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Autócrata, con distancia

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Reflexión a partir de la columna «Autoritaria», de Juan Ignacio Zavala, publicada el 1 de agosto de 2026 en El País

Juan Ignacio Zavala construye un alegato frontal contra la Presidenta, y conviene decirlo desde el arranque, es una columna de oposición declarada, cuyos calificativos son suyos y de parte. Su premisa es que el poder termina revelando a quien lo ejerce, sobre todo si ese alguien aparece a diario a responder de todo en un formato que al autor le parece poco serio. Las mañaneras, sostiene, entregaron a una Presidenta que en su descripción «condena inocentes, exculpa delincuentes» y confiesa ineptitudes, y de ahí su veredicto, es «autoritaria, con A».

El segundo párrafo es un retrato de la decepción. Zavala dice que la deriva no sorprende a los adversarios, pero sí a quienes veían en Sheinbaum a una socialdemócrata firme y planeadora. Tras los años de López Obrador, recuerda, su perfil de científica formada en la izquierda parecía un alivio. Nada de eso llegó, escribe, y remata con una antítesis que resume su tesis, el sector «progre» esperaba «la izquierda con Excel» y le llegó «la izquierda de la hoz y el martillo».

De ahí pasa a su idea de la democracia claudiana. La Presidenta, dice, confunde democracia con «votar por todo», con volver la política una asamblea interminable. Le reprocha haberse ufanado de que, con la elección judicial, «México es el país más democrático del mundo», y contrapone esa frase al funcionamiento de la Suprema Corte, que le parece una vergüenza nacional. El dato que ancla el reproche es real, la reforma judicial que llevó a elegir jueces por voto es de este sexenio y ha sido señalada por su efecto sobre la certeza jurídica y la inversión.

El corazón de la columna es la política exterior, y aquí el hecho está verificado. Preguntada por la cancelación de elecciones en Nicaragua, Sheinbaum evitó condenar a Daniel Ortega y apeló a la autodeterminación de los pueblos, «lo que decida el pueblo de Nicaragua». Zavala carga contra ese argumento con una pregunta filosa, cómo puede autodeterminarse un pueblo al que no se le permite elegir a sus gobernantes. Y de ahí salta a una acusación mayor, que la Presidenta tiene «manga ancha» con los que llama delincuentes políticos afines, lo mismo en Managua que en Sinaloa con Rocha Moya. Conviene marcar la distancia, la crítica a la respuesta sobre Nicaragua se apoya en una declaración real; la imputación sobre Rocha es un juicio del autor, sobre un caso todavía en proceso y sin condena.

El último tramo enlaza dos reproches, la reforma judicial y la regulación de medios. Zavala sostiene que, tras golpear a la inversión con la primera, el gobierno pone «una piedra más» con la segunda, a la que llama sin rodeos censura a la radio, la televisión y las plataformas. Concede que la tentación de acallar la crítica no es original ni exclusiva de un signo, pero traza la línea entre quien la resiste y quien la ejecuta. Su crítica más ingeniosa es que la propuesta, además de peligrosa, le resulta anticuada, discutir códigos de ética de los medios cuando el mundo se pregunta por la inteligencia artificial le parece volver a un debate de hace dos décadas. Su ironía, que al gobierno sólo le falta promover el telégrafo contra las noticias falsas, es eficaz aunque tramposa, porque caricaturiza una iniciativa que otros analistas discuten con más matices.

El cierre es una cita literaria con intención de lápida. Zavala recurre a Stefan Zweig y a su libro sobre Castellio contra Calvino para citar una idea, que «una tiranía dogmática surgida de un movimiento en pro de la libertad» suele ser más dura con la libertad que cualquier poder heredado. Con ella sugiere que la Presidenta se reconocerá mejor en esa frase que en cualquier ilusión democrática.

Vale anotar la distancia editorial, y en esta pieza es imprescindible. La columna es de opinión, escrita desde una posición de franca oposición, y la mayoría de sus estocadas, autócrata, dictadura, la analogía con Nicaragua, son caracterizaciones del autor, no hechos establecidos. El gobierno rechaza esa lectura y defiende la elección judicial y la doctrina de no intervención como decisiones democráticas y soberanas. Lo verificable es acotado, la respuesta de Sheinbaum sobre Nicaragua, su frase sobre la reforma judicial y la existencia de la propuesta de regulación de medios; las intenciones autoritarias que el autor les atribuye son su interpretación. Meridiano recoge el texto por su relevancia en el debate público, sin suscribir sus adjetivos.

Hecha la salvedad, el valor de la pieza está en que formula, con crudeza, una pregunta que también inquieta a críticos más templados, si un proyecto nacido para ampliar la participación puede terminar estrechando los contrapesos. Esa inquietud sobre los límites del poder no depende de compartir el tono de Zavala, y merece respuesta más que descalificación. La columna, sin embargo, se debilita cuando cambia el argumento por el mote, porque la comparación con una dictadura, lanzada al vuelo, ilumina menos de lo que incendia. Para el lector queda la tarea de separar el reparo legítimo, que existe, de la estridencia que lo envuelve.

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