
El Nobel parece algo podrido, manipulado en extremo. Lo ocurrido con Corina Machado arrastró por el lodo el galardón. No se había registrado un caso así, por lo menos en la historia del Nobel. Solamente encuentro un dato: Knut Hamsun, laureado con el Nobel de Literatura (1920) entregó su medalla a Joseph Goebbels en 1943. Por eso esta reflexión, que no pone en duda el genio de Bob Dylan, sino la genialidad de otros grandes creadores antes que él (¿Beethoven habría sido merecedor del Nobel?). Un autor de lengua inglesa, reconocido por su contribución a la música, no tanto a la literatura, ha sido reconocido con el Premio Nobel. Es Bob Dylan. Le ha dado la vuelta al sol más de 84 veces. Fue un ícono durante los años sesenta y setenta. Luego transitó a una etapa muy diferente en la que se adaptó a las nuevas circunstancias, sin oficializarse. No ha dejado de ver el mundo de forma crítica.
Sueña extraño que haya obtenido el Premio Nobel de Literatura. Suena como si al Diablo se le beatificase. Por lo menos creo que así lo verían quienes no percibían o lo perciben como comunista, como izquierdista o al menos, liberal. Suena raro, incluso, en la lógica de los reconocimientos que se hacen a los creadores de literatura. Suena tan raro como el hecho de que a Borges no se le haya reconocido con ese galardón. Suena raro como el hecho de que haya demasiados nombres rondando por el limbo, sin haber logrado ese reconocimiento. Parece extraño, (aunque no lo sea, en realidad), que figuras como Kafka, Kundera, Pound, Asimov, entre tantos otros literatos, no hayan sido reconocidos con tamaño galardón.
Lo que ha decidido la Academia sueca en el caso de Bob Dylan creo que no tiene precedente. En el caso de otros reconocimientos de tanta valía si hay casos que se pueden citar. Uno de ellos es el de Leonard Cohen (fallece en 2016), que en el 2011 fue reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. No solamente es un caso en el que la creación literaria se coloca en el mismo plano en cuanto a su calidad, que el componente musical. Un excelente ejemplo de esa potencia expresiva, de ideas, es la que se despliega en “The Future” (“El antiguo código occidental/ saltará en pedazos./ De pronto, estallará tu vida privada./ Habrás fantasmas,/ habrá fuegos en la carretera,/ y el hombre blanco bailando./ Verás a tu mujer colgada boja abajo,/ su vestido cubriéndole el rostro,/ y todos los miserables poetuchos/ aparecerán,/ intentando sonar a Charlie Manson”).
No es solamente la letra de Bob Dylan la que resulta reconocida con el Nobel. Creo que es todo un movimiento, toda una posibilidad, la que resulta reconocida con este gesto. Mal se haría suponiendo que figuras como el Jethro Tull (“Feeling alone/ The army’s up the road/ Salvation a la mode and a cup of tea” nos dice Ian Anderson en el clásico “Aqualung”), Joni Mitchel, Bob Marley, Cat Stevens (¿o Yusuf Islam?), The Kinks, Grateful Dead, The Who, Joe MacDonald (The Fish), la Janis, Sex Pistols, y en fin, una enorme cauda que parece interminable. Incluso algunos grupos como Pink Floyd, The Animals, o “sencillamente” los Bee Gees han producido excelentes letras. En este último caso, ha sido tal la influencia de la letra de sus obras que se han desarrollado versiones en otras expresiones de la música. De ahí que haya versiones de “To love somebody”, realizadas por Nina Simone, Eric Burdon, The Flying Burrito Brothers, entre muchos otros: “There’s a light/ A certain kind of light/ That never shone on me”. ¿No es esa lista interminable merecedora de ese reconocimiento que se le ha negado a decenas si no cientos de figuras verdaderamente geniales? ¿Qué opinó Bob Dylan por el premio recibido?
¿No merece ser reconocida la letra de otros grandes autores? La lista es casi interminable: Led Zeppelin (y su “Escalera al cielo” con una de las mejores voces del mundo, la de Robert Plant), Queen (con su “Rapsodia bohemia” o “Somebody to love” en otra de las mejores voces del rock, Freddie Mercury) o la potencia expresiva y creativa de Jim Morrison de The Doors. Naturalmente que ahí están “Sus Satánicas Majestades” o Jefferson Airplane. No acaba esa lista. No decrece tampoco en calidad. Son parte de todo un vasto universo alterno que ha hecho inseparable la literatura de la expresión musical.
Por su parte, Dylan sin duda merece ese reconocimiento. Absoluta, definitiva y totalmente, lo merece. Cierto, pues obras como “Hurricane”, una especie de “corrido” folk-gringo, relatan actos de injusticia derivados de la discriminación contra los negros en Estados Unidos. Así lo expresa y lo hace bien, lejos de un discurso propio de un mitin. Y hablando de “corridos” folk-gringos, habría que mencionar el caso de “Romance in Durango” («Desire», 1980), en el que Bob Dylan relata una breve historia que nos remonta al caso de la esposa de William S. Burroughs asesinada por él mismo.
Es imposible desligar a Bob Dylan de “Like a rolling stone”, de “Blowin’ en the wind”. Y de “Tocando a las puertas del cielo” (Knockin’ on heaven’s door, pues). Esta última obra de Bob Dylan es una expresión delirante, (Mama, take this badge off of me/ I can’t use it anymore./ It’s gettin’ dark, too dark for me to see/ I feel like I’m knockin’ on heaven’s door”); el delirio que refleja un himno, como una manifestación de extrema entrega a un sentimiento profundo, quizá de angustia, de desesperanza, que podría traducirse al lenguaje visual en “El grito”, de Munch.
Bob Dylan es apenas una estrella de esa constelación de personajes que debieron romper moldes, que fueron condenados por hacerlos. Que fueron condenados a las llamas eternas del tártaro hasta por quienes se dedicaban afanosamente a destruir ídolos, a la noble tarea de la corte iconoclasta. En 1978 Bob Dylan lanza “Street Legal”, que desató en algunos de nosotros una simpatía y antipatía que se manifestaba en una pugnacidad entre las ideas y los sentidos.
Existe una lectura social, política, de la obra de Bob Dylan. No se muestra ajeno a lo que ocurre en el mundo. No hace arte puro. Hace arte comprometido, a la vez elevado a la potencia artística y alejado de un simple afán subversivo cortoplacista. Hay otra historia en la obra de Bob Dylan y es la cultural, asociada con la negritud norteamericana.
El Bob Dylan del Nobel es apenas una pequeña muestra de la genialidad de quienes han dado sentido y dirección a una nueva época, a un nuevo momento de la historia. El signo que marca esa etapa de la historia es la de la iconoclasia, la de la multiplicidad cultural. Por eso Bob Dylan apenas podría considerarse un receptor de un pequeño, breve tributo a la obra monumental de cientos de otros creadores, constructores de la sociedad actual, que han abierto los cauces para que la diversidad cultural se entienda, se acepte y se convierta en parte del paisaje, en parte de la lógica de los tiempos que vienen.
No creo que Bob Dylan, al modo de Pasternak, sea obligado a rechazar ese reconocimiento. Tampoco es de esperar que lo rechace en los términos de Sartre. Nada mal que el Nobel haya sido entregado a Bob Dylan. Queda la deuda impagable en el caso de Borges. Quedan deudas impagables, desde siempre, con la enorme constelación de creadores de los nuevos mundos. Es demasiado el genio y poco el Nobel.







