
Ni incienso ni cirios ni promesas de vida eterna. Con canciones y poemas, otros sacerdotes y sacerdotisas aplaudieron a Miguel González Lomelí en su entrada de pie a la inmensidad de la muerte. “Gracias a la vida… me ha dado el sonido y el abecedario”, cantó Aidé al que con el abecedario enseñó y portó el fuego prometeico, que incendió la infancia de Ezequiel. “Pero la luz de mi sombra, le donó vida a lo inerte”, leyó Lourdes. Este miércoles, él, como la cigarra, se fue cantando al Sol, desde Jala, que lo alumbró y habitó por 86 años. Regresará en cenizas a sus tres hogares: la tumba de los padres, el cráter del volcán y el llano del maíz de sus amores. Esta vida lo mató tan mal, que seguirá ahí, cantando.



