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jueves, marzo 12, 2026
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El día que la aplanadora se quedó sin gasolina

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¡Híjole, chato! Mire usted que uno amanece con la idea de que la vida es una sola y los votos son muchos, pero fíjese bien en el detalle, porque en San Lázaro la existencia se nos puso muy cuadriculada, y no es porque uno no quiera, sino porque queriendo no se pudo, y pudiendo pues resulta que ya no se quiso. Resulta y resalta, para que usted me entienda la magnitud del mitote parlamentario de este miércoles, que la gran reforma electoral de la jefa Sheinbaum se nos quedó vestida y alborotada en la puerta del templo constitucional. Y no es que yo diga que una cosa sea la otra, sino que la otra cosa es precisamente lo que no dejó que la primera fuera lo que tenía que ser, ¿me explico? O sea, que la aritmética parlamentaria no dio el ancho y el tablero electrónico se puso más rojo que un jitomate en plena zafra.

Fíjese usted que en la vida pública la coherencia es como el pan: si no tiene sal, no sabe a nada, y si tiene mucha, pues ya se nos amargó el desayuno. Y ahí tiene usted al señor Ricardo Monreal, que andaba de aquí para allá, cruzando el salón de sesiones como si fuera el pasillo de su casa, instalándose con los panistas y priistas para ver si pescaba un alma caritativa que le prestara un voto. Pero nada, chato, que la oposición ya traía sus pancartas de “Ley Maduro” y “No a la Dictadura”, gritando que la Constitución no es un cuadernillo para andar escribiendo frustraciones personales. Al final del día, los 259 votos de Morena no sirvieron de mucho frente a los 234 que dijeron que por ahí no pasaban, dejándonos en una orfandad de mayoría calificada que ya ni con incienso se arregla.

Pero ahí no está el detalle, chato. El detalle es que el “fuego amigo” quema más que el sol de mediodía en La Cantera. Resulta que los aliados, esos que dicen estar al 100 por ciento con la Presidenta y al 200 con el pueblo con el pueblo, pues resulta que al 25 por ciento del recorte de sus prerrogativas dijeron que siempre no, que la democracia es muy bonita pero que el bolsillo no se toca. Don Reginaldo Sandoval, del PT, se subió a la tribuna muy solemne a decir que ellos siempre han estado en contra del partido único y que prefieren la pluralidad. ¡Ándele! Es como si el compadre le ayuda a construir la barda pero cuando le dicen que hay que pintar la fachada pues dice que él prefiere el color natural de la piedra para que se vea “plural”.

Y qué me dice usted de Carlos Puente, del Verde, que también se nos puso flamenco alegando que para hacer política hay que saber ceder. Dijo que ellos apoyan el proyecto, pero que los tiempos en radio y televisión y el dinero de los partidos se deben repartir de forma igualitaria, no vaya a ser que los de Morena se queden con todo el aire y ellos se queden nomás con el suspiro. El detalle es que ese suspiro de los aliados fue el que le quitó el oxígeno a la reforma constitucional, demostrando que la lealtad se acaba en cuanto se acaba el presupuesto ordinario.

La cosa se puso rasposa cuando el PAN, con Elías Lixa, le gritó a la Presidenta que rompiera el pacto con la “narcopolítica”, alegando que la reforma no resolvía el problema del crimen organizado en las elecciones. Y don Monreal, que no se queda callado ni debajo del agua, le reviró que ese pacto se sepultó con García Luna. ¡Válgame Dios! Es un desfile de trapitos al sol que no deja títere con cabeza. Mientras tanto, Ivonne Ortega, de MC, decía que la propuesta olía a “tufo antidemocrático” y que alteraba las reglas del juego para favorecer a la mayoría. Entre la “Ley Maduro” de unos y el “Plan B” de los otros, la pobre democracia mexicana se nos quedó ahí, como observadora de un drama donde los actores principales se pelean por el proscenio pero nadie quiere pagar la entrada.

Y fíjese cómo es la vida, chato, que mientras en el Congreso se daban hasta con la cubeta, la Presidenta salió en su mañanera muy satisfecha, diciendo que ella ya cumplió con su compromiso de campaña y que ahora la gente juzgará a los legisladores por su voto. “Si no se aprueba, no se aprobó”, soltó con una tranquilidad que ya la quisiera un santo de bulto, mientras don Monreal ya andaba sacando las letras de la B de su abecedario para empezar a construir el Plan B de leyes secundarias donde no ocupen la mayoría calificada. Es como si el doctor le dice que la operación de corazón abierto falló, pero que no se preocupe, que ahí tiene una aspirina para que de perdida no le duela la cabeza.

La verdad es que ver este sainete le da a uno la misma “náusea” que describía don Max Kaiser cuando hablaba de esos libros que son un engaño monumental y un pedazo de… bueno, usted ya sabe. Porque fíjese que nos quieren ahorrar unos pesotes en el INE pero nos recetan un drama de millones en la Cámara, donde la simulación parece ser la regla y el diálogo es nomás un discurso de tribuna para que no se diga que no se intentó. La encuesta de Enkoll dice que ocho de cada diez mexicanos querían menos sueldos y más supervisión del dinero en las campañas, pero parece que en San Lázaro los que mandan son los otros dos que prefieren quedarse con su curul y su plurinominal sin que nadie los moleste con eso de ir a pedir el voto.

Al final de cuentas, la realidad es monda y lironda: el tiempo de los ciudadanos es muy valioso para sacrificarlo en una narrativa que prefiere el chisme político sobre la rendición de cuentas. El enredo de la reforma electoral termina donde empieza la cordura del que sabe que, sin consenso, la soberanía se nos vuelve pausa y la técnica se nos vuelve pretexto. Habrá que ver si el Plan B trae de perdida un poquito de la ciencia que nos prometieron, o si seguiremos viendo a los partidos defendiendo sus negocios particulares a cambio de la supervivencia de sus siglas.

Ahí, precisamente ahí… está el detalle.

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