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sábado, abril 11, 2026
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El retorno al ruido

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El fin de la Semana de Pascua marca el cierre de un paréntesis que, para la mayoría, ha funcionado más como un refugio del agotamiento que como un espacio de renovación espiritual. Al desvanecerse los ecos de la liturgia y las carreteras de Nayarit saturarse nuevamente con el regreso de quienes buscaron el descanso en la costa o entidades cercanas, nos enfrentamos al muro inevitable del trajín laboral y escolar. Este retorno a la rutina, marcado por el tráfico de la Avenida Insurgentes y la presión de las agendas pendientes, plantea una pregunta incómoda en un entorno que se presume moderno y autosuficiente: ¿posee la voz de la Iglesia alguna relevancia en un mundo laico que parece centrado exclusivamente en la sobrevivencia económica y la competencia diaria?

La respuesta no se encuentra en la imposición de dogmas, sino en la necesidad humana de un sentido que trascienda la mera acumulación de horas de trabajo. Vivimos en una sociedad que ha perfeccionado la técnica de la sobrevivencia, pero que a menudo descuida la calidad de la existencia. El regreso al trajín nos devuelve a una inercia donde el valor de la persona se tasa por su productividad y su capacidad de consumo. En este escenario, la voz que surge del atrio funciona como un contrapunto necesario, un recordatorio de que la vida no puede reducirse a una serie de transacciones comerciales o a la superación de obstáculos administrativos.

Se lee con una vigencia rotunda en el registro del evangelista Mateo: “¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” Esta interrogante cuestiona la base misma de nuestra ansiedad contemporánea. El mundo laico, en su empeño por asegurar lo material, ha terminado por construir una jaula de urgencias donde lo importante siempre cede ante lo inmediato. La Iglesia, cuando se despoja de su propia burocracia para hablar desde la esencia, ofrece una brújula para no extraviarse en el laberinto de la utilidad. Su papel en el espacio público no es el de un juez, sino el de un guardián de la dignidad humana que se niega a aceptar que seamos simples piezas de una maquinaria económica.

La sabiduría de la tradición judeocristiana sostiene que el ser humano posee una vocación al descanso que no es simple ocio, sino reconocimiento de sus propios límites. Sin embargo, en el Nayarit actual, el regreso al trabajo se vive a menudo como una condena o como una competencia feroz por la permanencia. La voz de la fe propone una ética del servicio que dignifica la labor diaria, transformando el empleo en un medio de realización y no en un instrumento de alienación. Sin esta perspectiva, el trajín cotidiano se vuelve estéril, una carrera de resistencia donde el éxito personal se construye con frecuencia sobre el agotamiento del otro o la indiferencia ante las carencias de la comunidad.

Resulta necesario analizar por qué el discurso laico parece insuficiente para calmar la inquietud del hombre moderno. La sobrevivencia, aunque indispensable, no basta para alimentar el espíritu. Cuando las luces de la oficina se apagan y el silencio se instala tras el ruido escolar, surgen las preguntas sobre el propósito y la trascendencia que ninguna política pública o estrategia de mercado puede responder. La voz de la Iglesia aporta una narrativa de esperanza que se sitúa más allá de los indicadores económicos. Es una invitación a construir una paz que no dependa de la ausencia de conflictos, sino de la solidez de nuestras convicciones y de la profundidad de nuestros vínculos.

La ética de la responsabilidad nos recuerda que somos seres en relación. En las cartas de los primeros seguidores se enfatiza que la verdadera libertad consiste en el ejercicio de la caridad y la justicia. El regreso a la normalidad administrativa y educativa debe ser la oportunidad para aplicar estos principios en el trato con el colega, con el alumno y con el ciudadano que espera una respuesta honesta. La voz religiosa en la esfera pública actúa como una conciencia crítica que señala las estructuras de injusticia y propone la solidaridad como el único camino viable para una convivencia sana. En un mundo que nos entrena para el aislamiento y la desconfianza, la fe insiste en la construcción de una fraternidad que empiece en lo cotidiano.

La relevancia de esta voz en un mundo laico reside precisamente en su capacidad de proponer una pausa reflexiva en medio del vértigo. No se trata de una interferencia en la autonomía del Estado, sino de un aporte al debate sobre los valores que deben regir nuestra sociedad. Una democracia que ignora la dimensión trascendente de sus ciudadanos corre el riesgo de volverse tecnocrática y fría. El aporte de la Iglesia es recordar que la justicia sin misericordia se vuelve crueldad, y que la libertad sin responsabilidad se transforma en desenfreno. Nayarit necesita hombres y mujeres que, al retomar sus puestos de trabajo, lo hagan con la conciencia de que su labor posee un impacto moral en la vida de los demás.

Al concluir este periodo de Pascua y retomar la carga del año, la invitación es a no permitir que el trajín nos robe la capacidad de asombro. La sobrevivencia es el piso, pero no el techo de nuestra existencia. Que el regreso a las aulas y a los despachos sea con una mirada renovada, capaz de distinguir entre lo urgente y lo eterno. La voz de la fe permanece vigente no por costumbre, sino porque ofrece una respuesta a la sed de integridad que el ruido del mundo no logra saciar. Caminemos hacia la normalidad con la frente en alto, sabiendo que nuestro trabajo tiene sentido cuando se convierte en un acto de servicio y que nuestra vida es, ante todo, un don que debemos custodiar con valentía y alegría.

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