7.7 C
Tepic
jueves, junio 4, 2026
InicioNacionalPone marquesa madrileña nombre a los verdugos internos de México

Pone marquesa madrileña nombre a los verdugos internos de México

Fecha:

spot_imgspot_img

Cayetana Álvarez de Toledo desembarcó en la universidad de Ricardo Salinas Pliego para sostener que los enemigos de la soberanía mexicana viven dentro del país: el crimen, el poder sin contrapesos y la costumbre de pedir. Claudia Sheinbaum la despachó con una palabra, «kafkiano». Entre la herida que toca y el púlpito que la cobija, el diagnóstico incomoda por igual a Morena y a quienes guardan silencio enfrente

«La independencia de México fue una gesta nacional, la Reforma una gesta liberal, la democratización una gesta cívica. La próxima gesta mexicana ya está señalada: rescatar la soberanía de los mexicanos.»

Quien hablaba siguió enumerando un país posible, «que ningún joven tenga que escoger entre emigrar, depender o enrolarse al crimen», donde el empresario no pague extorsión para trabajar y la madre no tenga que buscar sola a su hijo bajo tierra. «Eso es soberanía», remató. Y lo afinó con sus propios términos: «No la soberanía como eslogan, ni como agravio, ni como coartada del poder. Soberanía como vida digna, como ley, como seguridad, como independencia personal, como capacidad de decir no.»

Las frases suenan a México, a mexicano cansado de su tierra. Las pronunció, en español con acento de Madrid, una marquesa.

Cayetana Álvarez de Toledo, diputada del Partido Popular y marquesa de Casa Fuerte, viajó a Ciudad de México para intervenir en la cita anual del Grupo Salinas, dentro de la Universidad de la Libertad que Ricardo Salinas Pliego levantó hace tres años. La invitaron, contó, sus amigos «Ricardo y Ninfa». Enfrente, un auditorio de empresarios. La tarea que ella misma se asignó la dijo sin rodeos: venía «a defender la soberanía de los mexicanos frente a sus verdaderos enemigos», que ubicó puertas adentro del país, lejos de las capitales extranjeras.

El gesto tiene genealogía reciente. Semanas atrás, Isabel Díaz Ayuso había pisado el mismo país y el mismo circuito para rendir un homenaje a Hernán Cortés que encendió tal escándalo en Ciudad de México y recortó su agenda para volver a España antes de tiempo. Donde la presidenta madrileña hurgó en la herida del siglo XVI, Álvarez de Toledo escogió otra entrada. Dejó atrás la Conquista y se metió de lleno en el avispero del presente.

Antes de los nombres, un preámbulo. La soberanía, dijo, está de moda en México y siempre lo estuvo: un país «orgulloso de bandera grande» que conquistó su independencia, repelió invasiones y hasta hizo doctrina de su autonomía, la Estrada. Contra ese orgullo cargó con una incomodidad, la «mirada hipócrita» de cierta izquierda europea que, según ella, defiende para México lo que jamás aceptaría para sí, «una revolución comunista, un régimen de partido único, una dictadura perfecta». Citó a Mario Vargas Llosa, que hace más de tres décadas, en su duelo con Günter Grass, llamó al sistema mexicano justo así, «la dictadura perfecta». A esos europeos los bautizó «turistas del ideal», y añadió una palabra más áspera: racistas.

Su discurso se ordenó alrededor de una tesis y un número, tres. Tres «flagelos internos y corrosivos» que, a su juicio, vacían a México desde dentro mientras el gobierno mira hacia afuera. El crimen organizado, primero. Después, el populismo autoritario. Y, al fondo, la mentalidad de dependencia. A cada uno le dedicó su autopsia.

Empezó por lo más visible. Invocó Teuchitlán, Jalisco, el predio que la prensa bautizó como «el rancho del horror»: zapatos, mochilas, ropa, cenizas, un sitio donde, según se ha documentado, el crimen entrenaba reclutas y se deshacía de cuerpos. Muchos de aquellos jóvenes, recordó, habían llegado siguiendo ofertas de trabajo en redes sociales. «Buscaban una oportunidad y encontraron una trampa», dijo. De ahí extrajo su imagen más dura: «Unos zapatos vacíos no son una estadística, son una acusación.»

Sobre esa base apiló cifras. Habló de más de 134 mil desaparecidos, de decenas de miles de cuerpos sin identificar, de más de 200 mil asesinados en el sexenio anterior, de cárteles que reclutan a unas 350 personas por semana porque «compiten contra un Estado ausente y a veces contra algo peor, un Estado cómplice». Recurrió a Max Weber y al monopolio legítimo de la fuerza para nombrar lo que ocurre cuando ese monopolio se pierde. Lo dijo así: «no queda el vacío, aparece otro poder», uno que cobra impuestos y los llama extorsión, y que decide quién hace campaña y hasta quién vive para ejercer el cargo. Evocó a Carlos Manzo, el alcalde de Uruapan acribillado durante las fiestas del Día de Muertos, y los 37 candidatos caídos en el último ciclo electoral. «¿Qué soberanía popular existe cuando un candidato necesita el permiso de un cártel para hacer campaña?», preguntó.

La pieza más afilada la guardó para las madres buscadoras. Describió los videos que dice haber visto: «Una varilla en una mano, una pala en la otra, de rodillas en un descampado, buscando a su hijo bajo la tierra, la tierra de su patria.» Y la volvió reproche directo a la mañanera. Una presidenta que invoca la soberanía a diario, sostuvo, debería garantizarla primero a quienes perdieron la más elemental, la de enterrar a sus muertos. «La presidenta Sheinbaum insiste en exigirle a España que pida perdón, pero antes debería ella pedir perdón a las madres buscadoras.»

El segundo enemigo, advirtió, cuesta más detectar porque «no deja fosas abiertas ni zapatos vacíos»: trabaja con decretos, mayorías y ropaje constitucional. Ahí montó su acusación más política. Describió una captura del Estado en dos frentes que se funden, el cártel que ocupa territorio y el poder que desmantela los contrapesos capaces de frenarlo. A esa fusión le puso nombre, «narcoestado», y un corolario: «Donde manda un narcogobernador no hay gobernados libres.»

Repasó, uno tras otro, los organismos que considera sometidos, del árbitro electoral al Poder Judicial, y se detuvo en la elección de jueces de junio de 2025: 2 mil 600 cargos, una participación que cifró en 13 por ciento y, entre los electos, «una ex abogada del Chapo». Lo remató con sarcasmo: «Nunca el zorro había sido elegido por votación para cuidar de las gallinas.» Citó a Freedom House y su clasificación de México como país «parcialmente libre», con 58 puntos sobre 100, para traducirla a su lengua: una soberanía a medias. El golpe final llegó con Octavio Paz. La diputada recuperó «el ogro filantrópico», aquella imagen del Estado mexicano que todo lo tutela y todo lo abraza para someter, y la actualizó sin piedad: «El ogro filantrópico ha vuelto. Las mismas garras de siempre, pero ahora con rostro de mujer.» El dardo apuntaba a una sola persona.

El tercer flagelo lo llamó el más callado, la mentalidad de dependencia. Cuidó la distinción para que nadie la torciera. Ayudar al vulnerable, concedió, es una obligación moral; convertir la dependencia en modelo social es otra cosa. Una política social, sostuvo, «puede hacer ciudadanos más libres o votantes más cautivos». Echó mano de Tocqueville y su «servidumbre que no necesita cadenas», ese poder tutelar que conduce a los hombres a condición de que renuncien a conducirse solos. Lo tradujo al refrán: el populismo es «pan para hoy y hambre para mañana», un padrino disfrazado de hada madrina, un «Lobito Corleone» que da hoy para cobrar mañana.

Hacia el final giró del diagnóstico al encargo. Se dirigió a los empresarios que tenía enfrente y los sacudió. Una parte de las élites económicas de América Latina, les dijo, cometió demasiadas veces el error de creer que podía blindar sus intereses privados mientras el edificio público se caía a pedazos. «No hay salud económica sin salud democrática», insistió. «Un empresario que calla ante la destrucción institucional puede ganar tiempo, pero pierde el país. Y perder el país es el peor negocio que existe.» Les pidió coraje con una fórmula que repite desde hace años, «que por mí no quede», esta vez vuelta hacia ellos. Y selló la jornada con una consigna que despejó cualquier duda sobre el destino del discurso, la misma que publicó después por escrito: «Soberanía o Morena. Soberanía o Sheinbaum.»

Ahí, en esa síntesis de campaña, asoma el segundo plano de la escena. El púlpito no era neutro. Salinas Pliego, anfitrión y mecenas, mantiene un pleito abierto con el Gobierno de Morena desde que tuvo que desembolsar una deuda fiscal millonaria que el Ejecutivo le reclamaba desde hacía años. Dueño de TV Azteca, polemiza a diario con Palacio Nacional. Su universidad, de tres años de vida, ya había hospedado el discurso de Ayuso sobre «cómo mueren las democracias». La marquesa llegó, pues, a un terreno preparado, entre aliados que tienen cuentas propias por cobrarle al oficialismo.

Sheinbaum respondió desde la mañanera con desdén calculado. Llamó a la visitante «otra española» y resumió la estampa en un adjetivo: «kafkiano». «Los nuevos cuadros de la política mexicana», soltó con sorna, y dejó que la imagen hiciera el resto: una aristócrata europea explicándole la soberanía a México desde la tribuna de un magnate enemistado con el fisco.

El calendario añadió su propia ironía. Cinco días antes, el 29 de mayo, el Congreso había reformado la Constitución, con la mayoría de Morena, para permitir la anulación de elecciones cuando se prueben actos de injerencia extranjera capaces de torcer los resultados. El temor a una intervención externa, alimentado por las amenazas del Gobierno de Donald Trump y por lo ocurrido en Venezuela, late en la órbita oficial. En ese clima aterrizó una diputada extranjera a señalar, en suelo mexicano, quién gobierna mal a México. La oposición, por su parte, explota los señalamientos de Washington sobre los presuntos vínculos de funcionarios de Morena con el narco, entre ellos el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha. El señalamiento contra Rocha, todavía sin sentencia, pone nombre y cargo a la fusión que la diputada describió en abstracto, ese punto donde, según ella, el crimen y el poder dejan de distinguirse. La voz de Madrid se sumó a ese coro en el momento más inflamable.

Y, sin embargo, el coro es más estrecho de lo que aparenta. Fuera del sector que encabeza Salinas Pliego, la oposición tradicional calló. El PAN, su dirigente nacional Jorge Romero y sus figuras principales no dijeron nada, y observan a distancia prudente las invitaciones cada vez más frecuentes del magnate. El diagnóstico de Álvarez de Toledo, por contundente que suene, circula por una esquina de la derecha mexicana que el resto de la oposición prefiere no tocar. Esa soledad lo debilita tanto como la nacionalidad de quien lo firma.

Ella misma anticipó la objeción más obvia. «Sé que una española, hablando de México y de la soberanía de México, puede resultar para algunos un poco incómodo», admitió. Se presentó como una voz que habla «desde la experiencia y desde el afecto», la de quien viene de un país que también conoce, enumeró, «el deterioro institucional, el uso sectario de la historia, la captura del lenguaje». Rechazó la lectura de México y España como enemigos hereditarios: «Somos parte de una conversación larga, difícil, mestiza, conflictiva y creadora.»

Hay además una grieta dentro de su propia pieza. Advirtió contra los gobiernos que usan «las grandes palabras nacionales para evitar las grandes preguntas nacionales», y reclamó que una nación adulta no confunda la crítica con un ataque a la patria. El reclamo es atendible. Su cierre, en cambio, «Soberanía o Morena», hace con la palabra soberanía justo lo que ella denuncia: la convierte en consigna, en biombo de un bando. Quien pide matices para el país termina ofreciéndole una disyuntiva de dos casillas.

Queda, entonces, la pregunta incómoda, la que el espectáculo no resuelve. El inventario que trajo la marquesa lo había escrito antes la realidad mexicana. Los 134 mil desaparecidos figuran en los registros oficiales. Las madres que escarban terrenos baldíos con varilla y pala aparecen en los noticieros del país, no en los salones de Madrid. Teuchitlán ocurrió, y los cárteles siguen reclutando adolescentes mientras los expedientes engordan. Que el mensajero sea una marquesa con título heredado de la misma corona que conquistó el territorio enturbia el mensaje. También lo enturbian el escenario, la queja fiscal de un millonario, y esa consigna final que reduce un país entero a una disyuntiva de boleta. Todo eso ensucia el discurso. No borra los cuerpos.

La diputada terminó donde había empezado, en aquellos zapatos vacíos de Jalisco. «¿Quiénes eran esos jóvenes? ¿A qué aspiraban? ¿Y quién les falló?» Los llamó «una custodia, pero también una pregunta». Luego tomó su avión.

La pregunta se quedó. No viaja en equipaje de mano ni se despacha desde una mañanera. Sigue en los terrenos baldíos donde una madre, esta misma tarde, hunde una varilla en la tierra de su patria buscando a su hijo. Esa madre no escuchó el discurso. Tampoco le hace falta.

spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img