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Reforma 10 | Más que una corrida: una prueba para la fiesta

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La corrida del próximo 8 de marzo en la Monumental de Don Antonio no es únicamente un evento taurino; es, en el contexto actual, un acto de afirmación cultural. Mientras en distintos puntos del país la tauromaquia enfrenta prohibiciones, restricciones administrativas y discursos políticos que buscan marginarla del espacio público, cada festejo se convierte en una declaración de supervivencia.

No es casualidad que la discusión sobre la fiesta brava ya no se dé solamente en el ruedo, sino en cabildos, congresos y redes sociales. El toreo se ha vuelto un tema políticamente rentable para ciertos sectores que prefieren el aplauso inmediato al análisis profundo de su dimensión histórica, económica y cultural.

En ese escenario, el cartel que encabeza el rejoneador navarro Guillermo Hermoso de Mendoza
adquiere un peso simbólico. Su presencia proyecta espectáculo y profesionalismo internacional. Pero el fondo del cartel está en la comparecencia de Alfredo Ríos “El Conde”, un torero cuya trayectoria no depende de tendencias, sino de años de oficio comprobado, incluyendo su confirmación en plazas de máxima exigencia como Las Ventas.

Ríos representa a una generación que se abrió paso sin subvenciones políticas ni campañas ideológicas. Su carrera se sostuvo en la competencia real, en la plaza dura y en la afición conocedora. Y eso, hoy, cobra un significado distinto: mientras el discurso público simplifica la tauromaquia a consignas, el oficio del torero recuerda que estamos ante una disciplina con reglas, técnica y una tradición centenaria.

El tercer espada, Paco Miramontes “Lagartijo”, se juega más que una tarde: se juega posicionamiento en una etapa donde cada oportunidad cuenta en un circuito cada vez más reducido.

Pero el reto no está sólo en el ruedo. Está también en la capacidad de las autoridades locales para garantizar condiciones de seguridad, orden y respeto a la legalidad. Defender la tauromaquia no implica imponerla; implica respetar el marco jurídico vigente y reconocer que miles de familias dependen directa o indirectamente de esta actividad.

En muchas regiones, la fiesta brava no sólo es tradición: es economía, empleo y turismo. Ignorar ese impacto por cálculo político resulta, cuando menos, irresponsable. La discusión debe ser seria, técnica y basada en datos, no en consignas emocionales.

La corrida en honor a Antonio Echevarría Domínguez pondrá a prueba algo más que la bravura del ganado. Pondrá a prueba la capacidad de la sociedad local para sostener sus tradiciones frente a la presión mediática y política.

Y en ese contexto, Alfredo Ríos no llega únicamente como torero veterano. Llega como símbolo de resistencia profesional: el oficio frente al ruido, la técnica frente a la consigna, la experiencia frente a la volatilidad del debate público.

El 8 de marzo no sólo se lidiarán toros. También se medirá la fortaleza de una tradición que, pese a todo, se niega a desaparecer.

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