El primer viernes de Cuaresma transforma el paisaje urbano de Tepic en un despliegue de aromas que compiten por la atención de los transeúntes. Al caminar cerca de las fondas del centro o recorrer las colonias, el olor a chile poblano tatemado, el dulzor de la miel de piloncillo de la capirotada y la frescura de los mariscos del mercado se imponen como la nueva prioridad colectiva. Esta movilización gastronómica revela una de las erratas más persistentes en nuestra vivencia espiritual: hemos sustituido la introspección por el refinamiento del menú, el paseo por la notalgia de los fogones de la infancia, del sazón de la abuela. Lo que nació como una invitación al despojo y a la sobriedad, hoy se manifiesta como una búsqueda meticulosa del mejor filete de pescado o la receta más opulenta de chiles rellenos de queso, vaciando el calendario de su carga trascendente para convertirlo en un tour culinario estacional.
Esta dinámica de consumo revela que nuestra sociedad es experta en cumplir la forma mientras ignora el fondo. La tradición judeocristiana sostiene que el ayuno posee valor únicamente cuando se traduce en una mayor disponibilidad para el servicio y la justicia. Sin embargo, hoy observamos una devoción técnica donde el individuo se siente en paz por evitar la carne roja, mientras satura su mesa con manjares que superan en costo y placer a cualquier comida ordinaria. El sentido de la Cuaresma radica en el entrenamiento de la voluntad, una suerte de auditoría interna sobre nuestras dependencias. La sabiduría de los profetas antiguos, registrada en el libro de Joel, convoca a rasgar el corazón y no los vestidos, una advertencia que hoy podríamos traducir como la necesidad de sacudir la conciencia antes que preocuparnos por el montaje del banquete cuaresmal.
Existe una parábola en la narrativa de las comunidades del desierto que ilustra con precisión nuestra confusión actual. Se cuenta de un caminante que, por evitar pisar las flores del sendero, terminó extraviándose en el bosque y olvidando su destino. Nosotros actuamos de forma similar al concentrar toda nuestra energía espiritual en el cumplimiento de una dieta específica, descuidando la calidad de nuestras relaciones y la integridad de nuestro trato diario. La Cuaresma funciona como una invitación a la pausa, a mirar de frente las erratas que cometemos en el tráfico de la Avenida Insurgentes, en las discusiones estériles por redes sociales o en la indiferencia ante el vecino que atraviesa una crisis. El verdadero sentido de este tiempo se encuentra en la capacidad de simplificar la vida para que lo esencial recupere su lugar.
La ética del “atrio” propone que la espiritualidad debe ser útil para la convivencia social de Nayarit. De nada sirve un estado que cambia sus hábitos alimenticios por cuarenta días si mantiene intactos sus hábitos de corrupción, de impuntualidad o de violencia verbal. La fe de erratas de este viernes consiste en reconocer que el pescado en el plato es irrelevante si el odio permanece en el pensamiento. La madurez de un ciudadano con fe se mide en su capacidad para ser coherente entre lo que cree y cómo actúa en el espacio público. Como se lee en las enseñanzas recogidas por el apóstol Santiago, la fe que carece de obras que la respalden es un cuerpo sin aliento, una estructura vacía que no transforma la realidad de quien la profesa ni de la comunidad que lo rodea.
Al terminar este primer viernes, las cocinas de Tepic quedarán limpias y el aroma de la capirotada será un recuerdo de la tarde. El desafío real comienza cuando el ritual termina. La corrección de nuestras vidas requiere un esfuerzo más profundo que la selección de ingredientes en el supermercado; demanda la valentía de mirar hacia adentro y decidir qué actitudes deben morir para que nazca una mejor versión de nosotros mismos. El tiempo que recorremos es una oportunidad de libertad, un espacio para soltar las amarras de la apariencia y abrazar la honestidad de quienes se saben necesitados de cambio. Que la mesa sea sencilla para que el espíritu tenga espacio de maniobra, y que la única marca que perdure al final de la jornada sea la de una amabilidad renovada y una justicia activa.



