La efervescencia electoral suele traer consigo promesas que se marchitan apenas cierran las casillas. Para los integrantes de la diversidad sexual en Nayarit, el cortejo de los partidos políticos ha pasado de ser una esperanza a convertirse en un ciclo de simulación recurrente que se repite cada tres o seis años. Santos Meza, voz crítica dentro del movimiento, señala que los candidatos suelen aparecer con carpetas llenas de compromisos que sólo buscan asegurar el sufragio del sector, dejando de lado la agenda social una vez obtenido el triunfo en las urnas.
Según la experiencia de los colectivos, el mecanismo del engaño es sofisticado pero predecible: se ofrecen espacios en las boletas electorales bajo una supuesta bandera de representación real. “Pero nunca ganamos nada”, sentencia Meza al explicar que las candidaturas ofertadas suelen ser meros adornos para cumplir con cuotas de inclusión sin posibilidades reales de éxito. La realidad tras la jornada de votación resulta amarga, pues los cargos y direcciones prometidas quedan en simples palabras al aire, cerrando las puertas de las oficinas gubernamentales a quienes meses antes eran invitados de honor.
Recientemente, el uso de la comunidad como escenografía de apoyo en eventos masivos con figuras de talla nacional ha generado una indignación profunda entre los liderazgos locales. El activista recuerda con amargura las reuniones donde la promesa de un micrófono abierto para presentar demandas sociales se esfumó al momento de iniciar el protocolo oficial. “Sólo nos llevan para hacer montón”, reclama al describir cómo el pliego petitorio que pretendían entregar quedó silenciado por la logística partidista, demostrando que su presencia era valorada únicamente por el volumen de asistencia y no por la validez de sus ideas.
Esta táctica de utilizar y desechar ha forjado un clima de desconfianza hacia los colores partidistas que hoy intentan reagruparse de cara a futuros procesos. La denuncia de Meza pone al descubierto una estructura política que prioriza la estética de la diversidad sobre la integración sustantiva, donde el apoyo se condiciona a la rentabilidad inmediata del voto. Quienes integran la comunidad en el estado han comenzado a identificar estos patrones de conducta, cuestionando la autenticidad de los discursos que proclaman igualdad mientras se niega el derecho básico a la palabra.
Resulta evidente que la exigencia de compromisos firmados y representación digna comienza a gestarse entre los grupos ciudadanos para evitar nuevas decepciones en el corto plazo. El entrevistado advierte que el tiempo del silencio ha terminado y que no permitirán ser reducidos a una estadística de asistencia en mítines políticos que no redunden en beneficios para la salud o el empleo. La comunidad demanda ser tratada como una fuerza ciudadana con necesidades tangibles, rechazando tajantemente ser moneda de cambio en negociaciones de cúpula que sólo benefician a los candidatos en turno.







