
Resulta que el silencio de este miércoles es de esos que pesan. El domingo se asestó un golpe a la cabeza del grupo que dictaba las reglas en buena parte del mapa. La noticia corrió rápido y el aplauso fue generalizado; la gente tiene una necesidad urgente de creer que el Estado todavía puede dar un manotazo en la mesa. Independientemente de la visión que se tenga de la Presidenta, los hechos cuentan con una aprobación mayoritaria. Se percibe una rectificación del rumbo, un intento por dejar atrás la política de brazos caídos que marcó el sexenio anterior. Pero el aplauso es un eco corto y lo que sigue es una jornada larga donde la victoria se mide por lo que ocurre en la banqueta, no en las conferencias de prensa.
La decapitación de una organización criminal de este tamaño genera un vacío que la naturaleza no admite, y mucho menos el narco. El remolino de violencia que se avecina es la respuesta lógica de una estructura que se siente acosada. La gestión de estas consecuencias directas representa el mayor desafío para el modelo de pacificación de Claudia Sheinbaum. El cártel, herido en su orgullo y en su mando, utiliza la psicosis social como su mejor arma de defensa. Más que una guerra abierta contra el ejército, buscan que la sociedad pida tregua a gritos a base de caos y desorden en los espacios comunes. Ésa es la trampa que el poder debe saber sortear sin dar un paso atrás.
Hablemos al chile sobre lo que significa pacificar un país bajo estas condiciones. La estrategia anterior, basada en la omisión y en evitar el conflicto a toda costa, permitió que las raíces del crimen se enterraran profundamente en el sistema. Cortar la planta desde arriba es sólo el inicio. El reto ahora consiste en evitar que la fragmentación del grupo se convierta en una plaga de pequeñas bandas, más violentas y menos predecibles, que terminen por devorar lo poco que queda de tranquilidad en los barrios. La gestión de lo que sigue requiere una inteligencia que vaya más allá del despliegue de tropas; se necesita una presencia que convenza al ciudadano de que el Estado ha regresado para quedarse, no sólo para tomarse la foto entre los cadáveres ajenos y propios.
El costo de imagen para la presidenta es elevado y el tiempo juega en su contra. En el calendario nacional hay una fecha que brilla con una luz incómoda: el Mundial de Futbol 2026. México es sede y el mundo entero tiene los ojos puestos en nosotros. La celebración normal de este evento depende enteramente de la capacidad del gobierno para contener el remolino se desató el domingo. Una vitrina internacional de este calibre no admite columnas de humo ni operativos en zonas turísticas. La paradoja es cruel: el golpe necesario para recuperar la soberanía interna es el mismo que pone en riesgo la imagen de estabilidad que se requiere para recibir a miles de visitantes. La presidenta camina por una cuerda floja donde un error de cálculo podría convertir el sueño deportivo en una pesadilla logística.
A este escenario interno hay que sumarle el ruido que llega desde el norte. El presidente estadounidense, conocido por su incontinencia verbal, ha encontrado en los sucesos de México el pretexto ideal para alimentar su retórica intervencionista. Tras los eventos en Venezuela y la captura de Maduro en enero, la Casa Blanca se siente con el derecho de dictar la agenda de seguridad regional. Las amenazas de actuar de forma unilateral bajo el argumento de proteger sus fronteras colocan a México en una posición defensiva. La gestión de la soberanía nacional se vuelve una tarea de equilibristas. Sheinbaum debe dar resultados inmediatos para acallar las voces que desde Washington piden drones y botas extranjeras, pero debe hacerlo sin parecer que está siguiendo las órdenes de un vecino que ya demostró que no tiene respeto por la diplomacia.
La violencia que se avecina tiene también un costo económico que no aparece en los presupuestos oficiales. La parálisis de ciertos corredores comerciales y el miedo que detiene la inversión local son facturas que pagamos todos los días. El “humanismo” que se pregona desde el púlpito oficial debe traducirse en protección real para el de a pie. Si el golpe del domingo no se acompaña de una estrategia para blindar la vida cotidiana, la captura será recordada como un trofeo de caza en una pared llena de agujeros. La gente quiere caminar por la calle sin que el remolino se los lleve de corbata.
La transición de la política de seguridad hacia una mano más firme es una apuesta de alto riesgo. Los reacomodos internos de los grupos criminales y los movimientos de sus competidores vislumbran enfrentamientos que pondrán a prueba la resistencia de las instituciones. El Estado debe demostrar que tiene el músculo para sostener esta presión sin quebrarse. La psicosis social se combate con presencia y con verdad, no con boletines que niegan la realidad para luego intentar afirmarla con medias tintas. La rectificación del rumbo era urgente, pero los platos rotos apenas están cayendo al suelo y la cuenta, como siempre, nos va a tocar pagarla a todos, con la cartera, con la tranquilidad y hasta con la vida.
Ahí se las dejo. Para que la próxima vez que escuchen hablar de victorias históricas, se pregunten si el sistema está listo para las réplicas del terremoto. Póngale choya al asunto, que la gestión de la paz no es un asunto de encuestas, sino de supervivencia. El golpe está dado, el remolino ha comenzado y lo que está en juego es nada menos que el futuro de un país que ya se cansó de vivir con el miedo atorado en la garganta. Pero deseamos, en verdad lo deseamos, que a la Presidenta le vaya bien. Y a nosotros también.





