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La Alameda que Tepic presumía

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En 1908, un cronista aseguró que era el paseo más hermoso de Tepic. Entre faroles, cedros, palmeras y fuentes, se convirtió en una de las grandes joyas de la ciudad

Nadie sabe exactamente cuándo fue creada la Alameda de Tepic; sin embargo, hace más de un siglo ya era considerada un lugar tan espectacular que aseguraban que varias capitales de México la envidiarían… y eso ya es mucho decir, porque los tepiqueños somos modestos y nada, nada, pero nada de exagerados.

Se dice, se cuenta, se rumora que fue el primer jardín diseñado para la ciudad, construido, al parecer, según las malas lenguas de las buenas gentes, poco después de una epidemia de cólera ocurrida en 1833 en Tepic o quizas mucho antes.

“Haiga sido como haiga sido”, dijera Felipe Calderón… la primera vez que la Alameda aparece mencionada en un documento es hasta 1849 y, con el paso de los años, fue transformándose.

Sin embargo, hubo un tiempo en que la Alameda estaba, como dirían las abuelas, “muy tirada al traste”, tanto que el 16 de mayo de 1867 el Cabildo dejó constancia de su abandono y encargó al doctor Nemecio Rodríguez un proyecto para devolverle su esplendor.

En 1876 se instalaron veinte faroles para iluminar sus noches. Hoy, veinte focos apenas alcanzan para alumbrar una casa de una familia pudiente, pero en aquella época aquello debió parecer Las Vegas.

La Alameda siguió cambiando y, para 1880 ya lucía un elegante enrejado de hierro de 220 varas, unos 184 metros de longitud. Se sumaron una gran puerta de acceso, un zócalo y nuevos árboles. Ahora sí, el paseo ya tenía pinta de presumirse.

En 1908, un cronista, Tomás Velázquez Galván, la llamó “el más hermoso paseo con que cuenta Tepic” y, cuando uno lee la descripción, entiende perfectamente por qué.

Describe un lugar de enormes cedros y palmeras cuidadosamente podadas, flores de todos los colores durante todo el año, amplios prados y senderos donde las familias caminaban sin prisa… no como ahora, que siempre vamos a la corre y corre.

Además, la crónica destaca algo que hoy nos parece muy raro. En su avenida principal “hay una amplia calle para el paseo de coches y caballos y hacia adentro muchas callecitas para las personas de a pie”.

En el centro de la Alameda describe una fuente rodeada de jardines, columnas y macetas con plantas finas, que hacía que el lugar pareciera salido de una postal. Imagina el orgullo de los tepiqueños de aquella época, al tener un paseo que, según quienes lo conocieron, podía competir con los mejores del país.

Hoy caminamos por la Alameda, pero, lamentablemente, pocos imaginamos que hace más de cien años era una de las grandes joyas de Tepic.

Yo no lo sé de cierto, pero supongo, que ese es uno de los mayores regalos de la historia: descubrir que los lugares que vemos todos los días alguna vez sorprendieron a todo el que los visitó.

Fuente: López González, Pedro. El Centro Histórico de la Ciudad de Tepic. Diciembre de 2000.

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