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miércoles, febrero 18, 2026
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Fe de erratas | Ceniza de vida

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El Miércoles de Ceniza suele manifestarse en Tepic con una paradoja visual que se percibe al recorrer los pasillos del Mercado Juan Escutia o las naves del Mercado de Abastos. Mientras las manos de las amas de casa seleccionan con rigor el camarón seco y los nopales más tiernos para la vigilia, el ambiente se satura de una urgencia que parece contradecir el espíritu de la fecha. Observé a hombres y mujeres apresurados, llenando bolsas con los ingredientes de la capirotada, como si la fe fuera un asunto de despensa y no de examen de conciencia. Esta obsesión por el menú de la Cuaresma es la primera errata que debemos corregir en nuestro diario vivir: hemos convertido un tiempo de sobriedad en un festival de gastronomía regional donde el sacrificio se queda en el paladar, pero rara vez llega al temperamento.

La señal que hoy portarán miles de nayaritas en la frente, ese rastro de carbón y olvido, corre el riesgo de volverse un accesorio de identidad social más que un recordatorio de nuestra finitud. Se lee en las crónicas de los antiguos desiertos que la ceniza era el lenguaje del que ha perdido todo y sólo le queda su verdad. Hoy, sin embargo, muchos la exhiben como un tatuaje de prestigio moral mientras caminan por la Avenida México, olvidando que ese polvo es el mismo que terminará por cubrir nuestras ambiciones, nuestros cargos públicos y nuestras rencillas vecinales. La ceniza es el gran ecualizador humano; nos dice que, debajo de la piel y de los títulos, todos somos arcilla que aspira a ser algo más que tierra acumulada, recordándonos aquella sentencia del Génesis que advierte: polvo eres, y al polvo volverás.

Llevar la mancha gris en el entrecejo carece de sentido si el corazón permanece insensible ante el dolor ajeno. Resulta curioso cómo nos disciplinamos para evitar la carne roja, pero no tenemos reparo en devorar la reputación del vecino con el chisme o en pisotear la dignidad del subordinado en la oficina. La verdadera abstinencia que requiere nuestra sociedad no se encuentra en el plato de lentejas, sino en el silencio ante la provocación y en la pausa antes de la ofensa. La fe de erratas de este miércoles comienza cuando admitimos que somos expertos en señalar las cenizas en el ojo ajeno, pero ciegos ante el incendio que consume nuestra propia casa por falta de perdón y exceso de soberbia. El profeta Isaías ya lo cuestionaba con una vigencia asombrosa para nuestro tiempo al preguntar si el ayuno que agrada a la divinidad es simplemente inclinar la cabeza como un junco o si, en realidad, se trata de romper las cadenas de la injusticia y compartir el pan con el hambriento.

Existe una sabiduría profunda en la tradición que nos invita a recordar nuestro origen humilde precisamente cuando nos sentimos más poderosos. En el trajín diario de nuestra ciudad, entre el ruido del transporte público y las prisas por llegar al trabajo, la pausa de este día debería servir para recalibrar nuestras prioridades. No es un día para la tristeza estética, lo es para la honestidad brutal. Admitir que somos polvo no nos deja en la derrota. Nos empuja a la libertad porque quien sabe que sus días están contados, deja de perder el tiempo en odios inútiles y empieza a invertir su vida en actos que sobrevivan a su propia muerte. La madurez espiritual radica en entender que nuestra existencia es, como se describe en las cartas de los primeros apóstoles, apenas una neblina que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece, lo cual debería impulsarnos a vivir con una urgencia de bondad.

Mañana el rastro de la ceniza habrá desaparecido de los rostros, lavada por el agua o el roce de la almohada, pero la corrección de nuestras erratas debe permanecer. El compromiso de este tiempo que inicia no es con el ayuno de comida, sino con el hambre de justicia y la sed de una paz que empiece en el comedor de nuestra propia casa. Que este miércoles sea el momento en que decidimos caminar con la ligereza de quien ha soltado el lastre del orgullo. Al final del día, lo que queda de nosotros es la huella de amor que dejamos en los demás antes de volver a la tierra. Solo así, la mancha en la frente deja de ser un rito hueco para convertirse en una brújula que nos orienta hacia una vida más coherente y humana.

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