—Deje enseñarle un rincón casi secreto —me dijo, respetuoso como siempre, el doctor Julián Gascón una vez terminado el acto de entrega del Premio Trapichillo en agosto de 2014—. Era una idea que tenía años concibiendo, porque los próceres, tanto de la patria como de la poesía, deben contar con un nicho inmortal —me comentó con un entusiasmo poco común en él.

Atravesamos la explanada donde se encuentra el nicho de la campana que se tañe para rendir homenaje a las y los poetas fallecidos, cruzamos un pequeño puente que se alza sobre uno de los arroyos del selvático lugar y bajamos por un sendero hacia un rincón de su finca, poblado de árboles enormes y de un pasto verde natural de tonos muy intensos.
Al fondo, protegido por un barandal de acero y montado sobre una plancha de cemento elevada sobre las colinas, se erige un edificio cúbico, impecablemente blanco, con un letrero metálico plateado en semicírculo que reza: Templo Republicano. Nos pidió que pasáramos y, con solemne respeto, entró en silencio al recinto.
—Este es un templo laico —me confió.

De frente, al fondo, se imponía un enorme busto de Miguel Hidalgo que abarcaba casi la totalidad del muro. A un lado se encontraba, por supuesto, Benito Juárez, y al otro, José María Morelos.
—Ellos son los que construyeron nuestra patria; a ellos les debemos agradecimiento eterno —subrayó, señalándome una placa que llevaba la siguiente inscripción:
«Para los padres que construyeron la patria y dieron su vida por nuestra libertad e independencia…»
Salimos del templo y avanzó hacia varios pedestales que sostenían sendos bustos de bronce.
—A este lugar le he llamado “El rincón de los médicos poetas”, donde he decidido rendir homenaje eterno a grandes autores ya fallecidos que tienen un significado especial para mí por haber ejercido la medicina. Mire —me dijo quedamente—, Elías Nandino era una eminencia médica y un extraordinario poeta, como pocos. Aunque usted sabe las preferencias que él tenía… —agregó con prudencia, sin abundar más, aludiendo a la identidad diversa del poeta coculense, tan querido y admirado por Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. Guardé, por supuesto, un respetuoso silencio.
—Este otro, seguro lo reconoce, es Manuel Acuña: el que murió de amor por una mujer y se quitó la vida muy joven en su propia habitación, la número 13 del antiguo Palacio de la Inquisición, donde operaba la Escuela de Medicina, atormentado por el desprecio cuando era estudiante. Pobre, fue muy desdichado —se condolió.
—Este otro, un poco más apartado, es Enrique González Martínez: poeta posmodernista, médico y diplomático. Superó el modernismo de manera genial; lo asemejó a un cisne, que solo se regodea en su forma, a diferencia de los búhos, que comprenden la esencia de las cosas. Era sumamente inteligente —afirmó, levantando el dedo índice a la altura de los ojos.

—Es probable que todavía podamos incorporar a uno o dos poetas más en este sitio, que es uno de mis espacios predilectos —aseguró el doctor Julián.
Aquel era un rincón íntimo, casi secreto, que hermanaba a la poesía con la medicina: dos disciplinas que observan, desde ópticas distintas, los misterios del espíritu humano. En la explanada pública, donde se premia a los poetas laureados, la figura de Amado Nervo preside el entorno, mientras Sor Juana Inés de la Cruz vigila desde el fondo.
Sin embargo, algo ocurrió en estos últimos años: los bustos de los poetas ya no están ahí. Con sorpresa e inquietud, me pregunté si alguien los resguardó para evitar su deterioro, si fueron sustraídos para fundir el bronce o decorar alguna residencia particular, o si, sencillamente, los poetas descendieron de sus pedestales para emprender el viaje final junto a quien les profesó admiración durante toda su vida.
Sea como fuere, el santuario laico de Trapichillo no debe quedar en el abandono. Confiamos en que la familia del doctor Gascón tomará cartas en el asunto, pero es también una responsabilidad insoslayable de las instituciones culturales. No existe otro espacio con este valor en Nayarit, un estado donde el cultivo de la poesía sobrevive a contracorriente.
Mientras tanto, como una forma de resistencia, las efigies en bronce de Nervo y Sor Juana Inés siguen en la explanada principal, impávidas, recibiendo a los curiosos, aguardando la cita de septiembre, cuando se renueva el rito de evocar a los poetas que partieron y premiar a la nueva voz triunfadora. Como debe ser.







