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lunes, febrero 9, 2026
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El costo de dormir junto al sol

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Dormir junto al sol tiene su precio y Julio Scherer Ibarra lo está pagando con la moneda más cara del mercado político: la del estigma. El próximo 11 de febrero, las librerías recibirán Ni venganza ni perdón, un volumen donde el exconsejero jurídico de la Presidencia se sacude el polvo de los tribunales para confesar lo que muchos sospechan y pocos declaran con tal crudeza. Escrito a cuatro manos con Jorge Fernández Menéndez, el texto es la radiografía de una fraternidad que se pudrió en las alcobas del Palacio, ahí donde el aire es ralo y la lealtad se mide con el termómetro del sometimiento absoluto.

Scherer Ibarra, el hombre que fue el brazo derecho, el oído atento y el arquitecto de los andamiajes legales del obradorismo al llega a Palacio, hoy escribe desde la cicatriz. Su testimonio es un recordatorio de que la cercanía con el mando supremo es un privilegio que suele mutar en condena. Forjó su relación con el Presidente en la dureza de la oposición, caminando el país cuando el presupuesto era un sueño y la victoria una quimera. Sin embargo, el ejercicio del poder posee una cualidad ácida: corroe los afectos más antiguos y los reemplaza con la paranoia de la intriga. El propio mandatario, en un arranque de honestidad brutal, le soltó la advertencia antes de su partida: “Cuando salgas del gobierno, irán contra ti”. Y la profecía se cumplió con la puntualidad de un verdugo.

Ahí se las dejo para que lo mastiquen: el sistema se devora a sus propios hijos cuando éstos pretenden conservar un gramo de autonomía. El libro retrata a una Fiscalía General de la República que operaba como un brutal garrote personal de Alejandro Gertz Manero. Lejos de la autonomía constitucional, la oficina de Gertz aparece como una fábrica de expedientes diseñada para triturar reputaciones y satisfacer vendettas privadas. Scherer documenta cómo el aparato estatal se volcó en su contra, utilizando filtraciones y ataques mediáticos para herir su entorno familiar. Es el uso de la justicia como un disfraz para la cacería política, donde el daño simbólico es el trofeo que se exhibía en las mañaneras.

La obra también pone el reflector sobre la fauna que habita en los pasillos de la radicalización. Esos personajes que pululan cerca del oído presidencial y que ven en la moderación una forma de traición. Para estos grupos, la inteligencia ajena es una afrenta y la salida de Scherer fue la oportunidad de oro para asaltar los espacios vacíos con el fervor de los conversos. La lealtad, en este ecosistema, es una mercancía que se paga con el silencio y la abyección; quien pretenda pensar por cuenta propia termina siendo un sospechoso habitual.

A lo largo de sus páginas, el autor nos lleva por los pasadizos de decisiones que marcaron el rumbo del país: el nacimiento de la Guardia Nacional, los jaloneos con la Suprema Corte bajo el mando de Arturo Zaldívar y el manejo de crisis tan oscuras como el caso del general Cienfuegos o el atentado contra Omar García Harfuch. Pero lo que cala hondo, lo que realmente punza, es el capítulo dedicado a Proceso y a la memoria de don Julio Scherer García. Hay una carga trágica en ver al hijo del periodista que desafió a todos los presidentes, siendo ahora el blanco de un sistema que él mismo ayudó a edificar. Es la lección eterna del poder: el trono siempre exige sacrificios, y a veces, la ofrenda es la propia dignidad.

Ni venganza ni perdón es la palabra que se levanta frente al dogma oficial. Scherer Ibarra apuesta por la memoria como un acto de resistencia, consciente de que en un país donde la historia se reescribe cada veinticuatro horas, dejar constancia es la única forma de no ser borrado por el capricho de los poderosos. El poder en México premia la sumisión y castiga la independencia; es una hoguera que calienta a los incondicionales y calcina a los amigos que se vuelven incómodos por saber demasiado. El 11 de febrero sabremos qué tan hondo llega el fuego, pero por ahora, la advertencia queda grabada: en la corte de la transformación, el sol siempre quema a quien se atreve a mirarlo de frente.

Ahí se las dejo.

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