
Los rudimentos de la inteligencia artificial en la música vienen de mucho más atrás de lo que aceptamos. Nacieron en la producción: recursos digitales que pulían el sonido de instrumentos reales, corregían la afinación de un cantante en vivo o sostenían toda la posproducción. Hoy casi la mitad de la música que se sube cada día a las plataformas ya la fabrica una máquina, decenas de miles de canciones. Tal vez no deberíamos alarmarnos, porque tampoco sabemos explicar ciertos éxitos de fabricación humana con aceptación planetaria. Lo que asusta es otra cosa: fantasmas escuchando a fantasmas. Bots y granjas de clics que consumen canciones falsas y cobran fortunas por ello. Me pongo nerviano: ¿Quién será el Orwell que escriba la novela del Gran Fantasma, que canta solo para que otro fantasma lo escuche?







