
Hasta el menos afortunado de los padres debería estar orgulloso de sus hijos. La frase la acuñó un presidente de México cuando defendió el nombramiento de su hijo en el gobierno federal y lo proclamó, sin sonrojarse, «es el orgullo de mi nepotismo». Medio siglo después, cambió la máscara, no el fondo. Hoy existen candados legales que prohíben favorecer a los familiares directos con cargos, contratos y oportunidades; la creatividad de nuestra clase política, sin embargo, los burla todos y se sale con la suya. Sea cual sea el signo, fifís o chairos, derechas o izquierdas, según la tipología del día, el favor de sangre encuentra cauce. Así, el nuevo orgullo del nepotismo cuatroté viajará a la tierra de papi para que lo haga diputado. Tenían razón: no son iguales. Son mejores nepotistas.







