Recargado en el tronco de un árbol, frente a la iglesia de la Cruz de Zacate, un hombre de barba encanecida y mirada profunda observa el transcurrir de las horas. Rodolfo Adrián Guillén Ruiz Velasco, nacido en marzo de 1956, carga sobre sus hombros una historia que inició en las calles de la colonia Menchaca, cerca del antiguo molino. En aquella colonia dio sus primeros pasos y experimentó los matices más intensos de su existencia, entre la añoranza de la infancia y los golpes de la madurez.
Sus raíces se hunden en el asfalto de Tepic, donde su padre, Rodolfo Guillén Montoya, recorría la ciudad al volante de un taxi para garantizar el sustento del hogar. De su madre, Hermelinda Ruiz Velasco, conserva la imagen de una mujer dedicada al hogar que solía llenar los espacios con su canto. Sin embargo, la vida fue desmantelando su núcleo familiar; su único hermano falleció el año pasado víctima de una sobredosis, un destino que el propio Rodolfo estuvo a punto de compartir.
El rumbo de su existencia cambió drásticamente en 1980, cuando el amor se transformó en una herida difícil de cerrar tras una traición sentimental. Aquella experiencia lo alejó definitivamente de la idea de formar una familia o tener descendencia, marcando un aislamiento que perdura hasta hoy. “A ella la recuerdo como alguien importante, me hizo daño, pero creo que al dejarla ella perdió y yo gané”, aseveró mientras una sonrisa marcada se asomaba entre su barba descuidada.
Aquella decepción lo empujó hacia un abismo donde el alcohol de 96 grados, mezclado apenas con agua, se convirtió en su compañero diario durante un lustro. La transformación llegó cuando decidió entrar a un grupo de Alcohólicos Anónimos, donde encontró la disciplina necesaria para abandonar la botella, aunque reconoce que la sobriedad no borra las cicatrices del alma. “Ahí descubrí que el cambio dependía de una decisión personal; dejé de beber pero no de sufrir”, sentenció con voz firme.
Actualmente, Rodolfo habita en los márgenes de la capital, aceptando con resignación el paso de los días sin más compañía que sus propios pensamientos. “Vivo solo como perro regañado, pero no pasa nada, he aprendido a vivir así”, relata mientras confía en que la naturaleza y la fe proveerán lo necesario para subsistir. Sin prisas, este hombre aguarda únicamente conseguir un cronómetro para medir el tiempo que le resta antes de encontrarse con su destino.







