
México fue un ejemplo mundial. El prestigio del país se cimentó en jornadas universales de vacunación que operaban como mecanismos de precisión, alcanzando niveles de cobertura que superaban a naciones con carteras mucho más robustas. Éramos la vanguardia de la medicina preventiva; una nación que entendía que la seguridad nacional empezaba en el brazo de un niño. Ese sistema, construido durante décadas por especialistas y técnicos que entendían de logística y no sólo de política, hoy está en ruinas. No se trata de una percepción; es la realidad que golpea en las salas de espera de los hospitales públicos donde el biológico simplemente no llega.
El obradorismo es el responsable directo del desastre en la medicina preventiva. Bajo el pretexto de combatir una corrupción que nunca terminaron de documentar con sentencias o expedientes sólidos, desmantelaron la estructura de salud pública hasta llevarla al deterioro más profundo de los últimos cincuenta años. Destruyeron lo que funcionaba sin tener un reemplazo operativo, dejando a la población a merced de la improvisación y el desabasto. El resultado es un sistema que ha retrocedido décadas en su capacidad de respuesta, obligando a las familias a buscar en el sector privado lo que el Estado tiene la obligación constitucional de proveer.
La gestión de la pandemia de COVID-19 exhibió la verdadera cara de esta administración. El uso de escapularios como método para “ahuyentar” al virus retrata la estatura de quien gobernaba y su desprecio por la evidencia científica. Fue un mensaje de oscurantismo que permeó en toda la estructura oficial, validando la ignorancia sobre la prevención técnica. El misticismo sustituyó a la epidemiología, mientras las cifras de exceso de mortalidad colocaban a México en los lugares más oscuros de las estadísticas globales, convirtiendo al país en un laboratorio de negligencia que costó cientos de miles de vidas que pudieron salvarse con una estrategia técnica y no política.
La actuación de Hugo López-Gatell fue el complemento necesario para esta tragedia institucional. Afirmar que el mandatario poseía una “fuerza moral” capaz de resistir el contagio es una de las declaraciones más preocupantes en la historia de la medicina mexicana. Cuando el encargado de la salud pública abdica de su formación científica para convertirse en un adulador del dogma político, la sociedad queda en la absoluta orfandad. La “fuerza moral” fue una ficción retórica para proteger la imagen de un hombre, pero fue una ficción que desarmó a la población frente a una amenaza biológica real. El costo de esa servidumbre política fue la pérdida de credibilidad en la institución que debía protegernos.
Hoy, la factura de esa negligencia llega con el rebrote del sarampión. En este 2026, México encabeza los contagios en el continente, una realidad que nos devuelve a escenarios que ya considerábamos extintos y superados. El regreso de esta enfermedad es la consecuencia directa del abandono de las grandes cruzadas de vacunación que distinguieron al país en el periodo neoliberal. Ese pasado, tan atacado en el discurso matutino, garantizaba los cuadros básicos que hoy son inexistentes en muchas regiones, incluyendo las zonas más alejadas, donde las madres de familia regresan a casa con el carnet vacío porque en el centro de salud “no hay sistema” o, peor aún, no hay vacunas.
El costo de ideologizar la salud ha sido criminal y los números no mienten. Mientras se destinaban recursos discrecionales a la operación política y se permitía que el presupuesto de la Coordinación en el Senado creciera un escandaloso 11,000%, los biológicos básicos sufrieron recortes y subejercicios que paralizaron la distribución nacional. Se dejó de vacunar para financiar la lealtad y la estructura electoral. Se cancelaron programas vitales simplemente porque llevaban el sello de administraciones anteriores, borrando de un plumazo el escudo protector de millones de mexicanos. Esa es la verdadera cara de la austeridad: quitarle la medicina al enfermo para alimentar la caja chica de la política.
El escenario actual es crítico y no admite matices. El sistema de salud no es gratuito ni es de primer mundo; es una estructura colapsada que se sostiene apenas por el sacrificio de un personal médico que trabaja sin insumos, sin equipo y bajo una presión constante. El abandono de la vacunación universal demuestra que este gobierno prefirió la propaganda a la prevención. El sarampión está de regreso porque se cambió la ciencia por el dogma, y las vacunas por el discurso de plaza pública. La salud de los mexicanos fue sacrificada en el altar de un proyecto político que hoy, frente a las epidemias emergentes, no tiene respuestas, solo excusas.
Ahí se las dejo.



