San Blas no siempre fue este lugar calmado donde vamos a comer pescado zarandeado o para ir ver a Niurka en el carnaval… no, señor. Hubo una época en la que este puerto no dormía, pero no por los borrachines en Semana Santa, sino por negocios, ¡business! Pues San Blas fue uno de los puertos más importantes de México.
Todo comenzó con Nuño de Guzmán, que llegó, vio el lugar… y dijo: “aquí hay potencial…” Y así, a mediados del siglo XVIII, lo convirtió en puerto de guerra.
Al principio era nomás un astillero donde arreglaban y construían barcos, todo “tranquis”, algo sencillito, perooo luego eso creció y creció hasta volverse un verdadero arsenal; o sea, pasó de “tallercito” a un taller donde “se movía el poder belicón”.
Luego llegó la guerra de Independencia, la cual le vino a beneficiar; mientras Acapulco estaba cerrado por Morelos y los insurgentes, San Blas floreció como nuevo centro de comercio internacional, un lugar donde todo mundo quería entrar, comprar, vender y presumir que andaba bien conectado, ¡algo así como cuando se inauguró Fórum en Tepic!
Por este puerto entraban mercancías de Europa, de América del Sur, del Oriente, y salían productos locales rumbo a Sinaloa, Sonora y la Alta California; era un ir y venir de barcos, mercancías exóticas, culturas, idiomas, un lugar donde escuchabas más lenguas que en una reunión de alguna secta religiosa.
En 1823, los ingleses abrieron un consulado en San Blas, ¡imagínense! Todo un reconocimiento internacional, bueno, “reconocimiento” entre comillas, porque en realidad andaban cuidando sus millones. Literal, su misión era vigilar esas remesas de dinero que iban y venían como si fueran tortillas recién hechas; es decir, no era amor al puerto… era amor al negocio.
Para que se den una idea del nivel al que estaba San Blas, en 1840 entraron 27 barcos extranjeros: 11 ingleses, 5 norteamericanos, 4 franceses, 3 ecuatorianos, 2 peruanos, 2 chilenos y 5 mexicanos.
Durante 50 años, este lugar fue de los puertos más importantes de México; aquí se movía “lana” y seguramente uno que otro negocio medio turbio, porque, pues, todos somos humanos imperfectos.
Sin embargo, como toda buena fiesta, nada dura para siempre, se termina, se prenden las luces y te das cuenta de que ya no queda ni música, ni gente, y tú ahí, con el plato en la mano, pensando: “¿en qué momento se fue todo?” Así, exactamente así… le pasó a San Blas, pero como dijera mamá Goya: “esa es otra historia”.
Fuente: Nayarit. Magia en la Sierra, riqueza en los Valles. Monografía Estatal. Secretaría de Educación Pública, 1993.







