La despedida de la capital mongola impone un cambio de ritmo en la agenda vaticana. Fazzini y Cercas abordan el avión oficial y toman asiento en la sección de los informadores internacionales. El bullicio domina el ambiente mientras los corresponsales deliberan sobre las preguntas de la próxima rueda de prensa. El novelista español ignora los debates de coyuntura y repasa su objetivo primordial. Su equipaje carece de cuestionarios sobre diplomacia o intrigas de palacio. El ensayista sólo acarrea una obsesión existencial y un teléfono con batería suficiente para registrar una confidencia de altura.
El vuelo de la aerolínea cruza los husos horarios del continente con destino a Roma. La retaguardia de la aeronave alberga una sala de prensa donde setenta corresponsales preparan sus crónicas. Cercas aguarda su turno de pie en el pasillo. El narrador intercepta al pontífice durante el paseo de rigor para saludar a los periodistas. El autor expone la devoción de su progenitora y reclama su atención para interrogarle sobre el dogma de la resurrección de la carne. El anciano atiende la petición y ordena a sus escoltas concederle una audiencia privada.
El escritor abandona el grupo de los reporteros y atraviesa las cortinas divisorias del avión. La cabina central funciona como un despacho de altura, documenta el libro en sus capítulos de desenlace. Cardenales y directivos de comunicación revisan documentos oficiales en las pantallas de sus ordenadores. Un guardaespaldas franquea el paso hacia el compartimento de proa, a escasos centímetros de la puerta de los pilotos. Francisco aguarda en una butaca y palmea una banqueta de tripulación instalada a su lado. El obispo de Roma invita al viajero a sentarse para cumplir su compromiso.
La entrevista arranca bajo el sonido persistente de los motores. Cercas enciende la cámara de su teléfono para filmar la charla y conseguir una grabación irrefutable de las garantías del clero. El interrogador cuestiona la vigencia de la promesa de la vida eterna. El líder católico asiente y defiende la actualidad del amparo de Dios. Bergoglio sostiene que el rescate de la divinidad opera como un fenómeno monumental y, al mismo tiempo, como un hecho de la cotidianidad. El intercambio de ideas se adentra en el corazón de la fe, lejos de la geopolítica y la diplomacia.
La base de la creencia rige la plática en las nubes. El pontífice afirma con certeza que “con la resurrección de Cristo se plantó la semilla de la resurrección de toda la humanidad”. El periodista remarca la dificultad de sostener una doctrina fundamentada en un suceso de rebeldía contra la biología. Francisco asume el misterio del texto sagrado y defiende su peso real en la existencia. Reivindica el triunfo de Dios sobre la muerte como el centro de la práctica de los feligreses. La eucaristía del domingo, argumenta el papa, sirve en esencia para recordar el portento de ese retorno a la vida.
El cronista formula la duda central de la expedición. Exige saber de manera directa si puede garantizarle a su madre viuda que volverá a encontrarse con su esposo en el más allá. La respuesta del jefe del Vaticano omite los matices de la teología. Cierra los ojos por un segundo y, al abrirlos frente a la cámara, pronuncia una sentencia de firmeza absoluta: “Con toda seguridad”. El pontífice repite la frase con una sonrisa serena. La declaración revalida el fundamento de la religión eludiendo los eufemismos y las metáforas.
El ensayista califica la afirmación pontificia como un escándalo para la razón de los contemporáneos. Bergoglio acepta el impacto del vaticinio y asume la magnitud del dogma. Asegura que el Creador llevará a todos los humanos a su lado, incluyendo en el destino final a los agnósticos y a los laicistas. El encuentro finaliza con la grabación de un recado de consuelo. Francisco alza la mano y dibuja una cruz en el aire para bendecir a la anciana. El visitante apaga el teléfono y cierra su libreta.
La confirmación del misterio remata la encomienda del viaje. El autor vuelve a su asiento en el área de prensa con la misión cumplida. Semanas después, en un restaurante de la campiña catalana, el narrador exhibe el video ante la mirada perpleja de la anciana, afectada ya por los estragos del Alzheimer. La viuda, tras vivir cincuenta años de matrimonio y presenciar la agonía de su cónyuge, asimila el mensaje de Roma como una garantía para su esperanza. La mujer observa el ademán papal y murmura una frase de desconcierto. “Con toda seguridad. Qué cosa, ¿verdad?”, repite.
El asombro del rostro materno detona una reflexión de peso sobre el sentido del cristianismo en la mente del protagonista. Cercas concluye en el epílogo que la fe en la vida eterna funciona como el máximo acto de insurrección humana contra la dictadura de la muerte y el duelo. La religión se revela en estas páginas finales como un rechazo contundente a la aniquilación y al olvido. El periplo al continente asiático ratifica la potencia del Evangelio, convertido en un asidero para quienes exigen vivir más allá del tiempo y de la tumba.
Cercas, J. (2025). El loco de Dios en el fin del mundo. Random House







