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El poder del servicio

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El Jueves Santo detiene la inercia del consumo para situarnos frente a una de las imágenes más subversivas de la historia: la del maestro que se ciñe una toalla para lavar los pies de sus discípulos. En una sociedad como la nuestra, donde el prestigio se mide por la cantidad de personas que nos sirven y el éxito se confunde con la jerarquía, este gesto desarticula cualquier pretensión de superioridad. La jornada de hoy representa la oportunidad de confrontar nuestra propia gestión del poder, ya sea el que ejercemos en la administración pública, en la dirección de una empresa o en la dinámica interna de nuestras familias. La autoridad despojada de servicio no es más que una tiranía doméstica o burocrática que asfixia el crecimiento de la comunidad.

La parafernalia del cargo suele convertirse en una adicción que nubla la vista de quienes toman decisiones. Observamos con frecuencia cómo la búsqueda de la fotografía oficial o el aplauso de las redes sociales sustituye a la labor silenciosa y profunda de resolver los problemas que aquejan a la ciudad. El poder entendido como un botín de beneficios personales o como un pedestal de vanidad es una traición a la confianza ciudadana. Existe una urgencia ética por recuperar la humildad funcional, aquella que permite al líder reconocer que su verdadera grandeza no reside en el mando, sino en la capacidad de facilitar la vida de los demás, especialmente de los más vulnerables.

Se lee con una contundencia ineludible en el registro del evangelista Juan: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros”. Este mandato no es una sugerencia poética para los oficios religiosos de la tarde; es una instrucción operativa para la vida pública. Lavar los pies del prójimo hoy significa garantizar el acceso al agua potable en las colonias que padecen el estiaje, asegurar la justicia para quienes han sido despojados de su tranquilidad y gestionar con transparencia absoluta cada peso del erario. Cualquier espiritualidad que ignore estas demandas sociales es una cáscara vacía que no resiste el menor análisis de coherencia.

La sabiduría de la tradición judeocristiana sostiene que el liderazgo auténtico es una carga de responsabilidad que se lleva con integridad. Esta visión choca frontalmente con la cultura del privilegio que ha permeado nuestras instituciones. La verdadera transformación de nuestro entorno requiere hombres y mujeres dispuestos a ensuciarse las manos en el barro de la realidad, dejando de lado los discursos elocuentes para abrazar la eficacia de la compasión. El Jueves Santo nos invita a una auditoría del espíritu donde el indicador de éxito sea la calidad del servicio prestado y no la acumulación de influencias. La paz social es el resultado de una justicia que se inclina para sanar las heridas del cuerpo social, sin distinción de colores o ideologías.

Resulta necesario analizar cómo nuestra propia conducta cotidiana alimenta o destruye el sentido de comunidad. En el tráfico de nuestras avenidas, en la fila del supermercado o en el trato con nuestros subordinados, ejercemos una forma de poder. La arrogancia del “usted no sabe quién soy yo” es la antítesis del mensaje que hoy conmemoramos. La madurez de un pueblo se manifiesta en el respeto mutuo y en la conciencia de que todos somos guardianes de la dignidad ajena. La crisis de valores que percibimos en la esfera política es, en gran medida, un reflejo amplificado de nuestras propias pequeñas tiranías diarias. La renovación comienza en el atrio de nuestra propia conciencia, decidiendo que el servicio será nuestra norma de conducta irrenunciable.

La ética de la responsabilidad propone que el poder debe ser una herramienta de liberación y no de opresión. En las cartas de los primeros seguidores se enfatiza que no debemos usar la libertad como una excusa para el egoísmo, sino para servirnos mutuamente con amor. Sin embargo, en la práctica administrativa, la libertad de gestión suele malentenderse como una licencia para el favoritismo o la desatención del deber. La corrección de este rumbo exige ciudadanos vigilantes que demanden de sus autoridades una conducta acorde a la dignidad del servicio público. La confianza es un cristal que, una vez roto por la soberbia del poder, requiere años de integridad compartida para volver a soldarse.

El Jueves Santo nos coloca ante el misterio de la entrega total. Mientras Tepic se prepara para los días de luto que vendrán, la mesa del servicio queda servida como un desafío permanente. No hay mayor honor que el de ser útil a los demás, ni mayor miseria que la de quien usa la confianza del pueblo para inflar su propio ego. La reconstrucción de la esperanza demanda una nueva generación de servidores que entiendan que el poder es transitorio, pero la huella de una gestión honesta y humilde permanece en el bienestar de las familias y en la solidez de las instituciones. La verdadera política es aquella que se ejerce con la toalla ceñida y la disposición al sacrificio por el bien común.

Al cerrar este día, la invitación es a reflexionar sobre quiénes son los “pies” que nos corresponde lavar en nuestra esfera de influencia. Que el inicio del Triduo Pascual no sea solo un evento litúrgico, sino el punto de partida para una vida de mayor entrega y menos pretensión. La paz auténtica se construye en la cercanía con el dolor y la necesidad de la gente. Que el ejemplo de la entrega desinteresada nos mueva a una solidaridad renovada, permitiéndonos caminar hacia el futuro con la certeza de que el servicio es la única vía para una libertad que no se agote en el asueto, sino que florezca en una justicia activa para todo Nayarit.

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