Un peso. Eso costaba entrar a la historia del beisbol en Tepic… y no, no incluía guante. En la década de los 40, en Nayarit se jugaba beisbol en ligas muy locales, regionales, de esas que huele a tierra y a barrio.
Sin embargo, el 5 de agosto de 1941, en Tepic, alguien tuvo una idea osada: organizar el sueño del beisbol. Así, con más ganas que presupuesto, nació el Club de Beisbol Tepic.
Los requisitos para pertenecer al club eran simples: una solicitud firmada, un peso de inscripción y una regla de oro: no haber sido expulsado de ninguna organización deportiva.

Su directiva quedó así: Presidente: Carlos Uribe, Secretario: E. Muñoz Ruiz, Prosecretario: Juan Lomelí, Tesorero: Alfonso Llanos, Vocales: J. Manuel Flores y J. M. Valderrama
Pasaron los años… Y llegaron los años 50: sol, tierra caliente y acento caribeño. A Tepic arribó un zurdo cubano que lanzaba la pelota como si tuviera GPS: Lino Donoso. Rápido, fino y letal, tanto que después lanzaría en Grandes Ligas y, más tarde, sería reconocido por su carrera en México, con un lugar en el Salón de la Fama en 1988.

Pero antes… antes hizo magia aquí. El veterano cronista deportivo Roberto Zazueta era apenas un entonces un chiquillo con las rodillas peladas cuando lo vio.
Ese día, el aire pesaba distinto. Jugaba Tepic vs. Santiago Ixcuintla. Tepic ganaba por una carrera. Novena entrada. Casa llena. Primera, segunda y tercera ocupadas. Y en el montículo, Donoso.
Se dice, se cuenta, se rumora que salió el lanzamiento, swing brutal, línea candente por el centro del diamante. La pelota ardía y el estadio municipal de beisbol de Tepic, en silencio. El corazón en la garganta.

Y entonces, Zazueta recuerda ver a Lino Donoso estirar la mano… ¡con la mano pelona! Sin guante, ¡con la mano pelona!, atrapar la bola, girar, lanzar a primera y… ¡OUT!
Se acaba el partido. El estadio explota. La gente grita, se abraza, ríe nerviosa. Por un instante, todo Tepic se siente invencible.

¿Fue una jugada para las estadísticas? No. Fue una jugada para la memoria.
Así se fabrican las leyendas y los mitos: con gestos inesperados y con tardes que se quedan pegadas en la garganta.
A veces, la historia más grande está en lo más pequeño: en una pelota, en un peso, en una tarde, en “una mano pelona” que decidió atrapar la gloria.



