Qué noche la del sábado. Yo no tenía duda de que sería inolvidable, pero no sospechaba que fuera para tanto. Todo parecía alinearse aquella noche para que la música y el arte fracasaran; sin embargo, salieron ampliamente triunfantes. Sierra León, el grupo de rock de jóvenes tepicenses que llegó a tocar en el Beijing Art Festival en 2015, se retira de los escenarios frente al público que los vio crecer.
El grupo —formado en 2009 por Manu Castellón, Kenji e Seiji Hino, Juan Carlos Zavala y Mario Bustamante— se convirtió en una referencia del rock progresivo local, no solo en nuestro estado, sino a nivel nacional y en varios escenarios internacionales. Este logro fue empujado, sobre todo, por su inacabable energía y la necesidad de aportar creatividad musical en los pocos espacios promotores del rock que existen en nuestro país.
Este sábado, una intensa lluvia caía en Tepic desde temprana hora. A veces fuerte, a veces pertinaz, pero siempre constante, originaba encharcamientos por todos lados o los consabidos arroyos que bajan del cerro de San Juan y se cuelan por las banquetas. No había manera de llegar al local del concierto, ubicado en la calle Fresno en el antiguo Club de Leones, sin mojarse los zapatos y empaparse los pantalones. Aun así, hubo cupo lleno. Decenas de jóvenes treintañeros que en un santiamén se vieron convertidos en adolescentes de hace casi veinte años, aunque ya peinen barbas, canas, carguen divorcios y varias relaciones rotas a sus espaldas, y varios hubieran dejado a sus bebés encargados en casa. La ocasión valía la pena: Sierra León, un símbolo de su generación, se despedía de ellos para siempre.
A las diez de la noche, Livier y las Rosas Polares encendieron su música y comenzaron a prender a la concurrencia que, después de la tercera canción, ya coreaba: ¡“Rosa Polar, Rosa Polar”! Ellas se entregaron por completo en el escenario que, en punto de las once, ya estaba listo para la aparición de los Sierra.
Por fin llegaron, con una pantalla multicolor al fondo que mostraba el nombre del grupo con letras luminosas, mientras el equipo de sonorización los presentaba con un preview musical lleno de suspenso. Salieron vestidos como chicos de casi cuarenta, pero, conforme el concierto fluyó, se fueron transformando en los adolescentes de los 2010.
Iniciaron con la fuerza de siempre, con “Simulaciones” y una brutal interpretación de “Ya no somos los mismos”, cantada y coreada por toda la concurrencia, que a esas alturas ya estaba encendida. Siguieron con “Renacer” y, cuando todos brincaban y cantaban con “Sombras”, sobrevino el apagón.
Eran exactamente las doce de la noche. De pronto, ante la oscuridad, aparecieron cientos de luces de teléfonos celulares que volvieron a encender el escenario mientras los fans coreaban la canción a capela:
“Todo viene y va
Pero nada importa
porque somos uno hasta el fin”.
Fue un momento sumamente emotivo que conllevaba la comunión absoluta de los músicos con su público, sus eternos fans. La emoción perduró los cuarenta minutos que duró el apagón, donde la noche se empeñaba en jugar al suspenso. Los sobresaltos se sucedieron: el doctor Hino, padre de Seiji y Kenji, se sintió mal por el sofocamiento que trajo la falta de luz y se lo tuvieron que llevar de urgencia al hospital.
Yo consultaba las noticias en redes sobre el apagón y todas eran alarmantes: la energía se había suspendido en todo el municipio de Tepic, Xalisco, Compostela e Ixtlán. Entendí que era una falla grave y que no se trataba de un simple problema en el transformador de la colonia; aunque me aliviaba la idea de que, por la trascendencia del asunto, la CFE estaría poniendo toda la atención para resolverlo.
Los organizadores habían buscado infructuosamente una planta de luz. No la encontraron y le comunicaron a Manuel que había que suspender el concierto. “No creo que llegue, hay que cancelar, habla con la gente”, dijo el encargado. “Esperemos un poco”, respondió Manu y, como obra de milagro, a los dos segundos se hizo la luz y se restauró la energía eléctrica, lo que fue festejado ruidosamente por los fans. Los minutos pasaron y el concierto no se reanudaba. Faltaba Seiji, que había ido a llevar a su papá al hospital, y el nerviosismo regresó entre quienes conocíamos la situación.
A los pocos minutos, Kenji tomó el micrófono y se dirigió al público:
—Afortunadamente, llevaron a mi papá al hospital y me informan que ya está bien, Seiji ya viene para acá. ¡Sigamos con esto! ¡A la verga! ¡Tocaremos el concierto!
Y en diez minutos comenzaron con más energía que nunca, pues no solo estaban los mismos asistentes, sino que habían llegado más: los antros de Tepic cerraron en cuanto se fue la luz y varios de sus parroquianos recalaron a ver a Sierra León.
Con esa carga emotiva reiniciaron la epopeya, tocando todas sus rolas conocidas: “Lucía”, “I got you”, “Cripsis”, “Liberia” ”Control Tonight”y muchas más, hasta completar las veintiun canciones que tenían contempladas. El público coreó, bailó, hizo slam, lanzó por los aires a los invitados y el concierto terminó con un trepidante “Vértigo”. A esas alturas, Manuel se había quitado la chaqueta y se había quedado en una camiseta sin mangas, los Hino se habían despojado de sus camisas mostrando el torso desnudo,como en cada concierto sucedía y Juan y Mario estaban severamente enrojecidos.
Al finalizar, después de varias despedidas, Manuel, visiblemente conmovido, levantó la guitarra y no supo qué decir. Solo alcanzó a articular, entre gritos de “¡no se vayan!” y “¡Sierra, Sierra!”:
—Gracias, amigos y familia, los queremos mucho. Esta es la última vez que tocamos para ustedes. Les agradecemos de corazón a todos, gracias —y colocó la guitarra en su estuche.
Mario se fundió en un abrazo con Manuel, al que se unió Kenji y luego Seiji. Manuel extendió el brazo para atraer a un serio, muy serio Juan, que le espetó con cariño:
—Cómo serás pendejo, hasta crees que será la última vez.
Y se unió al largo abrazo con los demás. Así termino todo.
Qué noche. La noche de Sierra León.
Tepic, 22 de junio 2026







