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A seis años del puente que nos cambió

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El 20 de marzo de 2020 la rutina se rompió en el estado

La primavera llegaba, los hoteles esperaban turistas y el país se preparaba para un puente largo por el natalicio de Benito Juárez. Pero ese viernes no trajo vacaciones. Trajo un virus.

Ese día el gobierno estatal confirmó el primer caso de Covid-19: una mujer que había regresado de España y que fue aislada tras presentar síntomas.

Hasta entonces la pandemia parecía un problema lejano, algo que ocurría en Wuhan, en Italia o en Madrid. A partir de ese momento dejó de ser noticia internacional.
 Se volvió historia local.

El entonces gobernador Antonio Echevarría García lo anunció en redes sociales con un mensaje breve, casi improvisado, que marcó el inicio de una etapa que nadie entendía todavía: el virus ya estaba en Tepic.

La paciente había regresado de España días antes. Al presentar síntomas se comunicó con las autoridades sanitarias y fue aislada mientras se confirmaba el diagnóstico. En ese momento el caso parecía importado y controlable. Un contagio que, en teoría, había llegado en avión. Pero la historia de la pandemia enseñó muy rápido que los virus no respetan teorías ni fronteras.

En marzo de 2020 la palabra pandemia todavía sonaba lejana. El brote había comenzado meses antes en Wuhan, en China, y para entonces el virus ya recorría Europa y América. La Organización Mundial de la Salud había declarado la pandemia apenas unos días antes, el 11 de marzo.

Nayarit todavía estaba en la fase de incredulidad colectiva, el virus existía, pero parecía ajeno, duró poco.

En cuestión de días comenzaron a aparecer nuevos casos. Los primeros eran viajeros que habían estado en Europa o Estados Unidos, pero pronto apareció algo más inquietante, contagios comunitarios.

Ese fue el verdadero punto de inflexión.

El 23 de marzo de 2020 el gobierno federal lanzó la Jornada Nacional de Sana Distancia, un programa que transformó la vida cotidiana del país.

De repente, todo cerró.

Las calles de Tepic quedaron solas, las escuelas vacías, los negocios bajaron las cortinas.
 Los restaurantes sobrevivieron con puertas a medio abrir y para llevar.
 Las playas de Bahía de Banderas y otros destinos turísticos fueron cerradas como medida sanitaria.

Por primera vez en décadas, Semana Santa en Nayarit se vivió sin turistas.

La pandemia no solo se llevó la rutina, también golpeó el motor económico del estado. Hoteles, restaurantes y pequeños comercios entraron en pausa. Algunos sobrevivieron reinventándose con ventas por internet o entregas a domicilio. Otros simplemente desaparecieron.

La tragedia dejó de ser abstracta el 30 de marzo de 2020, cuando se confirmó el primer fallecimiento por Covid-19 en Nayarit.

La víctima fue una mujer de 79 años, originaria de Acaponeta, que padecía enfermedades crónicas. Había sido trasladada al hospital del IMSS en Santiago Ixcuintla, donde su estado de salud se agravó.

Ese día la pandemia dejó de ser una estadística y se convirtió en duelo.

Entre 2020 y 2022 Nayarit vivió varias oleadas de contagios. Los hospitales entraron en momentos de presión extrema y la palabra saturación se volvió habitual en los reportes sanitarios.

Las variantes del virus fueron marcando cada etapa. La más agresiva fue la variante Delta, que en 2021 disparó los contagios en todo México.

La vacunación iniciada en el país a finales de 2020 fue la herramienta que cambió el rumbo de la pandemia. Aun así, el virus siguió circulando durante años, mutando y reapareciendo en olas cada vez menos letales.

A cinco años del primer contagio, Nayarit había acumulado más de 76 mil casos confirmados y al menos 3 mil 274 muertes relacionadas con Covid-19.

Detrás de cada número hay una historia, hay médicos agotados, familias separadas, negocios que nunca volvieron a abrir.

La pandemia no solo dejó muertos. También dejó cicatrices económicas, educativas y sociales que todavía se sienten.

Hoy, en 2026, seis años después de aquel anuncio en redes sociales, el paisaje es distinto.
 Sí, todo volvió a la “normalidad”, conciertos, playas, risas en la calle. Pero ciertas cosas nos trajeron de vuelta esos “recuerdos de Vietnam”.

La palabra pandemia volvió a sonar fuerte por el sarampión. Desde 2025 el país enfrenta un brote que ya suma más de 11 mil casos confirmados y decenas de muertes, obligando a las autoridades a reactivar campañas de vacunación y vigilancia epidemiológica.

Y las calles también se vaciaron otra vez. Pero esta vez no fue un virus.

Fue el abatimiento de un alto capo de la mafia que inició todo, los bloqueos carreteros y los vehículos incendiados que paralizaron ciudades enteras y obligaron a miles de personas a encerrarse nuevamente en sus casas. Durante horas, carreteras cerradas, transporte detenido y un miedo que volvió a recorrer las calles como un viejo huésped.

Una escena que muchos no habían vuelto a ver desde los días más duros del Covid.

Pero la vida siguió.

Los conciertos regresaron. Las playas recuperaron el bullicio. Los restaurantes volvieron a llenarse.

El cubrebocas desapareció de la mayoría de los rostros, aunque la memoria colectiva todavía recuerda demasiado bien lo que significa vivir con miedo a respirar cerca de alguien.

Porque la pandemia no fue solo una crisis sanitaria.

Fue una experiencia colectiva que alteró la forma de trabajar, estudiar, convivir y entender la fragilidad de la vida cotidiana.

El virus obligó al mundo a detenerse. Y, por un momento, dejó claro algo incómodo, incluso las sociedades modernas pueden quedar paralizadas por algo microscópico.

Nayarit sobrevivió a esa pausa. Pero seis años después queda una lección difícil de ignorar.

El virus ya no domina las noticias, las calles volvieron a llenarse y la vida parece seguir su curso.

Sin embargo, basta una enfermedad, un brote o una noche de violencia para recordarnos lo mismo que aprendimos en 2020, la normalidad siempre fue más frágil de lo que creíamos.

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