
El uso de la motocicleta en Nayarit transitó de ser una solución de movilidad económica a convertirse en un ejercicio cotidiano de irresponsabilidad extrema. Lo que observamos hoy en nuestras avenidas es un estado de inconsciencia humana que desafía toda lógica de supervivencia. En las últimas horas, un video circuló con fuerza en redes sociales mostrando a un joven elevando su motocicleta sobre una sola llanta a velocidad considerable, sin casco y con una temeridad que hiela la sangre. Esta escena, grabada por testigos atónitos, retrata fielmente la tragedia que se cocina a fuego lento en cada semáforo de nuestra capital y que amenaza con arruinar múltiples vidas en un solo segundo de distracción.
El escenario de realizar acrobacias en la vía pública es catastrófico por definición. Un solo error, un bache mal calculado o un golpe contra la banqueta derivan en desenlaces fatales para el conductor y para los terceros que transitan inocentemente por la zona. La ciudadanía ignora la dimensión real de un accidente de esta naturaleza; estos eventos destruyen ecosistemas familiares completos. La ruta de recuperación para quien sobrevive es dolorosa, costosa y deja secuelas permanentes que borran cualquier proyecto de futuro. El daño trasciende al accidentado e impacta directamente en la estabilidad emocional y financiera de las familias, obligándolas a asumir cuidados y gastos hospitalarios que superan sus capacidades económicas.
Resulta imperativo analizar la situación de quien se ve involucrado en estos percances de forma involuntaria. La imprudencia de un motociclista lleva a un automovilista a enfrentar procesos legales, detenciones y un trauma psicológico de por vida. El impacto emocional de lastimar a otro ser humano es una carga pesada que acompaña a la persona de forma indefinida. En estos siniestros se arruinan dos núcleos familiares: el del joven que termina en el pavimento y el de quien iba al volante del vehículo involucrado. Es una cadena de desgracias que nace de un acto de soberbia sobre dos ruedas.
La responsabilidad parental es un factor crítico y alarmante en la actualidad. Existen padres de familia que entregan motocicletas a menores de 14 años sin proporcionarles entrenamiento básico ni explicarles el uso correcto de la unidad. Otorgar un vehículo de este tipo a un adolescente sin conciencia del peligro equivale a entregarle un arma cargada. A este panorama se suman los repartidores que zigzaguean entre carriles y rebasan por la derecha, violando sistemáticamente las normas de tránsito para cumplir tiempos de entrega. El desorden impera y la conducta suicida carece de límites en la vía pública.
La Secretaría de Movilidad señala a la motocicleta como el vehículo con mayor vinculación a accidentes viales a nivel mundial. Sin embargo, las campañas de concientización resultan insuficientes ante la realidad que impera en las calles. Hace apenas unas horas, se difundió otro registro gráfico donde un profesional del rescate captó a una persona transportando a un niño pequeño en la parte trasera de una moto. El menor se aferraba como podía para evitar caer al asfalto. Esta imagen confirma que el desprecio por la seguridad ha llegado a niveles intolerables, arriesgando lo más sagrado por una comodidad mal entendida.
El uso incorrecto de la motocicleta es una patología social que requiere intervención urgente. La aplicación de multas es insuficiente si no se acompaña de una reeducación profunda sobre el valor de la vida y el respeto al espacio común. La psicología del conductor que decide “levantar” su moto en una avenida principal refleja un desprecio total por su integridad y la ajena. Esta falta de dimensión del peligro llena las salas de urgencias y los centros de rehabilitación. La recuperación física es solo la superficie del problema; las cicatrices sociales y mentales que dejan estos siniestros son permanentes.
Como reportero que camina el territorio y observa el dolor en los escenarios de los siniestros, afirmo que ningún pretexto justifica poner en riesgo a un niño o realizar maniobras peligrosas. La movilidad es un derecho, pero el respeto a las normas es un deber ineludible que garantiza la paz social. Quienes hoy presumen destreza en una rueda son los mismos que mañana solicitarán apoyo para costear cirugías reconstructivas. La brecha entre la diversión irresponsable y la tragedia definitiva es tan delgada como la llanta que mantienen en el aire.
El llamado final es para las familias y los propios usuarios. La motocicleta es una herramienta de trabajo invaluable, pero su mal uso la transforma en una herramienta de muerte. Debemos actuar antes de que la estadística toque nuestra puerta; el casco es un elemento de vida y la calle es un espacio de tránsito, no un circo de acrobacias. Mi compromiso desde esta columna es exponer la inconsciencia con la esperanza de que los conductores decidan bajar la llanta y asegurar su equipo antes de encender el motor. La vida es un viaje que exige responsabilidad para garantizar el retorno a casa.



