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La Odisea nos da el héroe que merecemos

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Reflexión a partir del ensayo «La Odisea nos da el héroe que merecemos», de B.D. McClay, publicado el 28 de julio de 2026 en The New York Times

B.D. McClay abre su pieza descartando dos reproches ajenos para quedarse con el suyo. A quienes objetan que La Odisea de Christopher Nolan trata sobre gente moderna y no antigua, responde que eso le pasa a todo lo hecho por gente moderna, y que para toparse con el mundo antiguo hay que abrir un libro. A quienes acusan al director de usar un texto viejo para rumiar sus obsesiones de siempre, el heroísmo, la culpa, la memoria, el tiempo, les concede que admira a un artista que no teme «seguir royendo el mismo hueso». Su problema, dice, es otro, y tiene nombre propio, Odiseo.

Antes de exponerlo, la ensayista recuerda la trama para el lector desmemoriado: el rapto de Helena, los diez años de asedio a Troya, la treta del caballo que da la victoria a los griegos, la furia de Poseidón que retrasa otra década el regreso de Odiseo y la casa tomada por los pretendientes que cortejan a Penélope y conspiran contra su hijo Telémaco. El Odiseo de Homero, apunta, es raro entre los héroes épicos porque sus motivos nos resultan comprensibles: «no quiere estar en Troya; quiere estar en casa», es astuto sin ser un sinvergüenza y lo mueven la curiosidad y el afán de saber.

En manos de Nolan, sostiene, ese hombre sagaz se convierte en otro, reconocible y contemporáneo, el «héroe a medias». Lo define con precisión, un hombre que fracasa como padre, que se ensucia por una causa superior y luego descubre que no valía la pena, que tiene el poder de cambiar el mundo y termina fracasando o empeorándolo. Como el Oppenheimer de la película anterior del director, este héroe parece ajeno al autoconocimiento, por ingenuidad culpable o por arrogancia ciega. Sus ejemplos son elocuentes: el Odiseo de Nolan se sorprende de que sus camaradas saqueen Troya después de que él logró meterlos, y rehúsa cargar provisiones para el viaje porque, según él, ya se llevaron bastante de la ciudad.

De ahí surge su lectura cultural, la más interesante del ensayo. Éste es un Odiseo para gente moderna, dice, y a la gente moderna le cuesta creer en los héroes verdaderos, esos que ven lo que hay que hacer y lo hacen sin un conflicto interno tremendo. Una figura así, propone, hace que el público se sienta inadecuado, o le parece sospechosa, o le resulta casi malvada la sola idea de actuar sin remordimiento. Lo ilustra con la política estadounidense, que a su juicio oscila entre quienes dicen que nada se puede hacer y quienes juran que todo se puede, y ambos decepcionan. Por eso, concluye, un Odiseo atribulado tras cometer un error se vuelve tan atractivo.

El análisis se afila cuando describe la marca del cine de Nolan. Sus héroes, dice, suelen ser hombres excepcionales que provocan un desastre y después se angustian por repararlo, y que sean hombres no es casual, porque su falla ante la masculinidad y la intimidad es la clave para entenderlos. No son buenos, en el sentido de miembros honorables que construyen algo; tampoco malos, entendidos como parásitos violentos. Son, escribe, «personas carismáticas pero vacías» que conciben el amor como algo que se demuestra mejor con la ausencia, porque su presencia resulta demasiado peligrosa.

El corazón del texto es la lectura que McClay hace del conflicto de fondo. Lo que da forma a la Odisea, sostiene, es lo que pasó en los hogares desatendidos mientras los hombres estuvieron fuera. Los pretendientes que hostigan a Penélope son hombres inferiores a Odiseo, y en ausencia de hombres como él nadie les enseñó a comportarse: la generación que representan se descarrió sin remedio. Aquí la ensayista toca, con cuidado, un terreno incómodo, la idea de que hace falta cierta clase de hombre para ordenar el mundo; conviene leerla como su interpretación de la película, no como una tesis sociológica.

La resolución, adelanta sin destripar la trama, repite la de Batman y la de Oppenheimer, Odiseo se vuelve un «devorador de pecados», alguien que expía las culpas ajenas. Mata a los pretendientes, hombres demasiado débiles para gobernarse pero fuertes para aterrorizar a ancianos, ciegos, mujeres y niños. Intenta mantener limpias de sangre las manos de su hijo y no lo consigue, de modo que el proyecto de una generación inocente muere antes de nacer. Y tras cargar él solo con la violencia, purifica su casa del único modo que sabe, marchándose otra vez.

El cierre traslada la fábula al presente. Fuera del cine, dice, abundan los hombres como los pretendientes, los que confunden la hombría con la capacidad de humillar, los que viven del trabajo ajeno y presumen virtudes que no tienen. Frente a ellos imaginamos al héroe a medias, el que no evita la crisis pero jura reparar el desastre que causó. Y recupera la frase de otra película de Nolan, «o mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en el villano», que aplica por igual a Batman, a Oppenheimer y a Odiseo.

La ensayista agradece que Nolan no finja tener la solución, y aun así confiesa que vio el final con resignación. Su remate reescribe con inteligencia la célebre línea del director sobre el héroe que merecemos y el que necesitamos, los héroes a medias, dice, son los que deseamos y los que creemos necesitar ahora, pero quizá merecemos otro muy distinto. Ahí está el valor de la pieza, en usar una superproducción para preguntarse por qué una época deja de creer en la virtud sin conflicto y se enamora de la culpa. Para el lector queda una duda que excede al cine, si preferimos al que arregla su propio desastre porque ya no confiamos en el que sabría evitarlo.

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