontraron a los indígenas en una situación que distaba mucho de una formación de combate: estaban almorzando. Al ver a los soldados, la mayoría de los nativos se arrodilló en señal de sumisión. Esa rendición no detuvo la violencia. Los fusiles de la tropa descargaron su plomo contra la multitud desarmada, dejando dos muertos en el sitio y varios heridos de gravedad. Sin batalla heroica, se limitó a una operación de escarmiento.

La represión física dio paso al tormento judicial. Más de 200 indígenas fueron arrestados en los días subsiguientes. Las cárceles de Tepic, insuficientes para tal hacinamiento, obligaron a las autoridades a organizar “colleras”, cadenas humanas de prisioneros, para trasladarlos a pie hasta Guadalajara.

El viaje y el encierro se convirtieron en una sentencia de muerte anticipada. Siete prisioneros fallecieron en el camino por el rigor de la marcha. Al llegar a la capital de la Nueva Galicia, fueron recluidos en el Hospital de Belén, habilitado como prisión de emergencia. Allí, el hacinamiento y las condiciones insalubres desataron una epidemia descrita en los autos como “dolor de costado” (probablemente neumonía o pleuresía). Veinte reos, incluyendo al principal promotor, Juan Hilario Rubio, murieron entre los muros del hospital antes de que pudiera dictarse sentencia.

La historia de María Paula de los Santos tuvo un desenlace distinto al de sus compañeros de infortunio, marcado por un destierro con máscara de clemencia. Si bien en 1805 el rey de España ordenaría su “entera libertad” para que se restituyera a su pueblo, su calvario comenzó mucho antes, la noche del 3 de enero de 1801, cuando fue extraída de su jacal en las orillas de Tepic, acusada de ser la anfitriona de la sedición. Fue en su propia casa donde el misterioso Mariano y Juan Hilario Rubio tejieron la trama de la coronación, convirtiéndola a ella en una pieza clave del engranaje rebelde. Sin embargo, al momento de dictar sentencia, la maquinaria judicial virreinal se detuvo ante su figura; el abogado protector no alegó inocencia; apeló a su “avanzada edad” de sesenta años, su “rusticidad” y su “deplorable estado de salud” para salvarla del presidio. Así, mientras los hombres marchaban hacia la muerte o los trabajos forzados, María Paula fue condenada inicialmente a la reclusión en la Casa de las Recogidas de Guadalajara, confinada lejos de la tierra que soñó ver liberada.

El proceso legal, conservado en miles de fojas, muestra la estrategia de la defensa ejercida por el abogado protector de indios. Ante la imposibilidad de negar los hechos, el defensor optó por despojar a los acusados de su agencia política. Argumentó que su participación se debía a su “rusticidad, ignorancia y miseria”, presentándolos como seres incapaces de comprender la magnitud del delito de lesa majestad y seducidos por las fantasías de Juan Hilario.

Esta estrategia, aunque humillante, salvó vidas. La Real Audiencia de Guadalajara, y posteriormente el Consejo de Indias en Madrid, optaron por una mezcla de severidad simbólica y pragmatismo. La sentencia definitiva, ratificada por el rey en 1805, cargó toda la furia del Estado sobre la memoria del difunto Juan Hilario Rubio: fue declarado “traidor infame”, sus bienes confiscados, su casa demolida y sus tierras sembradas de sal para que no volviera a crecer nada en ellas.

Para los sobrevivientes, como el escribano Medina y los alcaldes de los pueblos conjurados, la pena inicial de presidio en las fortificaciones de Veracruz se conmutó. El temor a que murieran por el “vómito prieto” (fiebre amarilla) en la costa llevó a las autoridades a condenarlos a trabajos forzados en las obras públicas de la Ciudad de México por periodos de seis a ocho meses .

Dos siglos y cuarto después, una pregunta sigue flotando sobre la historia de Nayarit: ¿Existió Mariano? Las autoridades virreinales, a pesar de sus redes de espionaje, interrogatorios y recompensas, jamás lograron capturarlo. Se desvaneció como el humo. El fiscal de la Audiencia de México llegó a sostener la teoría de que Mariano nunca existió, que fue una invención genial de Juan Hilario para movilizar a las masas bajo una figura mesiánica. ¿O habrá sido un invento de la imaginación de María Paula?

Otros testimonios en el expediente añaden capas de misterio internacional a la revuelta. Se habló de la presencia de buques ingleses en las costas de San Blas, y una mujer declaró haber escuchado que la conspiración estaba dirigida desde México por “cierto señor” con la anuencia de los británicos, quienes supuestamente proporcionarían apoyo naval. Hubo incluso rumores de planes para incendiar el santuario de Guadalupe y volar el palacio virreinal .

Sea un hombre de carne y hueso que logró escapar, o una ficción colectiva necesaria para articular la esperanza, Mariano cumplió su función. Su rebelión demostró la fragilidad del control español y la capacidad de organización de los pueblos originarios. Fue un ensayo general de la independencia, sofocado por la traición y la fuerza, pero que dejó sembrada en la tierra salada de Juan Hilario una semilla que tardaría diez años en volver a germinar. Hoy recordamos que la libertad de México tiene antecedentes que pagaron su precio en el anonimato de una fosa común en el Hospital de Belén.

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Para saber más

Castro Gutiérrez , Felipe, La rebelión del indio Mariano (Nayarit, 1801), Estudios de Historia Novohispana, v. 10, n. 10, 1991.

López, Juan, La rebelión del indio Mariano. El movimiento insurgente de la Nueva Galicia, en 1801; y, documentos procesales, tomos I,II,III, Honorable Ayuntamiento de Guadalajara, 1985.

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