El Viernes de Dolores en Tepic hace mucho dejó de ser el epicentro de un recogimiento profundo para convertirse en el preámbulo ruidoso de un éxodo vacacional. Recorrer mañana las calles de nuestra ciudad es tropezar con la ausencia de una estética que alguna vez definió la identidad de los hogares más tradicionales: el Altar de Dolores. Aquella instalación doméstica, donde las familias colocaban esferas de vidrio con aguas de colores, naranjas con láminas de oro y macetas de trigo germinado en la oscuridad, ha pasado a ser una reliquia de la memoria o una mención en libros de historia local. Esta tradición constituye la errata del olvido; hemos canjeado la riqueza del simbolismo propio por la homogeneidad de un asueto que no distingue entre lo sagrado y lo profano, perdiendo en el camino la capacidad de observar el dolor con respeto y elegancia.
La desaparición de estos altares no representa un hecho meramente folclórico, sino un síntoma de nuestra dificultad para lidiar con el sufrimiento ajeno. El agua de chía o arrayán que se repartía en los hogares simbolizaba las lágrimas ante la tragedia, un recordatorio de que la pena compartida se vuelve consuelo social. Al eliminar estos espacios de reflexión visual de nuestras casas, hemos levantado muros de indiferencia. Preferimos el brillo del sol en las costas del estado porque la oscuridad del trigo que crece sin luz nos resulta incómoda. La sociedad actual huye de todo lo que sugiera sacrificio o espera, exigiendo una gratificación inmediata que el misterio de la compasión simplemente no puede ofrecer bajo los términos del consumo masivo de temporada.
Se lee en las lamentaciones de los antiguos cronistas bíblicos un cuestionamiento que atraviesa los siglos: “¿No os conmueve a todos vosotros los que pasáis por el camino?” Esa pregunta posee una vigencia cortante en este viernes de maletas listas y carreteras saturadas hacia la Riviera Nayarit. Pasamos por el camino de la vida como turistas de la realidad, observando las tragedias nacionales o locales desde la distancia de una pantalla, sin que el dolor del vecino logre alterar nuestro plan de recreo. La fe de erratas de esta jornada consiste en reconocer que la anestesia social nos ha vuelto incapaces de detenernos ante la cruz del otro, ya sea la del enfermo sin medicinas, la del desempleado o la del perseguido por su integridad.
La sabiduría del Maestro de Galilea se manifestó con dureza ante aquellos que honraban las apariencias mientras descuidaban la justicia y la misericordia. En su intervención frente a los líderes de su tiempo, denunció la hipocresía de quienes cuidaban el exterior de la copa pero mantenían el interior lleno de egoísmo. Nosotros replicamos esa conducta al participar en las formas externas de la temporada (el descanso, el pescado, el viaje) sin permitir que la esencia de la solidaridad transforme nuestras decisiones políticas o económicas. El Viernes de Dolores pierde su potencia transformadora cuando se reduce a una fecha en el calendario que no nos compromete a mirar de frente las carencias de nuestra comunidad tepicense.
Resulta necesario rescatar el significado del trigo germinado en la sombra, símbolo central de los altares de antaño. El grano que muere en la oscuridad para dar vida representa la metáfora perfecta de la resistencia civil y moral. En un entorno que a menudo se siente asfixiado por la desconfianza o la inseguridad, la esperanza reside en aquellos ciudadanos que, en el silencio y sin reflectores, trabajan por el bien común. Esta labor invisible sostiene la estructura de nuestro estado. La verdadera renovación no es un evento mágico, sino el resultado de un proceso de integridad que se gesta en la honestidad de lo cotidiano, lejos del ruido de las campañas electorales y de la vanidad de los cargos públicos.
El registro de las cartas de los primeros seguidores indica que la libertad nos fue dada para servirnos los unos a los otros con amor. Sin embargo, hemos malentendido la libertad como la licencia para desentendernos de las obligaciones comunitarias en favor del placer privado. Nuestra errata pública es haber convertido este periodo en una competencia de excesos, donde el consumo de alcohol y la imprudencia al volante dejan más huellas que la reflexión interna. La libertad que disfrutamos debería ser una oportunidad para el reencuentro familiar y la solidaridad efectiva. La estadística de conflictos en estas fechas nos recuerda que una libertad desprovista de valores es simplemente una forma sofisticada de autodestrucción.
La ética del atrio nos invita a reconstruir el altar en la intimidad de nuestra conciencia. El compromiso de este viernes debe ser la vigilancia contra la injusticia y el apoyo a los vulnerables. Lavarse las manos ante el atropello al débil es una práctica tan antigua como el juicio de Pilato y tan actual como nuestra indiferencia ante las carencias de los servicios públicos o la inseguridad de nuestras calles. La corrección de nuestra trayectoria como sociedad requiere que dejemos de ser espectadores pasivos del dolor de nuestro pueblo para convertirnos en actores de su alivio. La fe que no se traduce en servicio es una fe de vitrina, tan frágil como las esferas de vidrio de los altares que alguna vez adornaron nuestra ciudad.
Al concluir este Viernes de Dolores, la invitación de es a buscar el silencio en medio del tumulto. Que la ausencia de las aguas de colores en nuestras calles nos impulse a crear espacios de compasión real en nuestras vidas. La verdadera conmemoración de esta fecha se encuentra en la valentía de sostener al caído y en la firmeza de no claudicar ante la mentira. Que la memoria del trigo que crece en la sombra nos dé la paciencia necesaria para trabajar por un Nayarit donde la luz de la justicia alcance a todos por igual. Solo así, el sacrificio de este tiempo dejará de ser una anécdota histórica para transformarse en el motor de nuestra propia y urgente restauración social.







