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jueves, enero 22, 2026
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Todos los derechos para todos, en serio

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• DISCRIMINACIÓN, IGUALDAD DE GÉNERO Y DEMOCRACIA

Los problemas que son serios deben tener soluciones serias. Los problemas que afectan a todos, que impactan de una u otra manera a la sociedad en su conjunto, en uno u otro grado, deben involucrar a todos en sus soluciones. Suele decir la conocida expresión popular que no se puede tapar el sol con un dedo. Tampoco puede usarse un dedo para tapar un pozo en un muro donde hay cien, donde hay mil, pues por tapar unos destapamos otros.

No se debe uno atener a las propuestas de soluciones engañosas, que realmente no lo son. Las soluciones a problemas multifactoriales deben implicar propuestas multidimensionales. El problema de la desigualdad de hombres y mujeres tiene explicaciones culturales profundas. La mujer es víctima de discriminación y de trato desigual ante retos iguales. Esos problemas que afectan a la mujer, ¿no nos parecen familiares en otras esferas de la sociedad actual? En efecto, las mujeres son víctimas de discriminación, de todo aquello que se asocia con la desigualdad.

De ello también son víctimas los pueblos originarios (que en México se niegan a ser denominados con el vocablo “indígena” o “indios”). A esa lista habrá que agregar a las personas de edad avanzada, a los niños que por millones se ocupan en el mercado laboral, lo que les impide asistir a la escuela y los condena a una pobreza estructural, esa que se hereda de una generación a otra. La llamada comunidad LGBTT, no solamente se observa como víctima de discriminación, sino de marginación, rechazo social y de violencia fatal. La pobreza misma, va de la mano de la discriminación y hasta de la criminalización, pues se asocia pobreza con naturaleza criminal.

¿Cómo avanzar en la solución a la problemática descrita? Las respuestas deben derivar del análisis, del diagnóstico que defina las causas más profundas. En repetidas ocasiones se suele confundir causa con efecto o efecto con causa. Aquí se propone una definición más totalizadora, que abarque a todas las víctimas de una sociedad que enlaza estructura económica con instituciones, pero en donde el componente cultural-institucional se subordina a la economía. La concepción holística del problema, en este caso, conduce a una propuesta de soluciones también holísticas desde una perspectiva democrática. No se debe avanzar, ni es posible hacerlo en un frente sin descuidar los otros. Avanzar ahí solamente es comparable con quien intenta tapar mil pozos en la pared, quitando un dedo de uno para ponerlo en otro. Habrá que pensar en soluciones que no afecten los derechos humanos de cada persona en aras de una justicia más socializada. Esto es, que los derechos de unos no sacrifiquen los derechos de otros. Los derechos de muchos no deben sacrificar los derechos de cada persona, de cada individuo. Por eso, algunas propuestas tienen que ver con la posibilidad de un ingreso básico para los individuos, así como con el recorte gradual de la jornada laboral.

El siglo XXI parece plantarse al centro de la vida pública, como el siglo de los derechos humanos. Los derechos humanos “están de moda”. Una moda que no lo es tanto por el respeto que se muestra a los derechos fundamentales, sino porque ahora queda claro quienes los burlan descaradamente y quienes les rinden respeto. Los cambios que se registran en la “aldea global” que profetizó McLuhan permiten a todo mundo percatarse de acciones atentatorias contra los derechos humanos. De ahí la presencia de esa “moda”.

La igualdad es quizá una de las mayores manifestaciones de los derechos humanos, pues implica no discriminación sino inclusión, oportunidades iguales y acciones reivindicatorias. Una de las más grandes utopías es el de la igualdad. Parece meta inalcanzable, cuya expresión antinómica, la desigualdad, solamente se transforma, pero no se extingue, no se destruye. Una de las más potentes batallas, de cientos de años, de grandes épocas, es la lucha por la igualdad de hombres y mujeres. Igualdad que naturalmente no puede ser biológica, pues las diferencias son evidentes. No una igualdad fisiológica, pues las diferencias en ese sentido, esa contradicción resulta complementaria en la lógica evolutiva.

La igualdad que se proclama, la igualdad que se reclama y se promueve, es la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades, sin restricciones concebidas para excluir a las mujeres de algunos roles dentro de la sociedad. Igualdad que, tampoco debe excluir a los hombres de algunos roles que parecen destinados a las mujeres.

¿Acaso no nos resulta extraño ver que una mujer conduzca un camión blindado?, ¿no resulta extraño ver a un hombre tejiendo un punto de cruz?, ¿no resulta automáticamente irrisorio ver a una mujer en un taller mecánico en calidad de “mecánica”?, ¿no libera cierta hilaridad observar a un hombre oficiando de cosmetólogo? Todo ello deriva del uso de “clichés”, deriva de una cultura que divide las labores que se realizan en la sociedad con criterios sexistas.

Esa idea que atribuye habilidades o preferencias en función de los sexos, en la esfera laboral, es una herencia medieval y anterior. Algunas labores generalmente eran asignadas por convencionalismos, a las mujeres y otras a los hombres. Al “sexo débil” se le solían asignar tareas apropiadas a una persona con menos fuerza física, con menos capacidades para realizar tareas que exigían fuerza muscular, fuerza bruta. Por el contrario, al hombre se le asignaban las tareas más rudas, de mayor reclamo corporal. Así, al hombre se le asignaban tareas como la caza, la pesca, pero no la recolección, que se dejaba para las mujeres. El hombre podía enfrentarse a las bestias casi “de igual a igual”, pero las mujeres no podían hacerlo.

Hay un momento crucial en el que tales criterios dejan de ser aplicables. Las grandes transformaciones tecnológicas que se registran a mediados del siglo XVIII, en lo que a estas alturas resulta ser la Primera Revolución Industrial permiten a la mujer y a los menores de edad incorporarse con relativa facilidad a la esfera productiva. A esas transformaciones se refiere Marx en El Capital. Si esas transformaciones empiezan a incorporar a las mujeres y a los niños a la esfera laboral, no es resultado de una voluntad liberadora de la mujer, sino de la ambición por una mayor ganancia a partir de la reducción del componente salarial.

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