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jueves, febrero 19, 2026
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La Curul de los Famosos

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¡Híjole, chato! Mire usted que uno aquí se pone a considerar, porque considerando es como uno llega a la consideración de que las cosas son como son, o a veces son exactamente lo que no deberían ser, pero ahí están siendo. Y es que fíjese usted en el enredo que se cargan allá en la Cámara de Diputados, que ya no sabe uno si los señores legisladores van a legislar de a de veras o si nomás están esperando que les griten “¡acción!” para empezar a actuar. Me refiero al flamante diputado de Morena, el señor Sergio Mayer, que decidió que la nación puede esperar sentadita, pero que el mitote de la televisión, ¡ah, caray!, ese sí que es de seguridad nacional.

Resulta y resalta, para que usted me entienda el detalle, que el señor Mayer pidió una licencia indefinida. ¡Ándele! Es como si el panadero le dice a los vecinos que ya no va a hacer pan porque se va a un concurso de ver quién aguanta más tiempo sin bañarse en una casa de cartón, pero que ahí les deja el horno prendido por si se les antoja una concha. El hombre se separa de sus funciones en San Lázaro para meterse a ese borlote llamado La Casa de los Famosos 6. O sea, que en lugar de estar sentado en su curul viendo cómo arregla los problemas de la gente que votó por él, va a estar encerrado viendo quién se acabó la leche en una cocina de mentiras.

Pero ahí no está el detalle, chato. El detalle es que el país no está para juegos de espejos ni para andar nominando a ver quién sale de la casa. Fíjese usted que el Congreso tiene en la mesa discusiones que nos van a cambiar la vida a todos, como la Reforma Electoral o el asunto tan doloroso del aumento de penas por feminicidio. Y mientras las papas queman y la gente pide justicia, uno de nuestros representantes decide que es mejor estar bajo los reflectores de un reality show que bajo la luz de la razón legislativa. Es una cosa verdaderamente asombrosa; es la política del espectáculo llevada al grado de que ya no se distingue la curul de la pasarela.

Y fíjese cómo se pone la cosa de a peso, porque la indignación social no es nomás un decir de la gente amargada, ¡qué va! Es un sentimiento de que nos están tomando el pelo con todo y peluca. La gente siente, y siente bien, que el voto popular no es un boleto de avión para irse a un set de grabación, sino un contrato de trabajo con el pueblo. Y no crea que esto nomás lo decimos nosotros aquí en la banqueta; allá adentro de su propio partido la lumbre ya les llegó a los aparejos. El señor Ricardo Monreal, que de esto de la grilla sabe más que un libro de texto, ya salió a decir que esto no está bien y que hay que revisar muy bien qué clase de perfiles van a postular para los comicios de 2027.

La verdad es que este suceso reabre un debate que ya teníamos guardado en el cajón de las decepciones: la “farándula política”. Porque fíjese usted, que para ser representante del pueblo se necesita compromiso de a de veras, se necesita estar ahí cuando los temas arden, no cuando la cámara se enciende para ver quién se pelea con quién por una almohada. El país demanda una agenda legislativa con sustento, con seriedad, y no un concurso de popularidad donde el que gana es el que mejor sabe llorar frente al micrófono o el que mejor se peina para el horario estelar.

Mire usted, chato, la realidad es monda y lironda. Uno puede pedir licencia para muchas cosas, pero pedir licencia de la decencia y del compromiso con el electorado es otra historia. El enredo de Mayer termina donde empieza la burla a los ciudadanos que confiaron en un proyecto y acabaron recibiendo un capítulo de chismes por entregas. Porque para enseñar a gobernar se necesita estudio, se necesita presencia, y esa, precisamente esa, es la gran ausente en este triste episodio donde el diputado prefirió ser “famoso” antes que ser representante.

Al final de cuentas, el show debe continuar, dicen los artistas, pero en la política, lo que debe continuar es el trabajo. No se puede estar en la misa y en la procesión, ni se puede estar en la curul y en la alberca del reality al mismo tiempo. El compromiso real no tiene horario estelar ni cortes comerciales.

Ahí, precisamente ahí… está el detalle.

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