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jueves, febrero 26, 2026
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No estarán todos los que eran

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Mire usted, que si me permite la disertación, porque hablar de la democracia en estos tiempos es como querer explicarle a un gato por qué no debe comerse al canario: uno tiene la razón, pero el otro tiene el hambre. Resulta que la Presidenta Sheinbaum ha decidido avanzar con su reforma electoral tal como la pensó desde un principio. Y es que, ¿cómo le dijera yo para que me entienda? No es que la reforma sea una sugerencia, es casi una orden de esas que se dan con la mirada, dejando claro que quien no se suba al carrito del ahorro, se va a quedar a pie y señalado por la gente.

La cosa está en que la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, desmenuzó esta iniciativa que trae a los aliados del Partido Verde y del PT con un nudo en la garganta. Les quieren mochar una cuarta parte del dinero, o sea el 25 por ciento del financiamiento público, y eso, joven, duele más que un dolor de muela en domingo. Pero no sólo es la plata, es que en el Senado quieren que desaparezcan los plurinominales para dejar nomás 96 escaños: 64 de mayoría y 32 de primera minoría. Dice la autoridad que para que los que lleguen tengan el respaldo directo de la ciudadanía y no anden ahí nomás por la gracia de una lista que nadie votó.

Y fíjese usted qué curioso el detalle, porque la Cámara de Diputados se queda con sus 500 integrantes, pero les cambian las reglas del juego de una forma que ni Cantinflas en sus mejores tiempos hubiera enredado tanto. Ahora, de los 200 plurinominales, 97 serían para los candidatos que no ganaron pero que les fue menos peor, o sea, los “mejores resultados” de su partido. Otros 95 se asignan por votación directa y ocho para los paisanos que están en el extranjero. La idea suena muy democrática, que el que quiera curul que sude la gota gorda, pero para los partidos chiquitos esto es como pedirles que corran un maratón con botas de plomo; se sienten asfixiados porque su supervivencia política está en la tablita.

Pero ahí no acaba el corrido. El histórico Pablo Gómez, que de esto sabe más que un libro de texto, dice que ya llegó el momento de acabar con la “hipertrofia” de los organismos electorales. Y es que el INE va a ser de los más damnificados, porque le quieren quitar la facultad de elegir y remover a los consejeros de los estados, los famosos OPLEs, y meterle tijera a los sueldos y prestaciones de los jefazos. Se trata de que el INE solo tenga lo indispensable para organizar las votaciones y las consultas cuando haga falta, y no sea ese aparato gigante que gasta como si el dinero brotara de las macetas.

La propuesta también se mete con cosas modernas que a uno ya lo marean, como la regulación del uso de la inteligencia artificial en las campañas. Porque ahora resulta que con una computadora le inventan a uno palabras que no dijo y hasta bailes que no bailó. Y para rematar, quieren prohibir la reelección consecutiva en todos los cargos a partir de 2030, para que nadie se encariñe con la silla. Es una vuelta a los tiempos de don Francisco I. Madero, que decía que el que se queda mucho tiempo se vuelve costumbre, y las costumbres en política a veces salen muy caras.

Lo que es la política, que la mandataria ya les mandó un mensaje de esos que no necesitan traducción: “Hay límites para la negociación y tiene que haber eficacia política”. O sea, que si los aliados verdes y petistas se ponen flamencos porque sienten que los borran del mapa, la Presidenta está dispuesta a exhibirlos como defensores de los privilegios y las listas cerradas. Es un juego de vencidas donde la apuesta es el control total del Congreso y la reducción del costo de la democracia, que según dicen, nos sale en un ojo de la cara.

Al final de cuentas, el debate apenas empieza y la iniciativa se conocerá completita el próximo lunes cuando llegue a San Lázaro. Hay ventajas, claro que sí: ¿quién no quiere que los partidos gasten menos de nuestros impuestos? ¿Quién no quiere elegir directamente a quien lo representa? Pero la desventaja es que, si barremos parejo, nos podemos quedar sin las voces diferentes que equilibran el poder. Porque una cosa es limpiar la casa y otra es tumbar las paredes que sostienen el techo. Así está la cosa, joven, que entre el ahorro y la asfixia hay una rayita muy delgada, y en esa cuerda floja es donde van a andar caminando todos los políticos en las próximas semanas, tratando de no caerse mientras la gente mira desde abajo esperando que, por una vez, el beneficio sea para el pueblo y no nomás para el que reparte las cartas.

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