Se dice, se cuenta y hasta se canta con orgullo que Cocula, en Jalisco, es la cuna del mariachi. ¡Peeero!… un escándalo ocurrido en Rosamorada, aquí en Nayarit, desafinó esa historia y puso a varios historiadores a discutir con más pasión que un borracho cantando El Rey a las dos de la mañana.
Corría el año de 1852 cuando el párroco Cosme Santa Anna escribió una carta al arzobispo de Guadalajara fechada un 26 del abril para quejarse del tremendo relajo que había frente a la iglesia durante un Sábado de Gloria.

Eran “dos fandangos” (fiestas) donde una bola de pecadores, hijos de Satanás, disfrutaban de música, vino, gritos con furia y juegos de azar en pleno día sagrado. El cura, con toda razón y con toda desesperación, decía que aquello ya era un “desorden muy lamentable”.
Pero aquí está el detalle —dijera Cantinflas—, pues en esa queja aparece una de las menciones más antiguas de la palabra “mariachi”. Sí, así como lo oye: en medio del relajo en Rosamorada nació una pista clave para la historia de nuestra música.
La carta dice más o menos así: “…sé que esto ocurre todos los años en los días solemnísimos de la Resurrección del Señor, y bien sabemos cuántos crímenes y excesos se cometen en estas diversiones que, generalmente, se llaman por estos puntos MARIACHIS…”
Según las malas lenguas de las buenas gentes, el sacerdote usa la palabra “mariachi” con total naturalidad, como un término ya conocido en toda la región. Es decir, para 1852 el mariachi ya era parte de la vida cotidiana de estos pueblos.
El hallazgo de este documento se debe al historiador francés Jean Meyer, y la carta original se encuentra en el archivo de la catedral de Guadalajara. Esto provocó una enorme discusión sobre el origen del mariachi.

Porque si la carta es de 1852, queda muy mal parada la teoría de que la cuna del mariachi es Cocula, Jalisco, y que la palabra viene del francés mariage, ya que la intervención francesa ocurrió hasta 1862… simplemente las fechas no dan.
Según el historiador Pedro López González existe incluso un censo porfiriano de esta región donde aparecen registrados dos o tres poblados con el nombre de Mariachi, lo que significa que la palabra ya estaba profundamente arraigada en la vida cotidiana de la región; no era un término raro ni extranjero.

Y así, entre fandangos, vino, músicos y un cura desesperado por poner orden, Rosamorada terminó dejando una de las huellas más antiguas y fascinantes en la historia del mariachi mexicano.
Fuentes: Cesar Delgado Martínez, “Los Mariachis en Rosamorada”, Revista Trimestral de la Fundación Álica No.30 1999.
Jean Mayer, El Origen del Mariachi, 1981, Pp.44







