Debo iniciar este espacio con una honesta fe de erratas por mi ausencia en las últimas entregas de este tiempo de Cuaresma. Reconocer la propia fragilidad y la falta de constancia es el primer paso para hablar con la frente en alto desde el atrio; quien pretende guiar sin admitir sus tropiezos incurre en la soberbia de la perfección inexistente. Retomo el pulso de estas líneas justo cuando la vecindad con Jalisco nos devuelve una imagen cruda de nuestra vulnerabilidad. El estruendo de los operativos y los golpes a las estructuras del narcotráfico en el estado vecino han sembrado en Tepic y en todo Nayarit una sensación de inseguridad que se siente en las conversaciones de café y en el silencio de las carreteras.
Esta inquietud colectiva surge en un momento de contradicciones profundas, donde la mirada social está puesta en la logística de las vacaciones y en la lejana pero brillante expectativa del Mundial. Existe una desconexión evidente entre la realidad de la crisis regional y nuestra urgencia por el entretenimiento. Nos desvive planear el escape perfecto hacia la costa o el acceso a la gran fiesta deportiva, mientras ignoramos que la seguridad es un tejido que se rompe cuando la indiferencia se vuelve la norma. La errata que cometemos consiste en creer que la paz es un producto que el Estado debe entregarnos empaquetado, sin entender que la violencia externa es el reflejo de una descomposición que aceptamos en lo privado.
El registro de los antiguos profetas, particularmente en las visiones de Ezequiel, advierte sobre la futilidad de construir muros de lodo y cubrirlos con cal para ocultar las grietas. Nosotros actuamos de forma similar al intentar tapar la crisis de valores con eventos masivos y distracciones mediáticas. La Cuaresma nos invita a una reflexión más profunda que el simple miedo al entorno; nos exige examinar qué tanto hemos contribuido a la cultura de la ilegalidad con nuestras pequeñas omisiones diarias. La inseguridad se nutre de la falta de cohesión comunitaria y de la pérdida de la compasión, factores que ningún despliegue de fuerza puede restaurar por sí solo.
La sabiduría del Maestro de Galilea ofrece una guía contundente a través de la parábola de los dos constructores. Aquel que edificó sobre la arena vio su casa caer ante la primera tormenta, mientras que el que profundizó hasta la roca permaneció firme. Nuestra sociedad parece haber construido su sensación de bienestar sobre la arena del consumo y el espectáculo. Ahora que los vientos del conflicto nacional-regional soplan con fuerza desde la frontera sur de nuestro estado, descubrimos que los cimientos de nuestra tranquilidad son delgados, muy delgados. La paz auténtica requiere una cimentación ética que soporte las sacudidas del entorno, una roca de integridad que se pica día tras día en el cumplimiento del deber y el respeto al prójimo.
Resulta necesario desviar la atención de los titulares de violencia para enfocarla en la reconstrucción del hogar. La crisis de seguridad nos revela que hemos descuidado la formación de las conciencias y el fortalecimiento de la familia como núcleo de resistencia civil. El miedo que sentimos hoy ante el avance de la criminalidad debe transformarse en una urgencia de justicia y en un compromiso por sanar las heridas sociales que permiten que el mal prospere. La fe de erratas de este viernes nos pide admitir que somos una sociedad que prefiere ignorar la tormenta mientras el televisor esté encendido, una actitud que sólo acelera el colapso de nuestras instituciones y de nuestra convivencia.
La Cuaresma constituye el tiempo ideal para realizar esta auditoría del espíritu. Se lee en la tradición judeocristiana que el desierto es el lugar donde se caen las máscaras y queda lo esencial. En este momento de incertidumbre para la región, el desierto nos alcanza en la forma de una crisis que obliga a preguntarnos qué tipo de ciudadanos estamos formando. El verdadero descanso de las vacaciones y la alegría del deporte tienen sentido si existe una base de paz real y duradera. No es suficiente con desear que el conflicto no cruce nuestras fronteras; es indispensable trabajar para que la violencia no encuentre tierra fértil en nuestros corazones ni en nuestras calles.
Al cerrar esta jornada, la invitación desde el atrio es a recuperar la vigilancia interna. La seguridad que tanto anhelamos se construye en la honestidad de los negocios, en la educación de los hijos y en la solidaridad con el que sufre. La mancha de la ceniza que recibimos hace semanas nos recordaba nuestra finitud, pero también nuestra capacidad de transformación. Que la preocupación por el entorno nos impulse a una acción coherente y valiente dentro de nuestra propia esfera de influencia. Sólo así podremos aspirar a una paz que supere el ruido de las balas y la fragilidad de nuestras distracciones, convirtiéndonos en artesanos de un país que sepa proteger su esperanza.







