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lunes, febrero 23, 2026
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Nacer con el grillete en la cuna

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Resulta que en este sábado de febrero, mientras usted anda viendo cómo estirar el gasto para que el pollo no parezca artículo de lujo en la mesa, los señores de las cifras nos han recetado una novedad de esas que quitan el sueño. Fíjese bien, vecino, que la próxima vez que cargue a su nieto recién nacido o vea a un chamaco correr por la banqueta, no sólo está viendo el futuro del país; está viendo a un pequeño deudor que ya le debe a los bancos una lana que ni en tres vidas va a terminar de juntar.

La nota principal de Meridiano de este sábado no anda con rodeos: cada mexicano, desde el que vive en las Bonaterra o Aves del Paraíso hasta el que se fleta la jornada en el surco, carga ya con una obligación de 151 mil pesucos por concepto de deuda pública. ¡Uta, qué chulada de herencia! Nos dicen que el saldo histórico de los financiamientos alcanzó la escalofriante cifra de 18.7 billones de pesos. Son tantos ceros que el cerebro se marea, y esa es precisamente la maña del poder: amontonar números para que usted se canse de contar y mejor se ponga a ver el futbol, mientras por debajo del agua le siguen hipotecando hasta la risa.

Hablemos al chile. Este bulto de deuda no cayó del cielo por mala suerte de los astros. Es el resultado de un gobierno que gasta como si el dinero brotara de las macetas, mientras los ingresos tributarios van a paso de tortuga y las aportaciones petroleras se desinflan más rápido que un globo en fiesta de pueblo. Para satisfacer sus “necesidades operativas”, esos señores de traje y corbata  guinda han decidido que lo más fácil es pedir prestado a cuenta de su lomo y del mío. Es la vieja técnica del “tarjetazo” institucional: hoy inauguramos la obra con bombo y platillo, y mañana que la paguen los que vienen, aunque no tengan ni para las medicinas básicas.

Lo que de verdad cala, lo que hace que la puerca tuerza el rabo, es ver cómo se reparte este pastel amargo. Los especialistas del CIEP aclaran que este indicador de deuda per cápita es una medida de la carga que arrastramos todos. En 2025 debíamos 149 mil pesos; hoy ya subimos a los 151 mil, y si no les ponen un alto a los que firman los cheques, para el 2031 cada uno de nosotros va a deber 159 mil pesos. Es una escalera al sótano de la cual nadie parece querer bajarse.

Pero póngale choya al asunto, valedor, que aquí es donde se ve de qué lado masca la iguana. Si convertimos esos 151 mil pesos en una obligación directa, el golpe no es parejo. Para una familia de las que apenas la libran, de esas del decil más bajo, pagar esa deuda equivaldría a entregar 3.8 años de todos sus ingresos. Imagínese nomás: casi cuatro años de trabajar sin comer, sin vestir y sin techo, sólo para pagarle a los acreedores del gobierno. En cambio, para los que viven en el pico de la pirámide, esa misma deuda se paga con apenas 1.2 meses de salario. Ahí está el “humanismo” de las estadísticas: la deuda es pública, pero la chinga es privada y siempre le toca más dura al que menos tiene.

Y no crea que la cosa va a mejorar por obra de un milagro. El estudio advierte que la transición demográfica nos tiene agarrados de los dedos. Cada vez hay menos gente activa trabajando y más personas demandando pensiones, salud y servicios. Es un embudo que se cierra: más gastos, menos recaudación y una deuda que sigue creciendo como bola de nieve en bajada. Las finanzas del país están bajo una presión persistente y los de arriba prefieren seguir recurriendo al financiamiento intenso antes que apretarse ellos el cinturón.

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