Hacer un buen gobierno requiere de liderazgo. El liderazgo bien ejercido, hace que lleguen todos y a tiempo, no solamente uno y pronto. Un liderazgo fuerte puede traducirse en un buen gobierno, aunque no necesariamente. Un liderazgo fuerte es el que persuade de hacer las cosas públicas, ejercer el poder, para lograr el bienestar de los demás, de todos. Ese liderazgo, por ejemplo, ha sido pieza clave, el eje mismo de la administración que preside el mandatario estatal Miguel Ángel Navarro. Ciertamente ha convencido a muchos y a ciertos grupos no los ha dejado muy contentos, por decirlo de manera artificial, un poco plástica.
Ciertos sectores, no articulados en un movimiento político u organizado, sencillamente odian a quien está en el gobierno. Se les solía denominar “oposición sistemática”, en aquellos tiempos en los que el PRI era gobierno en la casi totalidad del país o en todo el país. En cierta manera, eso ya casi no se manifiesta. Lo que vemos ahora es simplemente odio puro, sin mediaciones hipócritas como lo que se suele denominar “ideología”.
Esa lógica, la de la visceralidad, hace daño enorme a la población. Los que odian con poder en sus manos, suelen concebir venganzas contra personas, contra sectores, contra comunidades enteras. Esto lo vemos en muchas de las figuras públicas (no políticas) de los Estados Unidos. Se odia a las minorías de color, a los negros, a los latinos, a los chinos, a los musulmanes, etcétera. Se odia a los homosexuales y a las lesbianas, a quienes se definen como parte de esa vasta comunidad (auto) denominada LGBTQ+. Se odia a los migrantes. El resultado es violencia que se ejerce contra esas “minorías”.
No hacen buen gobierno quienes excluyen a sectores, a personas o a comunidades enteras, da igual. Un buen gobierno es el que procura el bienestar de todas las personas. Eso es lo que ha hecho el mandatario estatal Navarro Quintero. Luego entonces, uno se pregunta: ¿por qué hay quienes se sienten excluidos? Hay quienes se sienten excluidos porque en el pasado hicieron mal y ese mal lo potenciaron al máximo debido a que ejercieron poder público. Ahora que se actúa para enderezar el rumbo del desarrollo del estado, se ha debido afectar esos intereses que se construyeron en la Era de la Irresponsabilidad y la Cleptocracia.
No se trata de actos de venganza. Se trata de actos de aplicación estricta de la ley. No son decisiones movidas por razones personales. Esas razones no caben, no proceden en un entorno democrático. Solamente que tampoco procede soslayar los actos de corrupción que significaron el despojo del que fue víctima la sociedad nayarita. Dicho de otro modo: no se vale hacerse “de la vista gorda” desde el gobierno.
Para hacer un buen gobierno se requiere de un programa de gobierno. Ese programa de gobierno debe integrarse con planes y programas que sirvan a la sociedad. No se trata de elaborar un Plan Filibustero. De lo que se trata es de que la gente sienta el bienestar en sus bolsillos, en su alacena, en su refrigerador. Palabras y planes, promesas y compromisos que no se traduzcan en bienestar de las personas, de la sociedad, no hacen buen gobierno. El buen gobierno lo agradece la gente, porque en un entorno de paz y tranquilidad resuelve sus problemas cotidianos, como comer, vestir, pagar la renta, y todo lo demás que hace una normalidad social.
Quienes saben hacer política no excluyen, no traman venganzas ni edifican paredones de toda laya para matar de una forma u otra a quienes ven como sus “enemigos”. En Nayarit, ejemplos de figuras públicas que tendieron la mano a los que los “atacaron”, hay pocos, pero los hay. Ni mencionar algunos de sus nombres porque no tiene caso.
Hacer un buen gobierno requiere pues, de programas, de ideas, de planes, pero de algo más que no suele verse en los tiempos que corren. Se trata de voluntad política, de vocación democrática, de talante contemporizador, de respeto a la pluralidad, de tolerancia que se traduzca en respeto y cuidado de aquellos con los que uno disiente. En esa lógica, el liderazgo se traduce en apoyo popular, y ese apoyo de la sociedad multiplica los resultados.
Un buen gobierno no es fácil de llevar. No se logra dándole gusto a todo mundo (lo que es imposible), sino respetando a todo mundo. Ese buen gobierno se ha logrado dar en Nayarit. Pero ahora los nayaritas se acercan a un momento crucial y que es otra de las claves para que un buen gobierno funcione. Se trata de la continuidad, se trata de asegurar que la nave no se extravíe en un mar tormentosamente electorero o en el mar de la politiquería. Las elecciones no nos deben llevar a otro despreciable y execrable Ciclo de Venganzas y Paredones. Un buen gobierno sabiamente sabe conjugar el verbo sumar. Cada día estamos más cerca de esa definición: el engaño, la mentira y la traición no deben ganar terreno. ¡Cuidado!







