El año 2025 se despidió con una lección de economía que no se aprende en los libros de texto, pero que se siente en la fila del mercado y en la cuenta de la fonda. Aunque los indicadores macroeconómicos celebraron una inflación general anual del 3.7 por ciento, un respiro estadístico frente al 4.2 por ciento del año anterior, la realidad financiera de los hogares mexicanos, especialmente en las ciudades, narró una historia de resistencia mucho más cruda. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reveló que el costo de la canasta alimentaria en zonas urbanas aumentó 4.4 por ciento anual, superando con creces el promedio nacional de inflación. Este dato confirma una sospecha diaria en los monederos de millones: la estabilidad de los grandes números no se tradujo en un alivio para lo más elemental, que es llevar comida a la mesa… y a la boca.
Para entender la magnitud del golpe, basta con observar el precio de la supervivencia. En diciembre, una persona en la ciudad necesitó 2 mil 467.15 pesos mensuales exclusivamente para cubrir sus necesidades alimentarias mínimas, mientras que en el campo la cifra fue de mil 854.39 pesos. Sin embargo, lo verdaderamente alarmante no es el monto total, sino qué productos lo empujaron al alza. El gran villano de la inflación no fue un desastre natural ni un impuesto nuevo, sino el cambio en los hábitos de vida: los alimentos y bebidas consumidos fuera del hogar explicaron la mitad de todo el aumento en el costo de la canasta básica. Con un encarecimiento del 7.3 por ciento, comer en la calle dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad costosa para la clase trabajadora urbana, atrapada entre largas distancias y jornadas laborales que impiden cocinar en casa.
La proteína animal se convirtió en el segundo frente de batalla. El bistec de res, un lujo dominical para muchas familias, vio su precio escalar 17.6 por ciento en un solo año. En las zonas rurales, este aumento fue devastador, explicando por sí sólo el 30 por ciento de toda la inflación alimentaria de ese sector. La carne molida siguió la misma suerte con un alza del 16.5 por ciento. En las ciudades, la presión se sintió también en el vaso de leche: la leche pasteurizada subió 9.4 puntos porcenuales, convirtiéndose en uno de los productos que más encareció la vida urbana. Así, mientras el precio del maíz y el frijol se mantuvo relativamente estable, las fuentes de proteína y calcio se alejaron de las posibilidades de los más pobres, forzando una dieta cada vez más dependiente de carbohidratos y azúcares.
Pero la pobreza no se mide, por desgracia, en calorías. Cuando sumamos el transporte, la limpieza y la educación para calcular la Línea de Pobreza por Ingresos total, la barrera para una vida digna se elevó a 4 mil 818.14 pesos mensuales en la ciudad y 3 mil 451.13 en el campo. Aquí, las zonas rurales sufrieron un castigo particular: el transporte público se encareció 6.6 puntos por cada cien, actuando como un impuesto al aislamiento que cobra más a quienes viven más lejos. De igual forma, los productos de cuidado personal subieron más del 6 por ciento en todo el país, recordando que la higiene y la dignidad también tienen un precio de mercado que no deja de subir. Este cierre de año nos avisa que para 2026 el reto será controlar la inflación general y al mismo tiempo desactivar las bombas de tiempo que tictaquean en el precio del transporte rural, la carne y la comida corrida, donde se juega la verdadera economía de las familias mexicanas.



